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Cuaderno de bitácora

Por Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria

Beth March y la muerte prematura de la hermana de Louisa May Alcott


Hace algo más de 150 años, la joven autora norteamericana Louisa May Alcott (1832-1888) recibía el vago encargo de su editor de escribir una novela para chicas. Aunque Alcott no se sentía atraída por el proyecto, lo aceptó movida por su afán de labrarse una reputación en el mundo literario y su necesidad de procurarse un sustento económico para sí y los suyos. Apenas tres meses después, el 30 de septiembre de 1868, veía la luz en las prensas la primera edición del que sería uno de los clásicos universales de todos los tiempos: Mujercitas.

Para abordar la tarea encomendada, Louisa May Alcott creó a los March inspirándose en su propia familia, y así delineó en su cosmos de ficción rasgos perfectamente reconocibles de su autobiografía. El matrimonio March, como los Alcott, vive junto a sus cuatro hijas en un hogar pleno de afecto y proclive a la cultura, de grandes valores morales y educativos, en la sociedad de fin de ciclo propia de los años de la Guerra de Secesión americana. En ambos casos, la ausencia del padre lleva a la formación de una comunidad de mujeres, una suerte de gineceo que goza de independencia pero al mismo tiempo debe proveer al mantenimiento de las necesidades básicas asumiendo empleos que palían las dificultades económicas motivadas por la dejación del cabeza de familia.

Las cuatro hermanas March son el fiel reflejo de sus homólogas Alcott. Así, es usual percibir el evidente paralelismo entre la protagonista, Jo March, y la propia autora. Las dos ocupan la segunda posición en el orden de las hermanas y comparten caracteres y aficiones, señaladamente la escritura. Pero las similitudes entre las jóvenes March y Alcott se extienden a las restantes tres hermanas. Y entre ellas, destaca el caso de la hermana predilecta de la autora, la tercera hija, Elizabeth, dos años más joven que ella, que proporciona el modelo para construir el personaje de su homónima Elizabeth (familiarmente Beth), igualmente la tercera descendiente de los March, hermana preferida de Jo, la protagonista de la novela, de quien le separa idéntica diferencia de edad de dos años.

Elizabeth Alcott falleció en 1858, a la edad de 22 años. Dos años antes, había contraído la escarlatina, contagiada de una familia muy humilde de inmigrantes alemanes a los que altruistamente cuidaba junto a su madre. Su padre, Amos Bronson Alcott, estaba por entonces en un largo viaje que le había llevado hasta Cincinnati. Aunque la infección no causó a Elizabeth una muerte inmediata, su salud quedó tan debilitada que no sobrevivió más de un bienio. En febrero de 1858, decidió no tomar más su medicina y dijo a su padre: "Soy la que menos falta hace de las cuatro". El 14 de marzo, murió mientras dormía. Louisa escribió en su diario: "Mi querida Beth murió a las tres de la madrugada tras dos años de aguantar con paciencia el dolor. La semana pasada dejó su labor, diciendo que la aguja le pesaba demasiado… El sábado se quedó dormida, y a medianoche perdió la consciencia, y su respiración fue apagándose dulcemente hasta las tres; entonces, con una última mirada de sus preciosos ojos, se fue".

Esta dolorosa experiencia personal sería ficcionalizada una década después por la autora de Mujercitas en la figura de Beth March. Como la difunta Elizabeth Alcott, Beth es una joven tímida y silenciosa, muy aficionada a la música y a tocar el piano, a los animales, especialmente gatos, y a las muñecas. Vive volcada en el cuidado de su familia y de los necesitados, anteponiendo los demás a sí misma. En la narración, Beth contrae la escarlatina de la pobre familia Hummel, a cuyos niños pequeños va a llevar alimentos. El proceso de la enfermedad se describe minuciosamente por Louisa May Alcott, con el conocimiento de causa de quien había sido testigo presencial de la decadencia de su propia hermana. La joven Beth presenta inicialmente dolor de cabeza, de garganta y sensación de malestar general, y el tratamiento con alcanfor y belladona no logra frenar el avance de la dolencia. Guarda cama, y sufre delirios febriles alternados con estados de profundo sopor.

La descripción de Alcott es ágil y certera: "Daba lástima verla: tenía el rostro, habitualmente sonrosado, pálido y carente de expresión; las manos, siempre tan activas, débiles y delgadas; los labios, por lo general sonrientes, entreabiertos, y el cabello, siempre tan hermoso y cuidado, enredado y esparcido sobre la almohada (…) solo de vez en cuando se despertaba para pedir agua, con los labios tan resecos que casi no podía hablar". Su situación hace crisis durante una noche, en la que los lectores de la obra, con el aliento entrecortado, terminan poniendo fin a su angustia al leer que Beth reacciona "pasadas las dos" y comienza su palpable mejoría. La muerte repliega sus alas por el momento, pero sin renunciar a visitar de nuevo y prematuramente la alcoba de Beth, como se descubre en la segunda parte de la novela, Aquellas mujercitas, que la escritora entregaría a imprenta en un tiempo record, el 1 de enero de 1869, aprovechando la oleada de éxito cosechada por el primer volumen.

Un mes más tarde de la temprana muerte de su hermana Elizabeth, la autora norteamericana escribía en su diario: "No la echo de menos tanto como esperaba, porque me parece más cercana y más querida que antes; y estoy contenta de saber que está a salvo del dolor y de la vejez en algún mundo donde su alma inocente debe ser feliz". Esa vivencia genuina, con su aura de serena tristeza, fue traspuesta por Louisa May Alcott a las páginas de Mujercitas, donde lograría dotar a su hermana de vida y así exorcizar su impotencia por no haberla podido salvar en el mundo real.

Ajena al bullicio cotidiano que transcurre en el exterior, Elizabeth Alcott yace en una humilde sepultura del célebre cementerio de Sleepy Hollow, en Concord, Massachussets, a poca distancia de sus padres y hermanas. Juntas para siempre.