
En los Valles Pasiegos, el municipio de Liérganes, de enorme valor histórico artístico, encierra una leyenda centenaria, que guarda memoria del insólito suceso en el que un vecino del pueblo habría caído al río y mudado parte de su identidad a la de pez.
Enclavada a los pies de dos pequeñas elevaciones, los montes Marimón y Cotillamón, conocidos popularmente por su curiosa silueta como "Las tetas de Liérganes", esta localidad, cuya etimología se ha sugerido provendría de "lie erga annes", significando "lugar junto al río", por su intrínseca relación con el curso del Miera, conserva una de las historias más contadas de generación en generación en la zona, la del llamado Hombre Pez, un ser de la mitología cántabra.
Real o legendario, el personaje caló tan hondo en el imaginario del pueblo, que hoy cuenta con un centro de interpretación y una escultura de bronce bajo el Puente Mayor, que representa al joven minutos antes de sumergirse en las aguas del río Miera para perderse rumbo al mar. Hasta los Lunnis quisieron rendir homenaje al Hombre Pez, presentando la narración a los más pequeños.

La primera reseña del hombre pez de Liérganes, de la primera mitad del siglo XVIII, es la de fray Benito Jerónimo Feijoo en el volumen VI de su célebre Teatro Crítico Universal, volviendo sobre el tema en sus Cartas Eruditas. Posteriormente, el gobernador y diputado por Santander, José María Herrán, escribió en 1877 un libro titulado El hombre-pez de Liérganes, de donde él era natural. Y Gregorio Marañón y Posadillo, insigne médico y escritor, abordó también el caso en su obra de 1934 Las ideas biológicas del Padre Feijoo, y llegó a la conclusión de que posiblemente el protagonista sufriera de una enfermedad como el cretinismo, cuyos afectados resisten mejor debajo del agua, añadiendo que su piel escamada indicaría también que padecería ictiosis, una alteración cutánea de origen genético. Dolencias desconocidas en la época en la que vivió el llamado Hombre Pez, que le provocarían desórdenes mentales y físicos y conllevarían que fuese tratado como un ser mítico o un monstruo.
Según ha llegado hasta nosotros, la leyenda cuenta que en el siglo XVII, en Liérganes habitaba un matrimonio formado por Francisco de la Vega y María del Casar, que habían alumbrado cuatro hijos: Tomás (que profesaría como sacerdote), Francisco, José y Juan. Francisco, nacido en octubre de 1658, y del que se conserva el acta de bautismo, tenía el cabello pelirrojo, constitución fuerte y tez blanca, y era muy aficionado a la natación, el buceo y la pesca en las aguas del río Miera.
La víspera del mágico día de San Juan de 1674, Francisco, entonces de 16 años, se fue a nadar con unos amigos en el cauce fluvial. El joven fue braceando río abajo, hasta perderse de vista para sus acompañantes, que quedaron custodiando sus ropas. La versión de fray Benito Jerónimo Feijoo es divergente, al ubicar los hechos en la ría de Bilbao, ciudad en la que desde los 15 años el chico aprendía el oficio de carpintero, al haber sido enviado allí por su madre, ya viuda. Dada su excelente forma física, sus conocidos no temieron por él hasta pasadas unas horas, cuando, al ver que no regresaba, dedujeron que se había ahogado.

Cinco años más tarde, en 1679, mientras unos pescadores faenaban en la bahía de Cádiz, a más de mil km de distancia de Liérganes, se toparon con un extraño ser acuático como nunca habían visto antes, pues estaba dotado de apariencia humana. Cuando se acercaron a él para ver de qué fenómeno se trataba, desapareció. Idéntica escena se repitió varios días, hasta que finalmente pudieron atrapar a la criatura, usando pedazos de pan como cebo y posteriormente cercándole con las redes. Cuando lo subieron a cubierta, comprobaron asombrados que el peculiar pez era en realidad un hombre joven, con una cinta de escamas desde la garganta hasta el estómago, otra a lo largo de la espina dorsal, y sus uñas corroídas por la acción de la sal marina.
Los pescadores llevaron al extraño sujeto al convento de San Francisco, donde fue exorcizado preventivamente y en vano los frailes le interrogaron en varios idiomas sin obtener de él respuesta. Al cabo de unos días, una palabra salió de sus labios: "Liérganes", sumiéndose de nuevo después en su permanente silencio.
Aunque nadie encontró explicación para el significado del vocablo, que les sonaba exótico, un mozo cántabro que había emigrado por razones laborales a Cádiz (coloquialmente, un "jándalo"), explicó que en Cantabria existía un pueblo con esa denominación, lo que corroboró Domingo de la Cantolla, secretario de la Suprema Inquisición, natural del mismo lugar, cuyos parientes le relataron el episodio del presunto ahogamiento del joven lierganés cinco años antes. Otras versiones hablan de que fue el obispo, oriundo de Isla, a 6 leguas de Liérganes, quien interpretó el concepto de la palabra, y pidió al secretario del Santo Oficio de la Inquisición, Diego de Rubalcaba, que precisamente provenía de allí, que indagase si había ocurrido en Liérganes alguna circunstancia que pudiera justificar el hallazgo. Desde allí le contestaron asociándolo a la desaparición de Francisco de la Vega, un lustro atrás.
Juan Rosende, un fraile franciscano llegado de Jerusalén, que recorría España pidiendo limosna para los Santos Lugares y acababa de recalar en el convento gaditano, se ofreció a acompañar a Francisco en el largo viaje de vuelta desde Cádiz hasta Liérganes en 1680, esta vez por tierra firme.
Cuando arribaron a las inmediaciones de la localidad, en el sitio denominado La Dehesa, a un cuarto de legua del pueblo, el religioso puso al joven a prueba, pidiéndole bajar del carro e ir el primero en el camino, para seguirle él. El chico se dirigió, sin titubear ni errar, directamente hasta la casa de su familia. Su madre y sus hermanos le reconocieron como Francisco, sin ningún género de dudas, abrazándole gozosos, aunque él no mostró emoción ni pronunció sonido alguno.

Desde ese día, Francisco vivió en Liérganes con su madre durante nueve años, abúlico, ausente y solitario: deambulaba descalzo, malvestido o desnudo por el pueblo, y apenas decía tres palabras: pan, vino y tabaco. Podía comer con exceso, y después pasarse días sin ingerir bocado. A menudo le encargaban llevar mensajes a Santander para la Fábrica de Cañones. En una ocasión, no siendo capaz de montar en la gabarra desde Pedreña, atravesó nadando la bahía, de más de una legua de ancho, para desempeñar la encomienda. Hasta que un día se internó en el mar, sin que nunca más hubiera noticia de él.
Fray Benito Feijoo añadía que poco después "le vio en un puerto de Asturias un hombre de la vecindad de Liérganes", testimonio al que no daba credibilidad.
Nuevo Mundo publicaba en 1919 la historia del hombre-pez, aportando detalles como que fue visto en la costa de Dinamarca por un navío holandés y apareció en el Canal de la Mancha y en el Puerto de Santa María antes de ser apresado en la bahía de Cádiz. La versión más documentada la compuso en 1748 el cura de Liérganes, Fernando Antonio del Hoyo Venero, de la cual existe una copia en el Museo Británico. En ella incluye la lucha del hombre pez con un gigantesco congrio.
"Era bastante listo, pero abandonaba todas sus ocupaciones para zambullirse en el río, en el cual pasaba horas y horas·, relataba el alcalde de Liérganes en 1884 en La Ilustración española, afirmando: "Desesperada la madre, lo encontró un día al tiempo en que, dejando las ropas en la orilla, se disponía a darse uno de los baños que solía. Le llamó, le advirtió que le castigaría duramente si se metía en el agua; y viendo que nada conseguía, lo maldijo diciéndole: ‘Así te vuelvas pez’".

Desde el 1 de agosto de 2009, en Liérganes, el rehabilitado molino harinero del río, conocido como de Mercadillo, junto al llamado Puente Romano, en realidad del siglo XVI, acoge el Centro de Interpretación de la Leyenda del Hombre Pez. El inmueble fue declarado Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Cantabria en 1994 y se han recuperado las ruedas de moler, dos para maíz y una para trigo.
El molino, de dos plantas de 5,60 metros de ancho por 8,10 de largo, fue construido en 1667 por Diego de la Rañada Rubalcaba, y adquirido posteriormente por la familia de José Sainz de la Cuesta, que lo cedió al Ayuntamiento de Liérganes para uso cultural.
Ese mismo día se procedió a la inauguración de una escultura en bronce del artista cántabro Javier Anievas Cortines, que representa al Hombre Pez en su juventud, y se ubica en el exterior del molino, bajo el Puente Mayor, frente al río Miera. Era la segunda talla dedicada al Hombre Pez en este municipio.
Sentado desnudo sobre la roca, a orillas del puente romano, en un bello paraje, flexiona la pierna derecha y deja que el brazo repose sobre ella, mientras extiende la izquierda y permanece mirando al frente. La estatua está realizada con gran realismo, y se pueden apreciar las escamas del torso y de la columna vertebral.
La localidad cuenta además con un Paseo del Hombre Pez a la orilla del río Miera, con una placa en piedra a su inicio, junto al Puente Nuevo, que dice: "Su proeza atravesando el océano del norte al sur de España, si no fue verdad mereció serlo. Hoy su mayor hazaña es haber atravesado los siglos en la memoria de los hombres. Verdad o leyenda, Liérganes le honra aquí y patrocina su inmortalidad".

Tras la renovación realizada en 2005 en el espacio, fue colocada en el extremo opuesto del paseo una escultura del escultor y médico zaragozano José Antonio Andrés Vera, titulada "Alegoría del Hombre Pez", en madera tropical de cereceida y varillas de acero inoxidable, sobre un pedestal de piedra. La figura del ilustre lierganés también aparece a un lado de las letras ornamentales con el nombre de la población, junto a las que los turistas se hacen fotografías.
El último fin de semana de junio, desde 2024, Liérganes organiza el Festival de la Leyenda del Hombre Pez, con la representación comunitaria de los vecinos de la tradición que forma parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de este precioso enclave de la comarca de Trasmiera.