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Por Emilio Rodríguez García

El boulevard de Canalejas


Hace poco leí un estudio que decía que la gente que vive cerca de la costa suele tener una vida más larga y próspera. Aire fresco, deporte, naturaleza, poca contaminación... Vamos, el paraíso. Eso sí, siempre y cuando no te toque la playa donde siguen vertiendo aguas fecales sin tratar, que entonces lo de 'vida próspera' suena más a chiste que a estadística.

Inmerso como estaba en tal fascinante lectura, me dio por imaginarme mi día a día como SEO técnico, tumbado en una hamaca frente al mar. Y claro, en esa ensoñación, apareció otro recuerdo: el boulevard de Canalejas, en Salamanca. Esa gran obra urbana que prometía devolvernos la gloria floral y que, en la práctica, ha terminado siendo un pasillo de césped con calvas, colillas y unos arbolitos que parecen haber pactado con la gravedad para ir cayendo poco a poco.

Hay árboles grandes y bonitos, pero de los cerca de 200 nuevos que se plantaron hace más de un lustro, pocos son los que han logrado emerger para ofrecer algo de descanso a los sofocados salmantinos que nos movemos entre sus calles.

El problema no es solo estético. Con los 38 grados que estamos sufriendo esta semana, uno sueña con grandes copas frondosas, de esas que dan sombra, oxígeno y, aunque no dejen ver la calle a los propietarios de los primeros pisos, te salvan las suelas de los zapatos de convertirse en chicle derretido sobre la acera. Pero no: toca conformarse con la versión bonsái de la idea original.

Para ser justos, hay que reconocer que este gobierno ha impulsado iniciativas para plantar más árboles y crear zonas verdes. Y eso está muy bien. Quizá se necesite más tiempo para ver los frutos y disfrutar de las sombras, pero no debemos olvidarnos que una cosa es plantar, y otra es cuidar lo que ya tenemos. Porque plantar sin mantener es como hacer SEO sin medir: puedes sentirte muy productivo, pero nunca sabrás si realmente está funcionando.

Al final, tanto en la ciudad como en el trabajo, la clave no está solo en hacer, sino en cuidar, analizar y mejorar. Quizá así logremos que Salamanca no sea solo la ciudad de los 38 grados, las aceras incandescentes y los árboles que se rinden, sino un lugar donde sobrevivir al verano sin necesidad de mudarnos a la costa.