
España va tan bien que ya hay quien se plantea seguir los pasos de Macron: menos vacaciones, menos festivos, menos bienestar... todo, dicen, en defensa de la democracia y la supervivencia del país. Lo que no me queda claro es de qué bienestar estamos hablando. Porque, si seguimos apretándonos el cinturón, igual lo que se rompe no es solo el pantalón, sino la paciencia de la gente.
Aquí nos gusta vivir a nuestro ritmo, sin imposiciones, y con las suficientes vacaciones como para irnos a la playa en agosto. Nos gusta lo sencillo: descansar, tener tiempo, y poder contar con una sanidad, una educación y unas pensiones públicas que funcionen. Pero parece que ahora lo importante no es eso. Lo importante es combatir 'al Mal'.
¿Y quién es 'el Mal'bl? Depende. Si estás en la izquierda, es la derecha. Si estás en la derecha, es la izquierda. Si intentas estar en el centro, prepárate: te van a caer palos de todos lados, mientras el político de turno —ese que quizás mintió en su currículum— firma la enésima reforma que nadie pidió.
Pero da igual. Ya no importa. La gente está anestesiada, agotada de tanta mediocridad y de noticias que se repiten una y otra vez, sin que nadie escuche de verdad. Funcionamos en automático, como si nada importara. Y repetimos el mismo mantra: si el tuyo roba, es un montaje; si roba el otro, ¡a la cárcel ya! Y mientras tanto, nos recortan otro derecho.
La degradación moral en este país es difícil de digerir. En los últimos diez años hemos superado a Orwell, por la derecha, por la izquierda... o mejor, por encima, así nadie se ofende.
Y cuando lleguen elecciones, haremos lo de siempre: encendemos la tele, nos ponemos la bufanda del partido y nos preparamos para animar, insultar y odiar al que no piensa como nosotros. Como si esto fuera un Barça-Madrid. El objetivo ya no es mejorar, sino que no gane 'el otro'.
Antes teníamos industria, campo, ilusión. Ahora sobrevivimos -o malvivimos- del turismo y de las ayudas. Y cuidado, que eso también puede tener fecha de caducidad. Basta con otro susto global, un apagón o que otro país haga las cosas mejor, para que nuestro PIB se desplome. No es muy buena estrategia depender de que salga el sol y suba la marea.
Así que ahora toca votar. Con la nariz tapada, el alma encogida y la esperanza por los suelos.
Porque lo que viene puede ser peor... pero al menos podremos decir que lo vimos venir. Aunque no hiciéramos nada.