
El año más distintivo del reinado de los Reyes Católicos fue, sin duda, 1492, con episodios de enorme trascendencia histórica como la toma de Granada, la expulsión de los judíos, la publicación de la primera gramática de la lengua castellana o el descubrimiento de América. Pero, en los últimos días de ese mismo año, sucedió otro acontecimiento que a punto estuvo de cambiar la historia de España: un intento de magnicidio contra el rey Fernando el Católico, que casi le cuesta la vida.
Tras la expansión de la Corona de Castilla con la conquista del reino nazarí de Granada, era comprensible que el Trastámara volviera su atención hacia un asunto latente desde hacía tres décadas: la devolución a Aragón por parte de Francia de los Condados del Rosellón y la Cerdaña, entregados a los vecinos galos en 1462, reinando Juan II, padre de Fernando, para asegurarse el apoyo francés durante la guerra civil catalana. El rey católico alegaba para justificar el reintegro que se había producido un incumplimiento del Tratado de Bayona, en el que en su día se enmarcó la transacción.
Isabel y Fernando emprendieron una gira triunfal de meses por sus dominios al consumar la anexión granadina, en la que recogieron la aclamación popular por haber conseguido culminar los ocho siglos de reconquista de los territorios peninsulares ocupados por los musulmanes en el siglo VIII. La Corte por entonces era itinerante, no tenía sede fija. Para rematar el amplio recorrido, el matrimonio regio recaló con toda solemnidad en Barcelona el 24 de octubre de 1492. Allí, Fernando planeaba dar inicio a las negociaciones con Carlos VIII de Francia, con miras a la restitución de los dos condados en liza.
Un día después de su entrada en Barcelona lo hacía el príncipe heredero, Juan, entre ovaciones de la multitud. Tras una ausencia de 11 años, el rey arribaba a la capital del Principado de Cataluña con el mayor esplendor de su pompa, acompañado de su esposa, sus hijos y un gran séquito. Pero la figura fernandina resultaba distante para los catalanes. Desde su última visita en 1481, habían empeorado allí la situación económica y las desigualdades sociales. No obstante, a su llegada a Barcelona fue vitoreado, y con anterioridad, el obispo de Gerona lo recibió afirmando que la venida del soberano al principado representaba la encarnación de Jesucristo. Aunque solo habían transcurrido 5 años desde el atentado frustrado que los monarcas sufrieron en Málaga, la entusiasta bienvenida a la familia real no hacía pronosticar ahora un amago de regicidio.
Durante el conflicto fratricida catalán de 1462-1472, los campesinos denominados payeses de remensa habían apoyado a la monarquía frente a la nobleza catalana en la esperanza de conseguir la abolición de los malos usos a los que los sometían los señores feudales, como la obligación de pagar una sustancial redención ("remença", de ahí el nombre del colectivo), para poder abandonar sus tierras.

Acabada la guerra con el triunfo de los partidarios realistas, como no se materializaron las demandas de los payeses, estos se rebelaron entre 1484 y 1485 en la llamada "segunda guerra remensa" (la primera se hace coincidir con los años de la confrontación civil catalana), hasta que el monarca aragonés finalmente dejó sin efecto los privilegios de la aristocracia en la Sentencia Arbitral de Guadalupe dictada en el monasterio extremeño homónimo el 21 de abril de 1486, aunque exigiendo que los labradores pagasen a cambio una compensación a sus señores por su libertad, a la que muchos no pudieron hacer frente.
La familia real residió esa temporada en Barcelona en un palacete anexo a la casa matriz de los mercedarios, en la parte baja de la urbe, próximo a la muralla marítima. No obstante, los despachos y audiencias tenían lugar en el antiguo palacio Real Mayor, en el centro de la ciudad.
Allí había estado el rey Fernando la mañana del viernes 7 de diciembre de 1492, impartiendo justicia en su audiencia semanal en la capilla de Santa Ágata y ocupado en asuntos de gobierno, como una reunión con los síndicos campesinos encargados de la aplicación de la sentencia arbitral de Guadalupe. Al llegar la hora, el soberano salió de las dependencias para almorzar junto a un reducido grupo de su confianza.
Al descender por la escalinata palaciega en la gótica Plaza del Rey, disponiéndose a montar su cabalgadura, fue atacado por detrás por un payés de remensa que frisaba los 60 años, llamado Joan de Canyamars (en las crónicas castellanas, Juan de Cañamares), que por el topónimo de su apellido se cree era natural de Dosrius, en la comarca del Maresme. El labriego había aprovechado la ocasión para mezclarse con los síndicos, acercarse al desprevenido rey por la parte trasera y asestarle un recio golpe con una espada corta de las llamadas terciana o terciado, de unos tres palmos de longitud, que llevaba escondida bajo la capa. "¡O, Santa María, y valme! ¡O, qué traición!", gritó su majestad, según el cronista Andrés Bernáldez.
Los guardias reales lograron detener al autor antes de que efectuase un segundo asalto, consiguiendo arrancarle el arma Pedro Lázaro Pérez de Albero, Alguacil Mayor de la Inquisición. Cañamares fue neutralizado por el camarero real Antonio Ferriol y su mozo de espuelas Alonso de Hoyos, que se abalanzaron sobre él y le apuñalaron tres veces con los cuchillos que llevaban al cinto. Pero el rey, guardando la serenidad, ordenó que no lo matasen, para poder investigar sus motivos y la posible trama. Mientras, otros acompañantes del monarca trasladaban a este con celeridad al interior del palacio para ponerlo a salvo. La herida era muy prominente, pues el tajo había sido vertical, de arriba abajo, pasando junto a la sien y la oreja izquierda, por el cuello y hasta la espalda, y en consecuencia la hemorragia era muy abundante. Se movilizó al instante a todos los médicos y cirujanos de la zona.

El corte era tan hondo, que cabían cuatro dedos. Fue preciso coserle seis puntos, un trance doloroso cuando aún no existían anestésicos. La clavícula había quedado rota y astillada por la violencia con que embistió el filo. Lo que había salvado al rey, evitando su decapitación, era la gruesa cadena que llevaba colgada, de la que pendía el toisón de oro, y que había logrado desviar la trayectoria mortal del arma.
La virulencia de la escena hizo correr como la pólvora el rumor de que el rey había sido asesinado, participándole esa noticia inicialmente a la reina, que sufrió un desmayo por la fuerte impresión que le causó. Recuperada la cabeza fría, y temiendo que se tratase de una sublevación organizada y general, para proteger a sus hijos Isabel los envió hacia el puerto donde permanecían atracadas sus galeras, con la instrucción de embarcar para poder zarpar de inmediato si la revuelta se extendía. El bulo del deceso del rey provocó desórdenes callejeros, la población clamaba venganza contra quien perpetró el ataque, y se congregó una multitud frente al palacio para comprobar si su alteza seguía con vida. Pere Miquel Carbonell, archivero real, describió tales llantos por doquier, que parecía que "la ciudad se hundía en un abismo".
El cardenal Mendoza, quien poco antes había estado junto a su señor, se presentó para trasladar a la reina las buenas nuevas de que su esposo estaba malherido, pero vivo. La lesión se infectó días después, produciéndose un agravamiento que hizo temer por su vida. Superadas las fiebres altas, la familia real se instaló en el monasterio de Sant Jeroni de la Murtra, en Badalona, para la convalecencia del soberano. Ese será el escenario del reencuentro de los Reyes Católicos y Cristóbal Colón meses más tarde, a su retorno de su primer viaje al nuevo continente.
Entre el 8 y el 23 de diciembre, fecha en que el rey pudo ya mostrarse al pueblo desde una ventana tras haberse sobrepuesto al peligro de muerte, el cortesano Pedro Mártir de Anglería redactó tres cartas que fueron leídas extensamente en España e Italia, narrando la evolución de Fernando.
La catedral de Barcelona se mantendría abierta dos semanas en continua oración y se celebraron catorce procesiones por el restablecimiento de Fernando. El 29 de diciembre, el Papa ordenó oficiar una misa de acción de gracias a la Virgen por haber preservado del mal al monarca. El 9 de febrero, este quiso agradecer el cariño popular recibido, desfilando a caballo por las calles de Barcelona y saludando a la muchedumbre, y su esposa repartió limosnas entre los más vulnerables. Como agradecimiento a su heroica actuación de arrebatársela al agresor, Fernando entregó la daga homicida a Pedro Lázaro.

Canyamars fue sometido a tortura para esclarecer si había actuado en solitario o era el ejecutor de un plan urdido por otros. En su confesión en el suplicio, negó contar con cómplices y aseguró que veinte años atrás había tenido la visión de un ser de fuego, que se identificó como el Espíritu Santo y que le instaba a matar a Fernando, usurpador del trono que correspondía al payés. Por la insistencia de muchos religiosos, el reo aceptó el sacramento de la penitencia el día previo a su ejecución, momento en que reconoció que el demonio había sido el instigador del regicidio.
Se concluyó que el campesino había obrado solo y que era un enfermo mental. En atención a ello, su alteza pidió clemencia para él, pero el Consejo Real sentenció que era culpable de un delito de lesa majestad y traición y condenó a Canyamars a la pena capital por descuartizamiento, reservada a los ilícitos de la mayor gravedad, como castigo ejemplarizante para mostrar a los súbditos las consecuencias de atentar contra la Corona.
El 12 de diciembre, cinco días después del ataque, Joan de Canyamars fue sacado de la prisión real, y subido, desnudo y atado, a un carromato sobre el que se había construido una tarima con una columna de madera. Recorrieron las calles de Barcelona, entre insultos del gentío al convicto. La primera parada se realizó en el lugar de la tentativa de magnicidio y el cortejo prosiguió por la ruta de la procesión del Corpus, haciendo sucesivas estaciones para ir mutilando al condenado progresivamente, como plasmaron los cronistas: "Le cortaron la mano derecha con que lo fizo e los pies con que vino a lo fazer, e sacaronle los ojos con que lo vido e el corazon con que lo pensó". Al llegar al Portal Nou, la puerta oriental de la muralla, tras la lapidación por el populacho, el verdugo le abrió la cabeza para extraerle los sesos y le sacó el corazón por la espalda. La reina Isabel dispuso, por misericordia, que fuera ahogado antes. Finalmente, se prendió fuego a la tarima y las cenizas del homicida fueron aventadas.
El que Fernando saliera con bien del atentado se interpretó como signo de su cualidad de elegido por la Providencia, y reforzó su reputación y prestigio. Alonso Ortiz, teólogo y capellán de los Reyes Católicos, canónigo de la catedral de Toledo, escribiría Tratado de la herida del rey, alabanza de este y panegírico de la loable actitud de Isabel ante el avatar.

El soberano lograría el 19 de enero de 1493 la devolución de los Condados del Rosellón y la Cerdaña mediante el Tratado de Barcelona o de Narbona, aunque ambos territorios regresarían definitivamente a Francia por el Tratado de los Pirineos (1659).
En su comedia "La hermosura aborrecida" (1617), Lope de Vega introduce el fallido regicidio: el personaje de doña Juana, injustamente repudiada por su marido el Virrey de Navarra, salva al monarca bajo falsa identidad masculina utilizando sus dotes de cirujana, lo cual le granjea el favor real y desencadena un desenlace feliz.
Existe un célebre retrato de Fernando, del flamenco Michel Sittow, pintor de cámara de los Reyes Católicos, conocido en la península como Maestro Michiel o Melchor Alemán. En el lado izquierdo del cuello del protagonista se aprecia la cicatriz que le dejó la lesión de por vida. Otras, no serían visibles al ojo humano.
