
Existen varios templos e iglesias en nuestro país en cuyo interior se custodia desde siglos atrás un cocodrilo o caimán disecado, quizá como exvoto, convertido ya en uno de sus elementos más característicos. Algunos ejemplos son la catedral de Sevilla, el santuario de Nuestra Señora de Sonsoles en Ávila, la colegiata de Berlanga de Duero en Soria o el colegio del Patriarca de Valencia. Uno de los más afamados, que se encuentra en un municipio de Castilla-La Mancha llamado Viso del Marqués, no solo cuenta con una fascinante historia a sus espaldas, sino que además con el paso del tiempo ha visto surgir increíbles leyendas sobre su origen.
En las estribaciones de Sierra Morena, la población de Viso del Marqués, que se menciona por Cervantes en su Don Quijote y que en la actualidad apenas supera los dos mil habitantes, alude en su nombre a Álvaro de Bazán y Guzmán, I Marqués de Santa Cruz de Mudela, grande de España, quien generalmente se considera el mejor almirante que ha servido a la Marina Española en toda su historia, y que vivió bajo los reinados de Carlos I y Felipe II. En su carrera de medio siglo logró mantenerse invicto, sin perder una sola batalla naval de la veintena larga que acometió bajo su mando, destacándose como héroe en la emblemática de Lepanto.

De su padre, el almirante Álvaro de Bazán (designado como "el Viejo" para distinguirlo de su ilustre hijo), heredó el señorío del entonces denominado Viso del Puerto, donde en la segunda mitad del siglo XVI construyó el palacio de los Marqueses de Santa Cruz, declarado Monumento Nacional en 1931. A pesar de ser uno de los puntos de la península más alejado del mar, Álvaro de Bazán eligió ese enclave para fijar su residencia por una razón estratégica: estar equidistante entre la Corte de Madrid y las bases de sus escuadras, situadas en Lisboa, Cartagena, Sevilla y Cádiz.
Colindante con el palacio en la plaza principal del lugar, la del Pradillo, se alza la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico tardío, de finales del siglo XV. En una de sus paredes se descubre con asombro un enorme cocodrilo de más de cuatro metros, en ademán de trepar hacia el techo, como si se tratara de una gigantesca lagartija.

El reptil, conocido en la localidad con el apelativo familiar de "el lagarto del Viso", se asegura que proviene del río Nilo, en Egipto, y habría sido traído hasta allí por el marqués en el siglo XVI tras su expedición a tierras de los faraones, pues en su estancia egipcia habría observado que una costumbre del país era colocar cocodrilos en espacios de culto, por considerarlos animales sagrados. Algunos afirman que este ejemplar tan singular habría sido capturado vivo por unos piratas, precisamente extrayéndolo de un templo egipcio. Es fácil imaginar la perplejidad de los contemporáneos del egregio marino en Viso del Marqués al ver la criatura que había portado aquel hasta su rincón, pues en esa época ninguno habría visto nada semejante. Se asegura que el motivo de esta exótica donación de Álvaro de Bazán a la iglesia era infundir respeto, para lograr que los feligreses guardaran silencio dentro del recinto.
Variaciones del relato incluyen el hecho de que el saurio llegó vivo a Castilla, siendo joven y de pequeño tamaño, y en una primera etapa fue mascota del marqués, habitando con él en el palacio, para ser disecado y dispuesto en el sitio actual a su fallecimiento, o bien que se trajo vivo a la iglesia, como custodio de los tesoros allí depositados, con la apostilla de que se escapó y se hizo preciso capturarle y darle muerte, después de lo cual se le aplicó un proceso de taxidermia antes de ubicarlo en su emplazamiento habitual.

Pero un acervo de leyendas viene a desafiar estos hechos que tienen tintes de verosimilitud. Una narración oral transmitida de generación en generación cuenta que el feroz animal residía en la Sierra de San Andrés del Viso del Marqués, recorriendo el monte a sus anchas y teniendo atemorizada a la población. Los vecinos, por más que habían emprendido batidas de caza, nunca habían logrado culminarlas con el abatimiento del lagarto, motivo por el cual optaron por dirigirse al corregidor, demandándole tomar medidas para desactivar la amenaza.
El corregidor, consciente de la dificultad que entrañaba hacerse con el saurio, buscó a alguien que se atreviera a eliminarlo, hasta hallar a un joven candidato, preso en la cárcel de Toledo debido a su carácter violento y su tendencia a verse envuelto en pendencias y duelos. El cautivo aceptó el trato de comprometerse a ejecutar a la fiera a cambio de obtener su propia libertad. Y, encaminándose al monte, logró reducir a su presa lanzándole un certero dardo a la garganta y posteriormente clavándole una pica que lo traspasó y le quitó la vida. El pueblo, aliviado, decidió disecar a la criatura y colocarla en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, para perenne memoria del insólito hecho.
El terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755 habría provocado la caída del animal entre los escombros al derrumbarse la parte trasera de la iglesia. Se ha dicho que durante la Guerra Civil, al exótico reptil se le puso un pañuelo rojo de miliciano al cuello y presidió las reuniones del comité local, y que acabada la contienda, antes de devolverlo a su ubicación, fue rociado con agua bendita. En 1995 se procedió a su restauración, por el deterioro consiguiente al paso del tiempo.

El palacio del Marqués de Santa Cruz, joya del Renacimiento, fue construido entre 1564 y 1586 por el arquitecto italiano Giovanni Battista Castello, conocido como "Il Bergamasco", por ser natural de Bérgamo. Se cita popularmente un célebre aforismo rimado para indicar la razón por la cual el marqués alzó allí algo de tal magnificencia: "Hizo un palacio en el Viso porque pudo y porque quiso". Su sobria fachada no permite intuir la exuberante riqueza que su interior revela a la vista. Los dos pisos de su planta cuadrada están revestidos, en paredes y cubiertas, por más de 8.000 metros cuadrados de pinturas manieristas al fresco, que muestran episodios de la mitología clásica realizados principalmente por el maestro italiano Giovanni Battista Perolli, llamado "Cremaschino" por ser originario de Cremona, junto con su equipo, y representan asimismo las batallas en las que venció Álvaro de Bazán. Es el mejor y más amplio conjunto pictórico español de temática mitológica, cuya decoración se completa con trampantojos y esculturas de inspiración clásica.
Los avatares históricos han sometido a sus rigores al precioso palacio, que en ciertas épocas sería utilizado como granero, escuela y cuartel. En el terremoto de Lisboa de 1755 se desplomó la techumbre del salón donde estaba plasmado el fresco de la batalla de Lepanto, perdiéndose para siempre, y probablemente derribando también las torres que había en las esquinas. En la Guerra de la Independencia sufrió un serio deterioro, y como testigos del destructivo paso de la Guerra Civil española aún quedan firmas y palabras escritas a lápiz sobre las paredes. En los últimos tiempos, ya restaurado, el palacio se ha utilizado como escenario para producciones que han llegado con éxito a las pantallas, como las películas Alatriste y El rey pasmado y las series Águila roja y 30 monedas.

En la actualidad, el palacio alberga el Archivo-Museo Álvaro de Bazán, Archivo General de la Marina Española. Por su uso, la Armada abona anualmente al marqués de Santa Cruz de forma simbólica el equivalente a una peseta (0,016€) como alquiler del inmueble, tal como se estipuló en 1948 cuando los marqueses lo cedieron a ese fin por un período de 90 años, en atención a su secular vinculación familiar con el mundo naval.
Hoy, en la base del altar del oratorio del palacio, una urna guarda los restos del almirante Álvaro de Bazán y sus allegados. El marqués ha recorrido un periplo tan variado tras su defunción como hiciera en vida. Su primer sepelio tuvo lugar el 9 de febrero de 1588, el año de la derrota de la mal llamada Armada Invencible, que siempre cabe especular habría tenido un final bien diferente de haber vivido entonces el insigne marino. Mientras se tallaban sus sepulcros en mármol, Álvaro de Bazán y su esposa descansaron en la parroquia de la Asunción de Viso del Marqués, a pocos metros del célebre reptil. Fue el 18 de enero de 1643 cuando se produjo su traslado al convento de San Francisco. Pero el cenobio sufrió la desamortización de Mendizábal, lo que llevó a su desaparición, y el 22 de julio de 1836 los cuerpos debieron recorrer el camino inverso, de vuelta a la parroquia. Su traslado al palacio, con toda solemnidad, tuvo lugar el 11 de febrero de 1988, casi coincidente con el día en que se cumplían los 400 años de su primera inhumación. Queda una placa en la iglesia dando fe de que allí estuvo enterrado el marqués. Se conservan en el jardín palaciego de los marqueses de Santa Cruz los bustos sepulcrales orantes de Álvaro de Bazán y María de Figueroa, esculpidos por Antonio de Riera y fray Alberto de la Madre de Dios, en estilo manierista.

Una estatua elaborada en acero corten, réplica del cocodrilo, se yergue desde 2020 sobre la rotonda principal de acceso al pueblo, la concurrida carretera regional CM-4111, que une las localidades de Ciudad Real y Almuradiel. Su autor es el escultor José Lillo Galiani, natural de Valdepeñas. Pesa unos mil kilos, sus medidas son 5 metros de largo, 1,20 de ancho y más de 2,5 de alto, y su presupuesto de elaboración rondó los 15.000 euros.
En la zona no es infrecuente escuchar un expresivo dicho: "tienes más hambre que el lagarto del Viso, que le echaron dos carretas de paja cuando fue disecado, se las tragó y aún está con la boca abierta". Como tantos turistas de los que llegan cada año por miles a Viso del Marqués, y que se quedan boquiabiertos al ver a este caimán reptando desde hace cinco siglos por los muros de una iglesia, aledaña a una de las mansiones más bellas de España.
