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Cuaderno de bitácora

Por Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria

El Rey que murió en un oratorio


Aunque el palacio madrileño de El Pardo atesora un pasado de siglos y en él han morado diversos personajes de nuestra historia, probablemente la figura que vivió experiencias más relevantes en él haya sido Alfonso XII, quien llegó a fallecer en una de sus estancias.

El Palacio Real de El Pardo está situado en un paraje privilegiado para la actividad cinegética, muy valorado por los monarcas aficionados a la caza. Por ello, Enrique III construyó un pabellón en 1405, que su nieto, Enrique IV, elevó a castillo. Posteriormente, Carlos I lo transformaría en un palacio, que siendo devastado en 1604 por un incendio, fue reconstruido por Felipe III bajo la dirección del arquitecto Francisco de Mora. Afortunadamente, se salvaron los valiosos frescos de los techos y pinturas como la Venus del Pardo de Tiziano, hoy en el Louvre.

Por el atractivo medioambiental y patrimonial del emplazamiento, Felipe V remodeló su interior para albergar a la corte, pues más allá de utilizarlo para las partidas de caza, lo habitaba durante el invierno, costumbre que continuaron sus sucesores. En 1772, Carlos III impulsó una ampliación de las dependencias dirigida por Francesco Sabatini. Goya, los Bayeu y otros pintores, recibieron el encargo de diseñar cartones para series de tapices de la madrileña Real Fábrica de Santa Bárbara, buscando decorar las paredes y proteger el inmueble de los rigores del frío en los meses de residencia invernal. Trabajando en la encomienda, Goya vivió un período prolongado en la antigua Casa de Postas de la plaza. Tras la Guerra Civil, El Pardo fue la residencia de Francisco Franco durante cuatro décadas.

Si hay un monarca estrechamente asociado a este enclave es Alfonso XII, que ascendió al trono siendo un adolescente de 17 años, de regreso en 1875 del exilio francés al que la casa real española se vio abocada, tras ser su madre Isabel II depuesta por la Revolución Gloriosa de 1868.

En 1878, Alfonso de Borbón logró prevalecer frente a la voluntad contraria materna y casarse con su prima hermana, María Mercedes de Orleans, hija del duque de Montpensier, quien había conspirado para despojar a su cuñada de la corona, dando origen a rencillas familiares aún candentes. El enlace por amor entre los dos jóvenes los consagró en la estima del pueblo, alcanzando el estatus de mito cuando la reina, apodada "carita de cielo" por la gente, sucumbió al tifus con solo 18 años, menos de seis meses después de las nupcias. Ni su riqueza ni su posición habían podido librarla de la debacle. La célebre copla "Dónde vas, Alfonso XII", incidiendo en la tristeza del reciente viudo, muestra cómo el suceso caló en la cultura popular. 

La pareja real había pasado su luna de miel en el palacio de El Pardo, y allí se recluyó el soberano para llorar su pena. Pero tiempo después debió atender el consejo de sus asesores de contraer un nuevo matrimonio para procurar un heredero al país. La elegida fue la austríaca María Cristina de Habsburgo-Lorena, con quien se desposó a finales de 1879, naciendo dos hijas, María de las Mercedes y María Teresa. No obstante, el rey llevaba una vida licenciosa, siendo proclive a salidas nocturnas y compañía femenina. En 1880 y 1881 tuvo dos hijos extramatrimoniales, Alfonso y Fernando, con la cantante de ópera Elena Sanz.

 

Alfonso XII llevaba años arrastrando una tuberculosis, situación deliberadamente ocultada a la opinión pública en un escenario político de frágil equilibrio. La tisis era una dolencia muy extendida entonces, habiéndole arrebatado en 1879 a su hermana, la infanta Pilar, a los dieciocho años. El rey portaba un pañuelo de bolsillo de seda rojo, para disimular su expectoración sanguinolenta. A medida que avanzaba 1885, aparecía desmejorado y adolecía de anemia, fatiga, frecuente tos y episodios febriles. El 28 de septiembre, el médico primero de la Real Cámara, Laureano García Camisón, informó al presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo, del preocupante estado del regio paciente, y desde octubre, prescribió su permanencia en el palacio del Pardo para ir recuperándose, aunque sus recomendaciones de una existencia retirada fueron desoídas por el joven, que tras unos días recluido salió al hipódromo, lo que hizo mella en su salud, y el 31 de octubre se trasladó al Pardo definitivamente con el duque de Sesto, los generales Echagüe y Blanco, el conde de Sepúlveda y su clínico. Ya no saldría del Real Sitio con bien.

En la tarde del 23 de noviembre, se produjo un empeoramiento súbito. A la vuelta del paseo con su tía la infanta Luisa Fernanda, el rey tuvo un acceso de disnea que le repitió a las once de la noche, tan intenso que llegó a comprometer su integridad y movió al doctor Camisón a convocar una sesión clínica de urgencia con los facultativos Francisco Alonso Rubio y Tomás Santero Moreno. La noticia del delicado estado del monarca recorrió el país con celeridad y causó conmoción. En la galería baja del palacio se publicaron los partes médicos oficiales y se dispusieron libros de firmas para que la población pudiera plasmar sus deseos de restablecimiento.

La velada del 24, Cánovas indicó a María Cristina la conveniencia de asistir a la ópera en el Teatro Real, para dar apariencia de normalidad ante la ciudadanía. Sacando fuerzas de flaqueza, ella acudió; pero, mientras transcurría la representación, recibió la dolorosa comunicación de que su majestad estaba agonizando, y partió de inmediato hacia El Pardo, donde fueron personándose otros miembros de la familia real y altos dignatarios de la política y de la iglesia, a medida que les era revelado el agravamiento. En las siguientes horas, no se movió del lado de su marido, y en habitaciones cercanas se mantuvieron la reina madre, las infantas y las hermanas de Alfonso XII. El cardenal Benavides administró a este el sacramento de la penitencia.

En la madrugada del 25, Camisón notificó al entorno la irreversibilidad del proceso, y el purpurado trajo la extrema unción. Otra crisis disneica prolongada fue minando al soberano hasta que, a las nueve menos cuarto de la mañana, se apagó. Tres días después habría cumplido 28 años.

En la cámara mortuoria, según los apuntes que tomó del natural Juan Comba, la reina, sentada en el suelo en ademán derrotado, cerca de la almohada, sostenía y besaba la mano derecha de su esposo. La cama de hierro, dorada, estaba enfundada en una colcha blanca; en las paredes de la estancia había dos tapices de Goya con cuadros costumbristas y de Teniers, con escenas de caza; el resto del mobiliario comprendía un sillón, una mesa de noche con retratos familiares, un barómetro, un lavabo y una araña de cristal que reproducía el navío Santísima Trinidad, y fue llevada al Palacio Real de Madrid en 1942. Juan Antonio Benlliure Gil (hermano de Mariano, el afamado escultor) realizó el lienzo Alfonso XII en su lecho de muerte (1885), que en la Exposición Nacional de 1887 obtuvo una segunda medalla.

María Cristina lavó y preparó el cadáver personalmente. Cubrió el lecho de flores y llamó a sus hijas para despedirse de su padre. Colocó en las manos del difunto un crucifijo de plata que el cardenal Bueno le regaló en Roma y el retrato que el rey apreciaba más de su mujer, rodeado de un mechón de cabellos de ella; sobre su pecho, posó un escapulario. El conde de Revillagigedo, el duque de Bailén y el marqués de Mancera lo vistieron con el uniforme de gala de capitán general, acompañándolo con el toisón de oro, la banda de San Fernando, la medalla austríaca y las veneras e insignias de las cuatro órdenes militares.

El doctor Camisón y sus colegas Pellicer y Sánchez, embalsamaron a su majestad inyectándole ácido fénico. La capilla ardiente, en la que se celebraron varias misas, se instaló poco después en el despacho de Alfonso XII, contiguo a la alcoba donde había muerto. El féretro, forrado de tisú de oro, tenía una caja interior de zinc recubierta con seda blanca, y estaba apoyado en una mesa con colgaduras de damasco negro, rodeada de hachones. Había un crucifijo de oro y nácar en la cabecera, sobre un tapiz encarnado. Candelabros que iluminaban el aposento en la actualidad se encuentran en el convento del Cristo del Pardo, que custodia la venerada talla del imaginero barroco castellano Gregorio Fernández.

Los restos mortales fueron trasladados a Madrid a las once y media de la mañana del 27 de noviembre, en un coche-estufa envuelto en terciopelo negro bordado en oro y tirado por ocho caballos negros de Aranjuez, lujosamente enjaezados. Le seguía una enorme comitiva.

El cuerpo del soberano se expuso en el salón de columnas del Palacio Real ante las miles de personas que pasaron a rendirle sus respetos y el día 29 se ofició el solemne sepelio en el Monasterio de El Escorial. Ironías del destino, coincidía que era el día de su sexto aniversario de boda. Su madre, Isabel II, que ya había visto enterrar a dos de sus cuatro hijos, le sobreviviría más de 18 años, y su esposa, que nunca se volvió a casar, lo haría casi 44 años.

 

Según Camisón, el monarca falleció por una bronquitis capilar aguda desarrollada en el curso de la tuberculosis que padecía, y declaró a la prensa que, de no haber contraído aquella bronquitis, la tisis lo habría dejado vivir más. El personal sanitario de la Casa Real sería renovado: Camisón dimitió y Santero fue cesado.

El deceso del joven Borbón planteaba un serio problema de sucesión en la jefatura del Estado, quedando en manos de una reina extranjera embarazada de tres meses, sin práctica política y teniendo como únicas herederas a dos niñas de corta edad. La Bolsa se desplomó ante la incertidumbre por el vacío de poder, pues se temía un levantamiento carlista o republicano.

En esa encrucijada, los líderes de los dos partidos dinásticos de la Restauración, Antonio Cánovas del Castillo (Partido Liberal Conservador) y Práxedes Mateo Sagasta (Partido Liberal Fusionista), suscribieron el conocido como Pacto de El Pardo, acordando la alternancia de gobierno entre ambas formaciones, un turno pacífico para apuntalar la estabilidad del régimen.

 

La viuda se convirtió en regente de España en virtud del artículo 69 de la Constitución, que juró a las Cortes el 30 de diciembre de 1885 en el Congreso de los Diputados, en sesión conjunta de ambas cámaras. Cánovas prefirió esperar al alumbramiento antes de coronar a la Princesa de Asturias, a la sazón de cinco años, por si venía al mundo un varón, que por las disposiciones legales de la época prevalecía en sus derechos sucesorios. Así fue. El embarazo llegó a feliz término y nació el futuro Alfonso XIII en mayo de 1886. La regencia se prolongaría hasta la mayoría de edad de este en 1902, a los 16 años. A María Cristina le esperaba aún el trago amargo de ver morir a sus dos hijas, en 1904 y 1912 respectivamente, de complicaciones de parto.

En 1898, la reina transformó en oratorio neogótico la cámara en que falleció su esposo, catalogada como pieza 18, con un retablo pintado por Alejandro Ferrant y Fischerman, un Cristo y una Inmaculada de marfil de gran valor y una terna de vidrieras de la casa Maumejean, que representan a los Santos de los patronímicos del monarca y sus dos mujeres: San Ildefonso, Nuestra Señora de la Merced y Santa Cristina. El altar mayor de la iglesia del Carmen en El Pardo, desde el año 2000, se adorna con esas tres vidrieras. El antedormitorio con balcones orientados al sur, hoy conocido como sala gris, fue segregado del oratorio, que se sitúa en el lugar exacto que ocupaba el lecho aquel aciago día.

El Palacio Real de El Pardo aloja desde 1983 a jefes de Estado extranjeros en visita oficial a España. Allí se formalizó la petición de mano de Felipe VI y Letizia en 2003 y la cena de gala previa a su boda en 2004. Cuánto les podrían haber contado sus muros.