
España no ha empezado bien el año. Como si los problemas geopolíticos que ya arrastramos no fueran suficientes, esta semana hemos vivido una tragedia difícil de digerir: cerca de medio centenar de compatriotas han perdido la vida en dos accidentes ferroviarios.
Personas con ilusión, con planes, con ganas de vivir. Y, de repente, todo se termina en segundos. Vidas que ya no volverán y familias que han quedado rotas. Lo decía la hermana de una de las víctimas con una claridad que duele: a partir de ahora no voy a vivir, voy a sobrevivir.
Hace más de dos décadas trabajé en Adif, en la parte informática, centrado en logística e infraestructura. Y me maravillaba lo bien que funcionaba todo. No sé de trenes y tampoco pretendo usar estas líneas para señalar posibles culpables ni hacer análisis técnicos que no me corresponden. Lo único que siento es pesar y temor. Pesar por todas las familias afectadas. Temor porque cada vez tengo más la sensación de que en España escasean los políticos comprometidos y los perfiles técnicos que realmente saben lo que hacen y, sobre todo, quieren hacerlo bien, cueste lo que cueste.
A diferencia de lo ocurrido con la Dana, en esta ocasión no he visto una avalancha de ataques políticos buscando desgastar al adversario. Y quizá eso sea lo único rescatable dentro del desastre. En momentos así no hace falta ruido ni ideologías políticas, hace falta un país unido, al margen de a quién vota cada uno.
Se habla de mantenimiento, de inversión, de infraestructuras. Yo mismo he dedicado tiempo a entender cómo ha evolucionado la inversión ferroviaria en las últimas dos décadas. He conseguido una visión general, sí, pero nada más. Dejemos a los expertos que hagan su trabajo y pongamos el foco en atender a los afectados. Al final, cuando pasan cosas así, las teorías explican poco y consuelan aún menos.
Si hay que quedarse con algo, que sea con las palabras de uno de los familiares que perdió a su madre en el accidente: "Decir te quiero todos los días, que nunca se sabe cuándo será el último". Quizá no arregle nada, pero recuerda lo único que de verdad importa cuando todo lo demás falla.