
Al más puro estilo de Alfredo Landa, con la maleta cargada de expectativas y mi recelo provinciano, aterricé el fin de semana pasado en Madrid. El objetivo: el macroconcierto de Shakira. En mi juventud ya viví en la capital y salí corriendo precisamente por lo poco que me gusta el jaleo, y de pronto me vi allí, incrustado -y nunca mejor dicho- entre más de 50.000 almas haciendo colas interminables bajo un sol de justicia. Pero, las cosas como son, el suplicio mereció la pena.
Espero que todo el mundo disfrutara del espectáculo tanto como yo, con la excepción de esa extraña especie contemporánea que se dedica a grabar el evento entero en lugar de vivirlo. No termino de entender la patología, por no llamarla de otra manera. Pagas un dineral por ver un espectáculo en directo para terminar viéndolo a través de las seis pulgadas de la pantalla de tu móvil. Allá ellos.
Yo tuve mis propios dramas. Para mi desánimo, descubrí que no venden alcohol en la carpa de los niños. A ver, que lo entiendo por pura lógica y posibles regulaciones o implicaciones legales, pero la medida no evita que salgas, recorras 20 metros, te compres la cerveza y vuelvas a entrar. Teniendo en cuenta que hacía un calor que me recordaba a los desiertos de Almería, bien podrían haberme ahorrado esa pequeña excursión.
¡Cómo eché de menos a mi querida Salamanca! Pensaba en lo tranquilo y bien que vivimos, sin ese ruido constante y con el lujo impagable de poder ir andando a (casi) todas partes. Pero claro, al mismo tiempo, el cerebro se me iba a la caja registradora. Aquí está la gente, el empleo y el dinero. Es impresionante la cantidad de trabajos e ingresos que un evento así genera para la artista, los ayuntamientos y los hosteleros de la zona.
Siempre estoy dándole vueltas a cómo exprimir el potencial económico de nuestra ciudad, sobre todo viendo el panorama que se nos viene encima con el tema de la Inteligencia Artificial. Y por si fuera poco, el precio de la gasolina no deja de subir. Y no hablemos de la pérdida de trabajos en la industria automovilística europea liderada por el plan de Volkswagen de eliminar 50.000 puestos para 2030 y dejar caer a nuestra icónica marca SEAT. Hasta marcas del mercado de lujo como Porsche también han anunciado recortes. Menos mal que en Castilla y León somos más de Renault.
Volviendo al concierto, que me disperso, el Ayuntamiento había pedido que nos moviéramos en transporte público. Uno, que ya es perro viejo, se imaginó el apocalipsis: 50.000 personas saliendo en estampida hacia el metro o el cercanías. Sin embargo, me toca tragarme mis prejuicios. La logística fue magnífica; la policía y el personal lo organizaron de 10. Mientras veía las enormes colas de coches, taxis y Ubers arrastrándose por el asfalto en orden, no dejaba de pensar en que en Castilla y León seguro que tenemos alguna zona estupendamente conectada para albergar eventos de este calibre, permitiendo llegadas y salidas rápidas.
Y es que, al final, todo es cuestión de diseño y entorno. La motivación de la gente no nace sólo de la voluntad, sino de cómo están pensadas las ciudades, los incentivos y los gestos cotidianos. Hay un ejemplo en Cluj-Napoca (Rumanía) que me encanta: te dan un billete de autobús gratis a cambio de hacer 20 sentadillas. Han emitido más de 200.000 billetes así. Han convertido un esfuerzo biológico en un juego y un hábito. Si pusiéramos las cosas fáciles en nuestra Comunidad, quizá se podrían plantear ciertos cambios.
En fin, que como cantaría la propia Shakira, "te dejo, Madrid". A ver si con suerte se anima a componer un tema sobre nuestra ciudad y la convertimos en una de nuestras más ilustres salmantinas de adopción al ritmo de un buen "Salamanca, tierra mía". Nos ahorraríamos el viaje, el calor almeriense y, de paso, nos dejaría unos cuantos miles de euros en casa.