
Hay canciones que no envejecen. Basta con que suene el primer acorde para que algo se remueva por dentro: una punzada en el pecho, una sonrisa involuntaria, una imagen de un verano que ya no volverá. ¿A quién no le ha pasado ir en el coche y, sin darse cuenta, pisar un poco más el acelerador al escuchar esa canción que tanto le gusta? No es casualidad. La música que escuchamos en la adolescencia -entre los 15 y los 20 años- deja una huella profunda en el cerebro y en la memoria emocional.
Durante esos años, nuestro cerebro está en plena efervescencia (como si no lo supiéramos): busca sensaciones nuevas, recompensas inmediatas y estímulos que ayuden a construir nuestra identidad. Las canciones que nos acompañan entonces se graban con una intensidad que ninguna otra etapa vital consigue igualar. Son, como explica la investigadora Iballa Burunat, una auténtica 'máquina del tiempo emocional'. No solo evocan sentimientos: nos devuelven a un instante concreto. Una fiesta, un viaje, un primer amor, un grupo de amigos que ya no vemos. Juventud, divino tesoro.
Años después, cuando esas melodías vuelven a sonar, no estamos simplemente recordando: estamos reviviendo. La estructura rítmica y melódica de la música actúa como una llave que abre las puertas del pasado, con todo su contexto y su carga afectiva.
Y este poder no es solo nuestro. Los jóvenes de hoy también se sienten atraídos por canciones de hace veinte o treinta años, la música que sonaba en la juventud de sus padres. Es como si esa memoria emocional se transmitiera entre generaciones a través del sonido. Aún recuerdo los viajes en coche con mis padres, los cassettes que parecían eternos y aquellas voces que se convirtieron en parte del paisaje: Sabina, Elton John, ABBA, Los Beatles, canciones que eran mucho más que el fondo musical del viaje. Más tarde -y cuando tuve control de mi walkman- llegó la hora a Héroes del Silencio, Camela, Extremoduro, Ska-P, Estopa o Celtas Cortos. Fue una época espectacular en todos los sentidos.
La música no es un simple entretenimiento. Es un componente esencial de la identidad humana, una forma emocional de memoria que nos acompaña toda la vida. Las canciones que amamos no solo nos gustaron en su momento: nos ayudaron a ser quienes somos. Y quizá por eso, cuando suenan, todavía lo somos un poco. Aunque, por si acaso, elegid bien la banda sonora de vuestro futuro.
Hace poco leí que la mitad de los contenidos que consumimos ya los genera la inteligencia artificial, y que con la música empieza a pasar algo similar. Es una noticia que entristece un poco. No deberíamos perder la creatividad, el esfuerzo y el valor de aquello que realmente nos marca. Hacer música será cada vez más fácil, sí, pero hacer música que emocione y nos acompañe durante años... eso sigue siendo, y seguirá siendo, cosa de humanos. O eso espero.