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Por Emilio Rodríguez García

De la televisión a los algoritmos


Günther Anders publicó en 1956 La obsolescencia del hombre, un libro que analizaba un mundo en el que la gente vivía rodeada de imágenes y aparatos que no representaban la realidad, sino que la sustituían. En aquel momento, la reflexión se hacía sobre el impacto de la televisión y la radio en las personas; setenta años después, esa idea se asemeja bastante a lo que tenemos delante con la irrupción de la inteligencia artificial.

Personalmente, me asusta el impacto que pueda tener la exposición constante a textos, imágenes o vídeos de cosas que nunca existieron. Sobre todo, teniendo en cuenta que cada vez nos cuesta más identificarlo.

El problema de estos fantasmas no es solo que engañen. Es que acostumbran la mirada a una realidad siempre editada, suavizada, corregida, disponible bajo demanda. Ideal para crear una masa aborregada fácil de manipular (mentes frágiles).

Y si no me creéis, tenemos un ejemplo perfecto en algo tan poco tecnológico como dormir. Los dispositivos de seguimiento del sueño no solo pueden equivocarse -que lo hacen con más frecuencia de lo que pensamos, dado que adivinan más de lo que aparentan- sino que están cambiando la forma en que nos relacionamos con algo tan importante como el descanso. Antes, uno se despertaba y hacía una lectura directa del cuerpo: cansancio, energía, pesadez, claridad mental. Hoy, cada vez más gente mira primero la aplicación, y sólo después decide cómo se siente. Tendría delito que después de un jueves noche por Varillas y tras tres guindas del Bolero, nuestro reloj inteligente nos indique que las cuatro horas y media que hemos dormido han alcanzado la fase REM y que nuestro cuerpo está perfectamente. ¡Ja!

Y cuando el dato contradice al cuerpo, gana el dato. Si la pantalla dice que hemos dormido mal, nos sentimos peor. Si dice que la recuperación es baja, condicionamos el día entero desde esa perspectiva. El descanso deja de ser una experiencia y pasa a ser una evaluación. Y así de influenciables somos ante la tecnología.

Medir no siempre significa comprender. La tecnología puede ayudarnos a detectar patrones y ordenar hábitos, pero sus métricas no deberían ocupar el lugar de nuestra percepción subjetiva, y ya ni hablemos del riesgo de fiarnos ciegamente de  a IA para una evaluación clínica cuando hay un problema real de salud. Miedo me da la gente que pregunta a ChatGPT por los sarpullidos, el color de las heces o el bulto del pecho.

Aprovecho para compartir un término que he aprendido investigando sobre este tema. Se trata de ortosomnia, la obsesión por lograr el "sueño perfecto". Yo no soy un especialista en esta materia, pero seguro que para alcanzar un descanso pleno tiene más sentido hacer deporte y alinearnos con las costumbres ancestrales (lo de acostarse y levantarse con el sol) que rodearnos de aparatitos electrónicos que nos digan cómo lo hemos hecho.

Ya sabéis que me gusta terminar con alguna reflexión interesante. Ahí va la de esta semana: puestos a elegir entre lo que vivimos y lo que un aparato nos cuenta que hemos vivido, abramos los ojos y disfrutemos de la vida, que son dos días.