
Desde hace años algunos alimentos muestran en sus etiquetas la clasificación Nutriscore, que contempla una serie de letras con colores para valorar el producto. Sin embargo, los nutricionistas no comprenden muy bien el sistema, poniendo en duda su financiación y falta de legitimidad. Esto sucede porque alugunos alimentos ultraprocesados logran una categoría A mientras que otros, sin procesar ni compuestos añadidos, solo alcanzan una C o D.
En teoría, solo en teoría, se clasifican para determinar los alimentos más saludables. Su funcionamiento se basa en analizar los valores nutricionales de cada producto por cada 100 gramos o mililitros, analizando no solo las calorías sino la composición de las mismas. Ponderan tanto elementos beneficiosos como el contenido en frutas, verduras, fibra y proteínas, de la misma forma que azúcares, grasas saturadas, sal y calorías, los factores menos saludables.
El semáforo nutricional ha estado en el punto de mira desde sus inicios porque, inexplicablemente, presentaba contradicciones como etiquetar con 'C' el aceite de oliva virgen extra mientras que algunos cereales de desayuno poseen la 'A'. Y tiene explicación, porque en el caso de ultraprocesados como cereales o galletas, Nutriscore valora la familia de alimentos. Por ello, aun siendo un producto poco saludable, puede que sea la mejor opción en su categoría. Dicho de otra forma, el menos malo.
Y en este punto es donde los expertos difieren con el sistema. ¿Tiene sentido valorar opciones dentro de una categoría? ¿No sería más lógico estandarizar la medición y establecer unos criterios que no den lugar a engaños? Nutriscore penaliza el aceite de oliva virgen extra por su contenido en grasas, olvidando cómo se obtiene el producto final. En la misma línea, la leche entera se valora peor que la desnatada a pesar de ser más recomendable en situación normal de salud.
Dado que es voluntario incluirse en Nutriscore, hay marcas que han decidido salir del sinsentido sistema de clasificación. Se debe a que una vez que se acogen, deben etiquetar todos sus productos, algo que no compensa con todo lo expuesto anteriormente. Por ello, es habitual ver cada vez menos semáforos nutricionales en las tiendas, con una posible desaparición si no cambian los criterios.
A fin de cuentas, una buena idea mal ejecutada, es la condena de la misma. Y este es un gran ejemplo de cómo arruinar una medida de apoyo al consumidor. Algo que pudo marcar un antes y un después y que ya poca gente tiene en cuenta.