
Por los caminos ondulantes de la ribera del río Corneja, una mula se abría paso calmosamente, con cadencia remolona y andares rítmicos que denotaban lo acostumbrada y resignada que estaba a portar su carga. Sobre su lomo, separado por una tela para no rozar el pelaje, se situaba el flamante obispo de Ávila, Alonso Fernández de Madrigal, que había dedicado sus primeros meses en la sede episcopal a realizar una demorada visita pastoral a todas las poblaciones de su amplia diócesis, sin discriminar por solidez de su censo o poderío de sus habitantes.
Era un hombre de mediana edad, con la vista sensiblemente mermada tras muchos años dedicando largas horas al estudio, la mayoría de ellas a la pobre luz de las velas. Vestía ropas alusivas a su dignidad, y los lugareños de los pueblos que atravesaba en su trayecto lo miraban con estupefacción, ya que no era habitual que este tipo de extenuantes y prolongados desplazamientos a sitios tan empobrecidos los hiciera monseñor en persona, sino que enviase a un sustituto, y una gran proporción de los fieles del ámbito rural jamás llegaría en su vida a coincidir con quien ocupaba el puesto más elevado de su feligresía. Pero si lo hubieran visto despojado de los ropajes, habrían notado con sorpresa su pequeño tamaño, la paradoja de que una encomienda tan grande cupiera en un cuerpo tan reducido.
Detrás de ellos, otra acémila transportaba el equipaje, siendo conducida por un mozo que avanzaba a pie a su lado.
El prelado había elegido añadir a su apelativo su procedencia de la villa de Madrigal de las Altas Torres, donde había nacido al mundo con el cambio de la centuria, y en el tramo final de su existencia se regocijaría con la noticia de que en idéntico emplazamiento era alumbrada una niña de sangre regia, Isabel, de quien el escrutinio de los astros le advertiría que iba a alcanzar a ser la reina más grande que vieran los siglos.
El mitrado había sido engendrado en el virtuoso hogar compuesto por Alonso Fernández Tostado, hidalgo y cristiano viejo, y Catalina Alonso de Ribera, de linaje de labradores. Se le conocía como El Tostado, achacándolo la generalidad al apellido paterno, aunque algunos aseguraban que obedecía a su tez morena, y otros más osados aventuraban que esta había sido oscurecida por el abuso de años enfrascado sobre los escritorios, recibiendo inmisericordemente el calor y la luminosidad de los cirios.
Pasando por las aldeas, Alonso de Madrigal veía chiquillos de mirada curiosa que le seguían ensimismados, y cuya imagen le retrotraía a su propia infancia, tan lejana y sin embargo nunca olvidada. Poco más o menos a su edad, él comenzaba su aprendizaje en el convento madrigaleño de los agustinos, pensó, donde los buenos frailes percibieron su capacidad intelectual y su sed ilimitada por poseer conocimientos, impulsando la continuidad de su formación con los franciscanos de Arévalo, y finalmente en la deslumbrante Universidad de Salamanca.
Su excepcional rendimiento en disciplinas tan variadas como Artes, Teología, Derecho Canónico y las tres lenguas bíblicas (griego, hebreo y latín), su avezado ingenio y lo que los demás tildaban de prodigiosa memoria, le granjearon una creciente celebridad en el Estudio salmantino, hasta consagrar su apodo de 'El Abulense', como si el origen fuera exclusivamente suyo y de nadie más; un término ante cuya mención todos mostraban el mayor respeto.

Recordó aquellos inicios brillantes y optimistas en la institución académica, donde logró ganar las cátedras de Poética, Filosofía Moral, Biblia y Vísperas, y una vez hubo sido investido con las órdenes sagradas, se convirtió en rector del Colegio de San Bartolomé. Pero su feliz ensoñación se trocó en desagrado cuando vio de pronto en un recodo a dos niños, harapientos y descalzos, que pegaban a un tercero con saña, y requirió a su ayudante a que los separase y amonestara en su proceder, instruyéndole que les diera unas monedas si pedían perdón. Las flaquezas de la naturaleza humana, razonó con amargura.
El semblante se le torció cuando evocó lo mucho que las mezquindades, envidias e insidias le habían hecho sufrir. Por eso mismo, habiendo alcanzado ya la sazón de su sabiduría, todas sus novedosas propuestas doctrinales, impecablemente fundamentadas en las fuentes canónicas e inspiradas por el humanismo cristiano y la confianza en el prójimo, fueron consideradas sospechosas y peligrosas para la integridad del dogma oficial, por lo que socavaron su prestigio e hicieron que tuviera que emplear mucho tiempo y energías en argumentar su descargo, mermando para siempre su inocente entusiasmo. Le vino a la mente la profunda repugnancia con que recibió la noticia en 1431 de la ejecución en la hoguera de una doncella de 19 años en la ciudad franca de Ruan, lo que le pareció un cruel e inmerecido tormento para quien solo se arrogaba haber escuchado unas voces. Bien podría él haber acabado con sus huesos en una dura y fría celda, o incluso en un destino aún peor, de haber prevalecido las maledicencias infundadas contra su persona.
Pero afortunadamente, la Providencia puso en su itinerario vital al llorado y añorado monarca castellano Juan II, que el Señor había llamado a su presencia hacía muy poco, y quien valoraba su consejo y su erudición, por lo que le había avalado con su valioso respaldo para asumir el obispado abulense. Como si quisiera convencerse de que no había sido un sueño, observó su báculo episcopal, unido con una cincha a su mano: un breve bastón de apenas vara y media de longitud, adaptado a su corta medida, cuya visión le movió a considerar cuántos palos, golpes y reveses había tenido que superar antes de acceder a su actual estado.
El traqueteo acompasado del equino, ya saliendo a campiña abierta, fue adormeciendo a su ilustre pasajero, y durante ese duermevela colonizó su mente aquel momento en el que, compareciendo ante el Santo Padre de Roma, sus holgadas vestiduras llevaron al sucesor de Pedro a ordenarle que se alzara, al suponer que se había puesto de hinojos, emitiendo un tajante '¡Surge!', al que él había replicado con un humilde 'Non sum plus', no soy más que esto. Sin embargo, ante las miradas un tanto burlonas de los presentes, un resorte en su interior le llevó a agregar con dignidad: "La verdadera estatura de un ser humano se mide en el espacio comprendido entre sus cejas y el arranque de su pelo".
Pronto apareció el pie de una loma, que desembocó en un trecho en pendiente muy empinado. La mula lo salvó trabajosamente, como las cuestas arriba que nos impone la vida sin avisar y solo queda tratar de superarlas estoicamente.
La laboriosidad de las gentes del campo, a quienes observaba desde su cabalgadura afanándose en sus ancestrales tareas, espoleó su meditación sobre la importancia de hacerles llegar el saber directamente, sin intermediarios, como él mismo había tenido la fortuna de disfrutar. Reflexionó que en su vasta producción, que debía frisar ya las 150 obras, en su mayor parte comentarios de libros bíblicos, aunque también de temas morales, políticos, jurídicos o mitológicos, se había valido principalmente del latín por su estatus de lengua de intercambio en el ámbito culto europeo, pero poco a poco había comenzado a utilizar la lengua romance castellana, porque no se enciende una lámpara para guardarla en el celemín, sino para mostrarla en la ventana y que todos vean su luz.
El trotecillo de la bestia fue combinándose con el chapoteo de sus cascos al llegar a un superficial arroyo que hubo que vadear. Al ir cayendo la tarde, el mozo indicó al madrigaleño la conveniencia de detenerse a pernoctar en algún villorrio que pudieran encontrar en su senda. Un puñado de casas aparecieron en lontananza tras un sinuoso repecho, y hacia ellas se dirigieron. A la entrada del poblado, hallaron a un hombre pacíficamente sentado junto a un fuego, que ardía domesticado en el exterior de su residencia. Monseñor le saludó y el paisano le devolvió la cortesía ceremoniosamente, pero sin hacer aspavientos ante el inesperado visitante. Generosamente accedió a permitir que el forastero pasase la noche en su vivienda, aunque apercibiéndole de la humildad de esta, a lo que el mitrado correspondió agradeciéndole su hospitalidad, y apostillando que era hijo de estas tierras y no albergaba otras expectativas más allá de un techo, un montón de paja sobre el que tenderse y un cuenco de agua limpia de los neveros de la montaña.

El campesino, intuyendo que la sencillez los hermanaba, ofreció a Alonso de Madrigal un asiento junto a las llamas, y una vez aposentados allí, como si de pronto fuera consciente de su propio aspecto, le relató que su medio de subsistencia había sido siempre la explotación de una carbonería, oficio heredado de su padre, disculpándose por el hollín negruzco que llevaba pegado a la piel desde su más tierna edad, como si fuera un madero calafateado, sin percatarse ya de ello de pura cotidianeidad. Su conversación era inteligente y sus ojos ágiles traslucían que era un filósofo natural. El Tostado se sintió vivamente interesado en su interlocutor. A pesar del natural silencioso del eclesiástico, empezaron a hablar de asuntos cada vez con más hondura, hasta que el prelado quiso indagar en su percepción de la fe, preguntándole cuáles eran sus creencias.
El carbonero replicó, audazmente: "Creo en todo lo que cree la Santa Madre Iglesia".
El Abulense, impactado con la hábil respuesta, no se conformó, y continuó con su interrogatorio:
"¿Y qué cree la Santa Madre Iglesia?"
A lo que el carbonero, con un atisbo de sonrisa, le espetó: "Todo lo que creo yo".
El obispo se sintió maravillado ante la capacidad dialéctica de ese vecino analfabeto, que jamás había pisado un aula. "Te alabo Padre, Señor del Cielo y de la Tierra", invocó quedamente, "porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños", pues la grandeza y la pequeñez Tú no las tasas con medida humana. Y en su fuero interno, se reafirmó en una íntima certeza que había custodiado perennemente: que siempre alcanzaría más lejos un concilio que solo un pontífice, y toda la sociedad que solo un gobernante. Y que cualquier poder, emanado de Dios, residía en la gente, que eran quienes ostentaban el derecho natural de elegir democráticamente a quien lo ejerciera en representación de ellos, con el objetivo de velar por el bien de la comunidad.
Prosiguiendo su periplo por diversos núcleos urbanos diocesanos, se fue topando con las interpelaciones amables de algunos moradores de concejos donde le precedía su fama de escritor prolífico, ya que se decía que a lo largo de su vida había sido capaz de redactar tres pliegos diarios, y algunos aumentaban esa cifra hasta cinco, sosteniendo que, a pesar de la modestia de la que hacía gala, era una auténtica biblioteca ambulante, pues dominaba la totalidad del conocimiento humano de la época.
Cuando se encontraba con individuos que le manifestaban admiración, el ordinario les disuadía en su idea. Solía contestarles que la dignidad humana igualaba a todos los hijos de Dios, sin distingos; que varios de sus tratados versaban sobre temas que propugnaban una nueva concepción de la persona, y en los que seguramente ellos también podrían aportar su parecer, como la libertad, la justicia social o la felicidad. Que deseaba hacerles partícipes de sus deducciones, porque en sus disquisiciones sostenía que era intrínseca al hombre, independientemente de su estación en sociedad, la necesidad de entablar amistad y desarrollar afectos.

Concluida su ruta, en la que conoció e ilusionó a su grey, el obispo recaló en la localidad de Bonilla de la Sierra, donde se emplazaba el castillo-palacio en el que los monseñores abulenses habían establecido su señorío episcopal e instalado su residencia veraniega de descanso, con el propósito de aliviar su cansancio tras el reciente trajín e incorporarse a su sede con vigor renovado.
Pero en ese hermoso lugar, un 3 de septiembre de 1455, sin haber completado su segundo año al frente de la diócesis, un mal súbito se apoderaba del cuerpo del Tostado y le hacía entregar su ánima al Creador. Sus acompañantes, queriendo administrarle los santos óleos y ponerle en paz con el Altísimo, buscaron confesarle para reconciliarle de aquellos pecados que pudieran haber mancillado su espíritu en su aproximado medio siglo de existencia terrena, instándole a proclamar la ortodoxia de su fe en ese momento de tránsito a los Cielos.
Alonso de Madrigal, quien tanto había analizado en sus monografías la naturaleza del alma y su inmortalidad, ya sin apenas fuerzas para articular palabra, les respondió: "Lo del carbonero", y expiró. Nadie supo explicarse lo que significaba frase tan críptica, achacándolo a la confusión de su cerebro, ya enfermo sin remisión en las postrimerías de su vida. Solo tiempo después, a través del testimonio de aquel mozo que le acompañó en esa etapa de su viaje pastoral, entendieron la alusión y quedó para siempre acuñada la expresión "tener la fe del carbonero", para designar una convicción férrea y sin fisuras, que no necesita pruebas ni someterse al tamiz de la razón.
El maestro Vasco de la Zarza esculpió el magistral sepulcro del prelado en la girola de la catedral de Ávila, a la vez retablo y altar, que lo representa asido a su inseparable libro, con la ceguera sobrevolando sus ojos. Su epitafio recuerda para la posteridad: "Aquí yace el asombro del mundo, que supo cuanto se puede saber".
Al año siguiente de aquel en que el mitrado retornara a la Casa del Padre, su contemporánea, la doncella de Orleans, ejecutada en la pira el 30 de mayo de 1431 en tierras galas, era rehabilitada en un juicio público.
En las décadas posteriores, la figura del madrigaleño sería reivindicada por señeros personajes como el Cardenal Cisneros, Fernando el Católico o Carlos V; muy apreciada por Antonio de Nebrija, quien lo catalogó como el más docto y erudito profesor de la Universidad de Salamanca, y por Miguel de Cervantes, que hizo que Don Quijote lo mencionase como paradigma de fecundidad en producción intelectual, lo que no supone ninguna exageración, habiendo superado con creces sus obras completas una veintena de gruesos volúmenes en algunas ediciones venecianas, a pesar de quedar aún una parte manuscrita por llevar a las prensas. Él no llegó a ver surgir la imprenta, un invento que le habría maravillado apenas dos décadas después de su partida. Y fue aquella niña nacida en Madrigal, una vez ascendió al trono, de quien partió por vez primera la iniciativa de imprimir la obra del Abulense.
Sobre 1615, el Cabildo catedralicio de Ávila inició el proceso de canonización del obispo, sin éxito. Pero, aunque no pueda ser venerado en los altares, la fachada histórica de la Universidad de Salamanca luce su escudo, labrado en piedra de Villamayor, como homenaje a perpetuidad que brindó su Alma Mater a uno de sus miembros más preclaros de sus 800 años de historia.