
Un hito en la historia meteorológica de nuestro país es el conocido como 'Tornado de Madrid', una catástrofe producida el 12 de mayo de 1886, que causó numerosas víctimas y enormes destrozos. A día de hoy, es el fenómeno de sus características que más devastación ha originado en la capital de España y uno de los más severos registrados en la península, a pesar de que su zona central no es un área proclive a ellos.
Hacia las siete de la tarde del 12 de mayo de 1886, los madrileños vieron con sorpresa cómo la jornada primaveral, de manera súbita, se transformaba en una violenta tormenta. En ese período, la meteorología aún se estaba gestando y no existían sistemas de alerta que pudieran advertir de un siniestro de proporciones gigantescas. Nubes de color plomizo oscurecieron el cielo y la sensación de bochorno acabó por desencadenar una lluvia torrencial con descarga eléctrica y descomunal granizo, descrito como 'huevos de paloma'. Un torbellino de gran intensidad tocó tierra en las cercanías del entonces municipio independiente de Carabanchel Alto, siguiendo una trayectoria suroeste-noroeste de una decena de kilómetros y asolando Carabanchel Bajo, cuyas casas en su mayoría perdieron las techumbres o se derrumbaron, y alcanzando después la ribera del Manzanares. Graves daños fueron ocasionados asimismo en Navarra, Zaragoza y Huesca esa tarde, y en el sur de Francia en la madrugada del día 13, pero por fortuna más leves que los de la capital.
Aunque las cifras exactas de damnificados en Madrid oscilan según las fuentes, el recuento más fiable contempla 47 fallecidos y varios centenares de heridos, atrapados bajo inmuebles o estructuras derruidas, o aprisionados por caída de árboles y vuelco de carruajes. Los hospitales se colapsaron.
Los científicos de la época tildaron el suceso de ciclón, pues el concepto de tornado aún no estaba plenamente asumido en estas latitudes, y el vocablo, a pesar de ser usado con anterioridad, solo llevaba dos años aceptado por la Real Academia de la Lengua con el significado de huracán. Actualmente, en base a los efectos, se considera que se trató de un tornado F3 en la escala Fujita-Pearson, con vientos que rebasaron con creces los 200 kilómetros por hora.
Varios países europeos habían creado recientemente los primeros Servicios Meteorológicos, pero en España no sería hasta el año siguiente al evento, 1887, cuando nació el Instituto Central Meteorológico, cuyo primer director fue Augusto Arcimís. Hasta ese momento se encargaba de la medición climatológica el Real Observatorio de Madrid, situado en el cerro de San Blas junto al parque del Retiro, que a pesar de su escasa distancia del recorrido del tifón solo sufrió estropicios de poca entidad.
Benito Pérez Galdós menciona el incidente con la nomenclatura contemporánea en su novela Misericordia (1897): "te presté los mil reales, y te salvé de ir a la cárcel... ¿No te acuerdas? Fue el año y el día del ciclón, que arrancó los árboles del Botánico".

El Boletín Meteorológico, con predicciones a quince días, lo editaba desde 1890 para un ingente número de suscriptores un científico autodidacta, Francisco León Hermoso, que firmaba con el seudónimo de Noherlesoom, compuesto con las letras de sus apellidos. Aparecían extractos en los diarios. Hermoso publicó el 2 de mayo: "el día 14 los efectos del ciclón se notarán en Madrid", aumentando su prestigio al cumplirse el vaticinio, aunque fuera con dos días de antelación. Un despacho telegráfico del New York Herald, el 7 de mayo, anunció también la llegada de un ciclón a la península.
Toda la prensa de Madrid reflejó la tromba y sus consecuencias, siendo tema recurrente además en los periódicos nacionales e internacionales. Se llegó a aseverar que fueron dos tornados distintos, con diez minutos de diferencia, y debido a la dificultad de reconocer que el viento pudiera originar tal devastación, hasta se especuló el concurso de un terremoto, a pesar de que los datos del Observatorio no lo indicaran.
La fotografía era incipiente en España, por lo que se solían utilizar grabados para ilustrar los acontecimientos narrados en los medios. El famoso fotógrafo pionero francés Juan Laurent, residente en Madrid, tomó las únicas instantáneas de este suceso, cuando le restaban meses de vida.
La catástrofe se justificó por algunos como un castigo divino y espoleó que un vidente afirmara que la Virgen, con San Pedro y San Juan, descendían del cielo cada noche al jardín de las Vistillas, reuniéndose allí diariamente miles de personas al caer el sol, con afán de contemplar el referido milagro. Otros, aseguraron que se trataba de un aviso de que el fin del mundo estaba próximo.
El Ayuntamiento y las instituciones promovieron ayudas y colectas para los damnificados, en una de las primeras respuestas solidarias organizadas de Madrid. La reina regente María Cristina, a punto de dar a luz al futuro Alfonso XIII, que nació solo cinco días más tarde, visitó y ayudó económicamente a las víctimas. La Junta de Socorros recaudó 70.016 pesetas para los perjudicados, una cifra astronómica para la época, aunque los gastos necesarios para la reconstrucción fueron mucho más elevados.
Dos meses después, el 31 de julio, se estrenó con éxito en Madrid la obra de teatro lírico del género chico 'Ciclón XXII, fantasía atmosférica bufa', con libreto de Górriz y Navarro y música de Fernández Caballero y Rubio, que recreaba la hecatombe desde el humor y la sátira.

Después de arrasar ambos pueblos de Carabanchel, el remolino prosiguió su ruta de destrucción hasta la Pradera de San Isidro, donde se estaban erigiendo los puestos y casetas de bebidas y rosquillas para la fiesta de San Isidro, patrón de la ciudad, que sería solo tres días después, el 15 de mayo. Las instalaciones fueron arrancadas y despedazadas por el vendaval, esparciéndose sus restos a gran distancia y causando heridos. La celebración se mantuvo llegado el día, aunque los puestos debieron ser reemplazados por carros.
El episodio más trágico por el número de bajas ocurrió en el Lavadero Imperial, de reciente construcción en el paseo homónimo. A la hora del temporal, unas doscientas lavanderas ultimaban su jornada laboral en las cien pilas y las dependencias estaban en su momento más concurrido del día. Las mujeres recogían sus útiles mientras sus hijos pequeños las esperaban jugando fuera y los mozos de cuerda preparaban los sacos con las prendas para entregar en Madrid. Pero de pronto el huracán, entrando por las ventanas del lavadero, arrebató de las cuerdas las ropas tendidas, y se desató una lluvia torrencial. Algunos se cobijaron en una de las tres naves de que constaba el complejo, la más sólida, cuya techumbre era de hierro. Otros, solo pudieron situarse al lado de las tapias de las dos restantes, cuando de repente, se desplomaron sus tejados y muros sobre quienes se refugiaban allí, haciéndose trizas bajo su peso las columnas de madera y reduciéndose todo a cascotes. Sólo restó en pie la nave reforzada. Se estimó en 18 el número de fallecidos y 20 los heridos graves.
La fatalidad del Lavadero Imperial pudo repetirse en la Tienda-Asilo de reciente inauguración, próxima al Hospital Provincial (actual Museo Reina Sofía), institución benéfica para combatir el hambre, que proporcionaba un plato de comida por unos céntimos y un sitio para asearse. En esos instantes, contaba con 150 usuarios en su interior, y se desplomó la cubierta, resultando 18 heridos de consideración y 44 de menor entidad, aunque nadie pereció, y yendo a parar los escombros a lugares alejados.
En el Jardín Botánico los estragos fueron muy considerables. Su director y rector de la Universidad Central, Miguel Colmeiro, los cuantificó en 560 árboles y 83 arbustos destrozados, muchos arrancados de raíz o quebrados por la fuerza de la tempestad. Algunos eran ejemplares únicos, de valor incalculable. Afortunadamente sobrevivieron un ciprés, conocido como 'el abuelo', de más de 300 años, y un olmo de más de 200.
Tras deteriorar severamente el Jardín Botánico, el tornado atravesó el Parque del Retiro. Según el Jardinero Mayor, 557 árboles quedaron destruidos y otros 400 muy dañados. La leña de los derribados sería vendida después sin observarse las formalidades de subasta. Las estufas (invernaderos) sufrieron serios menoscabos, así como las vallas y verjas, el parterre y el paseo de carruajes. El Casón del Buen Retiro estaba entonces en obras, y el tifón asoló su monumental fachada occidental que da al Prado, desprendiéndose bloques de piedra, probablemente por tener colocado un andamiaje. En el Retiro hoy se conservan dos ejemplares que superaron el huracán: el ahuehuete del parterre, uno de los árboles más antiguos de Madrid, plantado posiblemente hacia 1633, y el pino carrasco de la Rosaleda, que actualmente sobrepasa los 200 años.
En la calle Atocha, mientras 56 árboles fueron levantados al ras de la acera de los portales impares y 13 farolas fueron arrasadas, se dio la paradoja de que los árboles del lado de la numeración par, por su orientación diferente, permanecieron prácticamente ilesos.

Por su parte, otro pulmón verde madrileño, el Palacio de Vista Alegre, padeció el derrumbe de su techo y la pérdida de dos centenares de ejemplares de su arbolado, bien tronchado o desgajado de cuajo. Dos árboles han subsistido hasta hoy: el imponente cedro catalogado por la Comunidad de Madrid como árbol singular y un ciprés emplazado junto a la galería del Palacio Viejo. La campana de la torre fue hallada a gran distancia.
En barrios humildes del extrarradio la devastación fue muy elevada, por la mala calidad de las construcciones. Edificaciones poco resistentes sucumbieron bajo el remolino, como estructuras industriales, merenderos o casetas de fielatos, ubicadas estas en los accesos a la ciudad, para practicar la recaudación de impuestos sobre las mercancías que entraban en la urbe para el abastecimiento. Sus ocupantes corrieron la peor parte.
En el Cementerio Sacramental de San Lorenzo y San José, los operarios se cobijaron del vendaval y el chaparrón en una galería, viéndose sepultados al caer la cubierta y encontrando la muerte cinco de ellos. Quedaron derruidas las paredes, el techado de la iglesia e innumerables monumentos funerarios y lápidas. Al coincidir la hora de la debacle con el momento de cierre del recinto, muchos visitantes volvían a pie a sus casas y fueron sorprendidos por la tromba estando a la intemperie sin tener dónde resguardarse, siendo arrojados virulentamente contra el suelo o impactándoles objetos que las rachas ventosas levantaban sin control.
Se produjo asimismo el vuelco de varios tranvías, coches y carruajes, y el descarrilamiento de trenes en las inmediaciones de las estaciones de la ciudad, con abundantes víctimas. Ante las atroces cifras de lesionados, los guardias detenían los carruajes aún operativos y los incautaban para dedicar sus rutas al servicio sanitario de emergencia.
El colosal empuje de las ráfagas hundió la cúpula de la iglesia de Montserrat y fue capaz de doblar la cruz de hierro macizo que coronaba la de Santa Isabel. El edificio que alberga el Museo del Prado sufrió importantes desperfectos. Innumerables cristales se hicieron añicos, con serios detrimentos en escaparates de gran cantidad de establecimientos. Se arrancaron por doquier tejas y chimeneas lanzadas como proyectiles, y quedó inutilizado el tendido telegráfico extendido sobre la Puerta del Sol, donde el ímpetu de las aguas se describió como 'oleaje'. Riadas recorrieron vertiginosamente las calles y las inundaron, acumulando barro y escombros venidos desde muy lejos. Las cocheras del tranvía de Leganés resultaron completamente hundidas, y en sus proximidades una casa, aparentemente indemne, se derrumbó espontáneamente al día siguiente, provocando un muerto y un herido. Guadalajara también fue enormemente afectada por el huracán, y Aranjuez acusó daños por viento.
El tornado continuó hacia el noreste, generó sus últimos impactos en Las Ventas y Canillas, y fue progresivamente debilitándose hasta disiparse, dejando en pos de sí en torno a 200 puntos azotados en unos 12 pavorosos y eternos minutos. Su mortífera reputación hizo que se le tildara de 'killer', asesino. Su infausto recuerdo, con el paso de los años y el advenimiento de otros relevantes episodios históricos, fue igualmente difuminándose, hasta casi desaparecer actualmente de la memoria colectiva.