
Hace 500 años, el 11 de marzo de 1526, los Reales Alcázares de Sevilla presenciaban una boda que la ciudad nunca olvidaría: la del emperador Carlos V con Isabel de Avís y Trastámara, un enlace de dos desconocidos, acordado por razones geopolíticas de Estado, que sin embargo, por los designios misteriosos del corazón, desembocó en una de las grandes historias de amor de la monarquía.
Siglos después, otro 11 de marzo, aciago y sangriento, vendría a desgarrarnos como sociedad, pero en aquel instante gozoso, medio milenio atrás, todo era prosperidad y buenos augurios: los novios acababan de ser presentados apenas unas horas antes, y las crónicas incidirían en el flechazo que recorrió a esos dos jóvenes, de 26 años él y 22 ella, desde la primera mirada que intercambiaron.
Como los contrayentes eran primos hermanos, debieron solicitar la dispensa papal previamente a convertirse en marido y mujer. La dote de Isabel, hija del monarca portugués Manuel I, fue astronómica: 900.000 doblas de oro, más de ocho mil kilos del metal precioso. El emperador y rey de España, por su parte, aportó unas arras en consonancia con tal munificencia: 300.000 doblas, aseguradas sobre las ciudades jienenses de Úbeda, Baeza y Andújar; otras 40.000, garantizadas por las rentas de poblaciones como Soria, Alcaraz, Molina, Aranda, Sepúlveda, Carrión o Albacete; y, por si fuera poco, como colofón, Carlos añadía personalmente otras 10.000, para redondear la elevada e inaudita cifra hasta las 350.000.
El 13 de mayo, ante la próxima llegada del calor, la pareja abandonaba Sevilla para instalarse en Granada durante los siguientes seis meses, un período de intensa dicha que estarían llamados a recordar toda su vida. Allí engendrarían al heredero, el futuro Felipe II.

De esos deslumbrantes momentos iniciales de un matrimonio que duraría 13 años y solo desbarataría la despiadada parca, se hace pender una tradición que relaciona estrechamente al clavel con nuestro país, aderezada con elementos novelados de leyenda.
Carlos era nieto de Maximiliano I de Habsburgo, su predecesor en el trono del Sacro Imperio Romano Germánico. Criado bajo la tutela de su abuelo, este fue para él una auténtica figura paterna a la que admiró y tomó como modelo, ya que su propio progenitor, Felipe el Hermoso, falleció cuando él era muy niño.
Existe un célebre retrato de Maximiliano pintado por el artista belga Joos van Cleve, que lo representa sosteniendo un clavel rojo. La historia que se ha venido asociando a ese detalle es que el soberano hizo traer expresamente dicha flor desde la lejana Persia, para ofrecérsela como exótico presente a su primera esposa, María de Borgoña. Los parabienes del desposorio de dos dinastías en su máximo apogeo pronto se trocaron en negros lutos, pues María falleció con solo 25 años, a resultas de una malhadada caída de un caballo, dejando huérfanos a sus dos hijos de muy corta edad.
El desgraciado suceso caló en el imaginario popular y se cuenta que también en el del pequeño Carlos, ante quien Maximiliano evocaba con emoción a su compañera perdida tan prematuramente, que su descendiente nunca llegó a conocer. De ahí, solo hay un paso hasta interpretar que, replicando el complaciente gesto de agasajo nupcial, el galante Carlos quiso otorgar a su bella novia idéntica flor a esa con la que su abuelo, en el siglo anterior, había obsequiado a su abuela, en prenda de un vínculo llamado a durar más allá de la muerte, y con esa intención hizo portar claveles desde Oriente para lisonjear a su mujer.

Y se dice que, instalados en su nido de amor de Granada, ante el entusiasmo que el clavel había suscitado en Isabel, Carlos ordenó se plantasen incontables ejemplares en los jardines de la Alhambra, especialmente en el Patio de Lindaraja, bajo los aposentos reales, para alegrar así la vista de su amada, inundar los alrededores con su aroma, y recordarle siempre, de ese modo, lo esencial que era para su marido. Isabel de Portugal sería apodada cariñosamente por sus súbditos, desde entonces, como 'la emperatriz del clavel'.
El folclore oral ha querido afirmar la romántica idea de que ese primer clavel rojo regalado por Carlos a su enamorada fue indultado a la corrupción propia de todo lo material, al haber sido secado para su eterna conservación por un morisco, empleando una ancestral técnica nazarí. La emperatriz se lo habría entregado a su vez al monarca al llegar su primera separación, cuando él debió irse de su lado para atender asuntos del Imperio, y Carlos habría llevado consigo este precioso y simbólico presente cada día de su vida.
Aunque la especie botánica consagrase su relevancia dentro de la tradición de nuestro país a partir de ese momento, sin embargo, es exagerado suponer que la semilla fuera inédita aquí, pues las crónicas ya recogían su presencia en nuestro suelo desde mucho antes: según afirma el naturalista romano del siglo I Plinio el Viejo, ya en los tiempos de César Augusto se conocía en la península, siendo un cultivo cuyo origen podría haberse localizado al sur del viejo continente y la cuenca mediterránea, extendiéndose desde allí a lo largo y ancho de Europa. Y durante la dominación árabe en España, el clavel disfrutó de un incontestable auge.
Pero, más allá de datos documentados de tenor historicista, el relato de la flor vuelve a ligarse al devenir de Isabel de Portugal, quien, al igual que aquella primera dama regia que un día la recibió como talismán de los afectos de su esposo germano, vio sus felices días truncados muy precozmente, al fallecer de sobreparto con solo 39 años, dejando tres hijos menores y a Carlos de Habsburgo abrumado por una honda pena que ya le aquejaría de por vida.

El afligido viudo, que jamás se volvió a casar, habría rodeado el féretro de su esposa de cientos de claveles otrora felices, ahora lacerantes recordatorios de aquello tan hermoso que compartieron, perdido para siempre. Y, casi veinte años después, llegado su propio momento de rendir cuentas ante su Creador, en la soledad de su retiro en Yuste, Carlos habría pedido ser amortajado con la mayor sobriedad, solo con un hábito franciscano, pero acompañado de aquel clavel conferido por su esposa, que no le había abandonado ni un solo día de esta vida, y tampoco quería que lo hiciera en la siguiente.
El clavel, cuyo nombre científico es Dianthus caryophyllus semperflorens, pertenece a la familia de las Cariofiláceas y al género Dianthus, significando 'flor divina', que abarca tres centenares de especies, de las que solo unas 30 tienen interés en el ámbito de la jardinería. Su denominación técnica procede del griego, habiendo sido mencionada en sus textos por el botánico heleno clásico Teofrasto, aunque su apelativo en castellano (y en portugués) dista de seguir la línea etimológica y deriva del catalán 'clavel', proveniente a su vez del latín 'clavus': el motivo es que el olor de la flor recuerda al de la especia, hasta el punto de que, en tiempos de escasez, se usó como sustitutivo del clavo aromático.
Las variedades cultivadas inicialmente solo producían flores en otoño y primavera. Esto cambió cuando en 1835 el horticultor Dalmais de Lyon encontró una planta de clavel de la variedad Mahón, que, gracias a una fortuita y feliz mutación, presentaba la capacidad de reflorar en invierno. A partir de esta, gracias a la selección y el cruzamiento, se han obtenido las actuales plantas perennes.
Hoy, el clavel ha llegado a ser considerada la flor nacional de España, siendo la de mayor consumo en nuestro país entre las de cultivo de flor cortada, pues representa aproximadamente la mitad del volumen total. Andalucía es la principal comunidad autónoma productora, destacando la provincia de Cádiz, más específicamente Chipiona, donde constituye un motor económico local.

El clavel, más allá de ser apreciado por su belleza, está provisto de propiedades medicinales. Sus extractos se han utilizado para aliviar el estrés, reducir inflamaciones y tratar dolencias tan diversas como problemas cutáneos, trastornos digestivos, dolor de muelas, anginas de pecho o tos. En cosmética, además, su aceite esencial se usa en la elaboración de perfumes y cremas.
El clavel está muy ligado a nuestro folclore. Con sus pétalos rizados y colores variados, está intrínsecamente unido a los vestidos de flamenca. Existe un patrón denominado 'clavel', que se caracteriza por una blusa con volantes que recorren el escote de pico y las mangas de farol, semejando la forma de la flor. Claveles rojos, blancos o rosas suelen combinarse para armonizar con el traje o el mantón, y son los complementos por excelencia del peinado de la flamenca.
Una conocida leyenda sostiene que los claveles nacieron de las lágrimas de la Virgen María al ver a Jesús en la cruz. No en vano, acompañan en muchas festividades religiosas, como la Semana Santa, para adornar los pasos procesionales, o los millares que forman el manto de la Virgen en la Plaza del Pilar cada 12 de octubre (en los años impares, predominantemente blancos y en los pares, rojos), y entroncan con tradiciones como la Feria de Abril de Sevilla, la Fiesta de los Patios de Córdoba, los Sanfermines o las Fallas. Cada Lunes Santo desde hace más de medio siglo, la Cofradía del Rocío de Málaga organiza la ofrenda 'Un clavel para el Rocío', uno de los actos más típicos de la Semana Santa de Málaga. Las chulapas madrileñas también los lucen bajo sus pañuelos cada 15 de mayo en la pradera de San Isidro Labrador, valiéndose de sus colores como código para revelar su estado civil o sentimental, y recurriendo a ellos como ornamentos en el escote o a modo de broche. También los portan los chulapos, en la solapa del chaleco o en la boina. Y son románticos iconos en cualquier tuna universitaria que se precie, popularizados por la canción 'Clavelitos', que se incluye sin falta en su repertorio. A menudo, los tunos llevan un clavel bermejo en el ojal como parte de su indumentaria.
En suma, el clavel es símbolo de pasión y fiesta. Al ser resistente y económico, es un elemento decorativo accesible y muy popular en España. Hoy, nuestro territorio cuenta con más de 25 especies, de una amplia variedad cromática, presentes por doquier.
En reconocimiento y homenaje al significado de esta flor en nuestra cultura, el diseño de Adidas de la camiseta de la selección española masculina de fútbol para la Eurocopa de Alemania 2024, añadió para la primera equipación un clavel amarillo en la parte posterior del cuello, lo mismo que para la segunda, aunque en este caso fue rojo. Y España se proclamó campeona de la competición, que tuvo lugar entre el 14 de junio y el 14 de julio de dicho año. Los emperadores Carlos e Isabel podrían haber refrendado ante los futbolistas del combinado nacional que el clavel traía buena fortuna tanto en el amor como en el juego, siendo la excepción del proverbio que permite gozar de suerte solo en una de las dos vertientes.
