
La mayor catástrofe humanitaria de la historia de Irlanda ha pasado a la memoria del mundo como "La Gran Hambruna" o "El hambre de la patata". Un período comprendido entre 1845 y 1852, cuyas consecuencias cambiarían profundamente el país y repercutirían en muchos otros, y que provocó la mayor pérdida de vidas en Europa entre la invasión napoleónica y la Primera Guerra Mundial.
En 1845, en Irlanda casi la mitad de la población estaba supeditada al consumo de patata, base de la dieta campesina. Tal dependencia no ocurría en ningún estado europeo, pero la variedad Lumper era lo poco que podía cultivarse en las pequeñas e infértiles parcelas de los arrendatarios irlandeses, sometidos a una gran vulnerabilidad por el sistema de tenencia de la tierra, con terratenientes ausentes y alquileres abusivos. Los inquilinos, especialmente al oeste, vivían en la pobreza.
El tipo Lumper, desde hace más de un siglo abandonado comercialmente, es resistente, nutritivo y calórico, y puede crecer en superficies rocosas, por lo que en aquel entonces recaía en él el sustento de las familias humildes irlandesas y su ganado. La falta de diversidad agrícola hacía pender la supervivencia de la nación de un único recurso biológico.
Ese año, la cosecha se vio infectada por una cepa del hongo acuático Phytophthora infestans, que invade la planta y provoca su rápida descomposición, convirtiendo campos en lodo putrefacto.

La enfermedad llamada tizón tardío aniquila las hojas y las raíces comestibles o tubérculos. Tras aparecer al este de Estados Unidos en verano de 1843, llegó a Bélgica en un cargamento, y en el verano de 1845 se reprodujo, devastando la producción en Flandes, Normandía, Holanda y sur de Inglaterra.
Ese agosto, la plaga se registró en el Jardín Botánico de Dublín, y asoló las plantaciones del condado de Fermanagh. En octubre, en la Irlanda occidental arrasó las patatas ya recogidas. El clima cálido y seco frena la propagación, pero 1845 en el Eire fue inusualmente fresco y húmedo.
Al año siguiente, se padeció aún una destrucción más rápida y generalizada. Frente a los 14 millones de toneladas recolectadas en 1844, en 1846 solo fueron 3. La ruina, extendida por todo el territorio, se repitió varios años consecutivos.
El país seguía produciendo cereales suficientes para surtir a sus naturales. El 75% del terreno se dedicaba a trigo, avena y cebada. También había rebaños y aves de corral en abundancia. Sin embargo, debido al sistema de propiedad del suelo y al comercio orientado a la venta exterior, mientras los pobladores morían por inanición y enfermedades derivadas, se siguieron exportando grandes cantidades de alimentos irlandeses, cereales, carne y lácteos, a los puertos ingleses de Bristol, Glasgow, Liverpool y Londres, y otros extranjeros. Se embarcaban bajo vigilancia militar desde zonas donde el campesinado no tenía poder adquisitivo para comprar los frutos de sus propios campos y granjas. 200.000 soldados británicos fueron apostados allí para controlar la delicada situación y evitar levantamientos.

Los recursos del Reino Unido, centro de un gran imperio, podrían haber mitigado las consecuencias de la plaga. Las importantes reservas de comestibles de Irlanda, de haber existido voluntad, podrían haberse destinado a la comunidad. La política de destinar los víveres autóctonos para consumo interno, eficaz en períodos de escasez anteriores, se negó ahora por el gobierno británico, transformando una crisis agrícola local en una colosal hecatombe humanitaria. 1847 se apodó el "47 negro", con tres millones de personas necesitando abastecerse en comedores de beneficencia.
Cuando comenzó la tragedia, el primer ministro, Sir Robert Peel, compró 100.000 libras esterlinas de maíz dulce en Estados Unidos, que transportó a Cork y vendió a bajo coste. Además, inició la construcción de obras públicas para frenar el desempleo. Pero tuvo un éxito limitado: personas debilitadas por hambre no podían con esa tarea física pesada, y los salarios eran exiguos. Peel impulsó la derogación de las Leyes del Maíz, aranceles sobre los cereales que mantenían el precio alto, y dividió al Partido Conservador, lo que acabó llevándole a dimitir.
Su sucesor, Lord John Russell, limitó la ayuda gubernamental por los principios liberales de no intervención, disolviendo la Comisión Central de Socorro creada por Peel. Durante el intervalo 1845-1850, el gasto total de Gran Bretaña en Irlanda fue 7 millones de libras esterlinas, el 0,01% de su producto nacional bruto. La década anterior, el gobierno británico había entregado a los esclavistas en las Indias Occidentales 20 millones como compensación por la abolición. Russell aprobó la Ley de Ayuda Tributaria de 1849, que imponía un gravamen a los sindicatos de Irlanda para destinar la recaudación a los desfavorecidos, aunque un impuesto exclusivamente irlandés contravenía el principio de responsabilidad compartida del Acta de Unión que en 1800 fusionó oficialmente Irlanda y Gran Bretaña en el Reino Unido.

Cada año se enviaban desde el Eire a Inglaterra seis millones de libras de rentas de los arrendatarios a los grandes propietarios que residían allí. En 1847 se promulgó una Ley de Extensión de la Ley de Pobres británica, estableciendo que la responsabilidad del socorro por la carestía recayera sobre los terratenientes. Pero como los inquilinos ya no podían pagar su canon, los dueños los desalojaron masivamente. El número de jornaleros agrícolas se redujo a la mitad en menos de una generación. Una élite adinerada consolidó la titularidad en menos manos, destinando también más tierra al pastoreo de ovejas y ganado.
En aplicación de lo dispuesto en ese cuerpo legislativo, se cerraron los comedores benéficos, y los indigentes aptos laboralmente eran llevados temporalmente a asilos de pobres superpoblados con centros de trabajo asociados, donde los mantenían, harapientos e infraalimentados, en penosas condiciones que en muchos casos les movían a marcharse, prefiriendo morir de hambre fuera. En esas instituciones se apiñaban muchos niños de manera indefinida y bajo severa disciplina, por ser huérfanos, ilegítimos de madres repudiadas socialmente, o con padres emigrados sin medios para pagar el pasaje de los hijos, a quienes confiaban recuperar a su regreso, que muchas veces nunca ocurría. Si en un asilo entraba una familia entera, los niños eran obligados a separarse de los padres, ubicándose en salas diferentes.
La hambruna aceleró el declive de la economía gaélica tradicional. La pérdida del estatus de la patata como cultivo básico impulsó la diversificación de la agricultura y el surgimiento de industrias de lino y cerveza como fuentes alternativas de empleo. Asimismo, espoleó medidas de reforma agraria, mejorando las condiciones de los arrendatarios.
Se estima que los estragos del desastre segaron un millón de vidas. La emigración se disparó, en un 95% destinada a América, y el resto a Australia y Gran Bretaña, en busca de oportunidades que les eran negadas en su tierra de origen. Se superaron los dos millones de desplazados, el mayor movimiento migratorio del siglo XIX, un éxodo que vació el campo irlandés. Entre sus primeros actos oficiales, la primera mujer presidenta de Irlanda, Mary Robinson, instituyó el encendido permanente de una vela en una ventana de la residencia oficial, en recuerdo de la diáspora irlandesa en el mundo.

En pocos años, la población del Eire se redujo en una cuarta parte: si en 1841 superaba los 8 millones, en 1851 eran solo 6. Cuando Irlanda logró la independencia en 1921, sus habitantes apenas alcanzaban la mitad que a principios de la década de 1840. El país nunca ha recuperado aún aquella cifra máxima poblacional. Las remesas de dinero enviadas en giros postales por familiares ya emigrados fueron cruciales para mantener el patrón migrante en cadena, y aumentaron de 460.000 libras en 1848 a más de un millón al final de la hambruna.
Solo uno de cada tres irlandeses nacidos alrededor de 1831 murió en casa por vejez. Si bien la incidencia fue mayor en el oeste y el sur, ninguna región de Irlanda salió indemne. El analfabetismo extendido limitaba la circulación de los anuncios públicos.
La partida de Irlanda era traumática, pues muchos nunca volverían a ver a sus seres queridos. La travesía del Atlántico duraba de cinco a ocho semanas. Los barcos eran mayoritariamente cargueros de transporte de madera de Canadá a Inglaterra, que en sus viajes de regreso, hacinaban a inmigrantes irlandeses en bodegas insalubres, sin apenas comida, con agua contaminada y privados de saneamiento. Muchos sucumbían a enfermedades como el tifus y sus cuerpos acababan en el fondo del mar. Solo en 1847, se documentaron más de 17.000 muertes durante la travesía, lo que valió a estas naves el sobrenombre de "barcos ataúd", siendo especialmente mortífera ese año la ruta a Quebec, Canadá, con el fallecimiento de más de la mitad del pasaje en embarcaciones como el Virginius y el Avon. Algunos buques fueron tan sobrecargados, que se hundieron antes de salir del muelle.
Quienes sobrevivían al viaje, eran inspeccionados al llegar a puerto, para evaluar su aptitud física para entrar. Los irlandeses fueron recibidos como una amenaza al orden social: prejuicios los asociaban con pobreza, enfermedad, alcoholismo, delincuencia y violencia.
Algunos intelectuales británicos esgrimieron una actitud maltusiana, interpretando la crisis como una corrección a las altas tasas de natalidad de décadas anteriores. La respuesta del gobierno británico de indiferencia, paternalismo y libre mercado avivó el resentimiento entre la ciudadanía irlandesa y dio origen a una oleada de nacionalismo y activismo político, ya que muchos culpaban a las políticas británicas de exacerbar la crisis. Se intensificaron los grupos que buscaban la independencia de Irlanda del dominio británico y la derogación del Acta de Unión, como el Partido Joven Irlanda, en torno al periódico The Nation; surgieron la Hermandad Feniana y la Hermandad Republicana Irlandesa; y creció el movimiento por el Autogobierno, que aspiraba a la autonomía dentro del Imperio Británico.
La Gran Hambruna, una debacle de proporciones gigantescas, suscitó una de las primeras campañas internacionales de recaudación de fondos. La Sociedad de Amigos, o cuáqueros, recolectaron alimentos y ropa y donaron 200.000 libras esterlinas. La British Relief Association, fundada en 1847, reunió 400.000 libras. La Nación India Choctaw, en Estados Unidos, a pesar de su comprometida situación, les envió 170 dólares, gesto que motivó que en 1995 la presidenta Mary Robinson les tributase un homenaje de gratitud.
Muchas ciudades de Estados Unidos y Gran Bretaña crearon comités de ayuda para Irlanda, e Iglesias de todas las confesiones hicieron colectas. Entre los donantes, el presidente James Polk de Estados Unidos, la reina Victoria y el papa Pío IX.

La diáspora llevó al establecimiento de importantes comunidades irlandesas en el extranjero y fue crucial en la configuración del panorama demográfico de los receptores. En 1890, el 40% de los nacidos en el Eire vivían fuera de allí. Entre 1848 y 1849, más de 20.000 huérfanas entre catorce y dieciocho años fueron trasladadas por el gobierno británico a las colonias, donde había empleo y escasez femenina para el matrimonio.
Los irlandeses se convirtieron en parte fundamental de la sociedad estadounidense; entre 1841 y 1850, el 49% de emigrantes a los Estados Unidos eran irlandeses. Se asentaron en lugares como Filadelfia y participaron activamente en los inicios del movimiento sindical. Llevaron consigo el folklore de su tierra, y a pesar de su identificación americana, conservaron su herencia irlandesa.
La Iglesia Católica en Norteamérica aumentó considerablemente su número de fieles y su influencia, gracias a los migrantes irlandeses. El porcentaje de católicos se triplicó, pasando del 4 al 12% entre 1840 y 1900. En 1861, Nueva York tenía más irlandeses nacidos allí (260.000) que Dublín o Belfast. El New York Times en 1855 afirmaba que, de los 1.100 policías de la ciudad, 1.000 poseían sangre irlandesa.
En la actualidad, aproximadamente el 15% de la población norteamericana es de ascendencia irlandesa, y han tenido una veintena de presidentes con ancestros del país.
La Hambruna de la patata produjo profundos cambios socioeconómicos y su trauma dejó honda huella en la memoria colectiva del pueblo irlandés. Sus trascendentales consecuencias alteraron el devenir de su historia durante generaciones. Un período de intenso sufrimiento y resiliencia sobrehumana que debe proporcionar una lección de la que aprender, ante un espectro que aún hoy sigue cerniéndose ominosamente sobre diversas áreas del planeta.