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Cuaderno de bitácora

Por Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria

Estar en Capilla


Coloquialmente utilizamos el dicho "estar en capilla" para aludir a los momentos previos a un acontecimiento trascendental que va a ocurrir de manera inminente. La expresión atesora una interesante historia, que hunde sus raíces siglos atrás.

Algunos afirman que la alocución está vinculada a la resolución del monarca español Felipe II, que prescribió se habilitasen capillas en las prisiones, a fin de procurar asistencia espiritual a los reos de muerte en los prolegómenos de su ejecución; otros sugieren su relación con la tauromaquia, asociándolo a cuando el diestro se encomienda a la imagen del camarín de la plaza de toros antes de saltar al ruedo; y otros más, lo ligan a la costumbre de pernoctar en un oratorio velando sus armas, por parte de aquellos que, llegada la alborada, serían nombrados caballeros o que, ya siéndolo, partirían a la batalla.

Pero la etimología más plausible y difundida está estrechamente conectada a los comienzos de la Universidad de Salamanca, la institución de enseñanza superior más antigua aún activa en nuestro país, nacida hace más de 800 años.

Salamanca tiene el privilegio de contar con dos catedrales. Al construirse entre los siglos XVI y XVIII la de la Asunción de la Virgen, conocida como catedral nueva, no se demolió la anterior, dedicada a Santa María de la Sede, llamada catedral vieja.

En el claustro de esta última, quien fuera obispo de la diócesis de Salamanca, Juan Lucero, compró al Cabildo, a mediados del siglo XIV, una capilla bajo la advocación de Santa Bárbara, en la que fundó cuatro capellanías y estableció decir una misa cantada cada amanecer, la primera del día en la ciudad.

Episodios célebres de la vida del obispo son su participación en 1343 junto con sus huestes en el cerco de Algeciras en ayuda de Alfonso XI, y su declaración de nulidad en 1354, probablemente movido por miedo al rey, del matrimonio de Pedro I el Cruel con Blanca de Borbón, para que el monarca pudiera desposar a Juana de Castro, lo que supondría una mancha en el expediente del eclesiástico para la posteridad.

Juan Lucero dispuso ser sepultado en la capilla junto a sus allegados, cumpliéndose su voluntad a su fallecimiento en 1364, cuando llevaba un trienio como obispo de la sede segoviana, tras dos décadas como prelado en la de Salamanca. Así, su sepulcro se halla situado en la parte central del espacio, en un mausoleo de sarcófago exento, y el difunto está representado de manera realista, en una estatua yacente de influencia leonesa, de piedra policromada y tamaño algo mayor al natural, con los pies orientados hacia el altar. El obispo, cuya cabeza esculpida está reclinada sobre tres almohadones, aparece revestido con hábitos y provisto de báculo y casulla, mientras dos ángeles a sus pies portan su escudo de armas con un lucero y en su cabecera sobresale un pequeño bajorrelieve con un Calvario.

La universidad salmantina en sus inicios careció de recintos propios para desempeñar su función, por lo que en sus primeros años de existencia empleó los locales del Cabildo en torno al claustro de la catedral románica, encontrándose el origen del Estudio fuertemente unido a la antigua Escuela Catedralicia. No en vano, el vocablo catedral enlaza con la cátedra del obispo, su autoridad y magisterio.

El proceso para alzarse con un grado universitario, culminando los años preceptivos de instrucción, comenzaba con el tañido de la campana grande catedralicia la noche anterior, anunciando el principio del acto. Una comitiva con instrumentos musicales acompañaba al aspirante por las calles de la ciudad hasta la capilla de Santa Bárbara, a cuya entrada, tras oír la misa del Espíritu Santo en la catedral al despuntar el alba, se asignaban los puntos del examen. Antes de empezar se servía un refrigerio con bebidas a los miembros de la universidad en la capilla aledaña de Santa Catalina.

La asignación de puntos se hacía abriendo los libros tres veces al azar, los denominados tres piques. De ellos, el graduando escogía un tema general y los docentes sobre él le preguntaban una cuestión concreta o "punto de veinticuatro", pues se le concedían 24 horas para prepararlo, que en la práctica se extendían temporalmente un poco más, pues la defensa se realizaba por la tarde del día siguiente.

Llegado el momento del ejercicio, ponían a correr el reloj de arena y el discente contaba con una hora para contestar. Se iluminaba el recinto con velas ubicadas sobre el sepulcro del obispo y en invierno, para evitar el frío, se encendía un brasero y se colgaban tapices. Al terminar la primera lección y antes de la segunda, en la que los cuatro examinadores de menor antigüedad profesional preguntaban al candidato sobre lo expuesto, se servía una cena al tribunal a costa de aquel. Concluida la prueba, se votaba su calificación, mostrando las letras A de aprobado o R de reprobado. En caso de éxito, la concesión del grado tenía lugar en la mañana del día siguiente, delante de la capilla de Santa Bárbara.

La tradición, que aúna elementos históricos con otros de índole legendaria, sostiene que en la capilla de Santa Bárbara tenían lugar los exámenes de grado, y la costumbre para el pretendiente era permanecer la noche previa preparándose en la estancia, introduciéndole el alimento por los huecos que proporcionaba un rosetón tallado en la pared. De ahí el sentido acuñado en la frase "estar en capilla". Durante la vigilia, el aprendiz se sentaba en una silla que aún se conserva, de espaldas al retablo y con sus pies apoyados sobre los de la escultura episcopal, lo que decían infundía ánimo y sabiduría y daba suerte, mientras el monumento sepulcral del obispo, rodeado de una verja baja, era utilizado como mesa de estudio, valiéndose en calidad de soporte de unas guardas de madera que se sacaban para cubrirlo.

A la mañana siguiente, los profesores entraban al receptáculo a hacer la prueba, aposentándose en los bancos dispuestos a lo largo del muro de ambos lados, ante los otros túmulos del lugar sagrado. El cancelario se sentaba, con almohada a los pies, en un sillón en el lado del Evangelio y los evaluadores, por orden de mayor a menor antigüedad, se sentaban más próximos a él o más cerca de la puerta. El padrino del discípulo se acomodaba cerca de este, sobre la gradilla del altar, en un cojín.

Si el envite se veía coronado con éxito, el estudiante salía por la puerta principal, donde le aguardaban sus amigos para festejar. En caso de fracaso, abandonaba la catedral por la puerta lateral denominada "de los carros", que emergía a la calle Tentenecio. Desde el siglo XVII, el aprobado incluyó el ofrecimiento de un toro por el homenajeado a sus compañeros, que tras ser toreado se servía en un banquete y, en caso de ser el grado de doctor el obtenido, los invitados trazaban en una pared, con la sangre del astado, un anagrama de la palabra latina Vitor, equivalente a "¡Victoria!", junto al nombre del nuevo doctor. Una costumbre gráfica que, mutatis mutandis, permanece hoy.

Asimismo, cada 11 de noviembre, día de San Martín, se celebraba en la capilla de Santa Bárbara la elección del rector de la Universidad y allí tomaba posesión para el nuevo curso académico. A la puerta de la capilla, a las ocho de la mañana, se proclamaba en voz alta el designado para gobernar la universidad durante un año. Inmediatamente después, una comitiva marchaba a casa del electo para comunicarle la buena nueva, regresando seguidamente al claustro con él para prestar su juramento. 

Originariamente el Estudio utilizaba la capilla de Santa Bárbara para la colación de grados (ceremonias académicas de otorgamiento del título), y la de Santa Catalina para actos universitarios más multitudinarios, por su mayor capacidad. Pero la primera, con el aumento de estudiantes, acabó resultando angosta para albergar a todos los doctores que acudían a presenciar el examen. Tras rubricarse el acuerdo de 23 de octubre de 1570 entre la Catedral y la Universidad, se comenzaron a ocupar otros lugares, señaladamente la capilla de Santa Catalina, situada en el claustro a pocos metros de la anterior, y que ofrecía el doble de espacio, y naves de la catedral nueva, donde se levantaban estrados de madera. La capilla de Santa Bárbara quedaba únicamente como habitáculo de recogimiento del examinando mientras se pertrechaba para su actuación, no para efectuar esta. La catedral y la Universidad interrumpieron su estrecha relación en 1840, cuando se determinó que los exámenes y colaciones de grados se desarrollaran en el edificio de la propia Universidad.

La capilla de Santa Bárbara está presidida por un retablo renacentista de influencia italiana, atribuido a Lucas Mitata, que plasma la vida y martirio de la santa. Destaca la decoración de la mesa del altar de cerámica, con azulejo de Talavera de 1560. En 2014, un investigador de la Universidad de Salamanca, Antonio Ledesma, introdujo una cámara endoscópica en el hueco de 15 cm comprendido entre el retablo y el muro, descubriendo pinturas murales e inscripciones que en 2019, con motivo de la restauración integral de la capilla, se dataron en torno a 1350-60, estando preservadas por haber tenido el retablo delante como elemento protector durante varios siglos. Las inscripciones eran legibles, a pesar del deterioro del fondo azul.

Los frescos, de estilo gótico-lineal, con una gama cromática limitada, se dividen en 15 compartimentos y 10 escenas, enmarcadas en azul con pan de oro en algunos detalles, y plasman una iconografía atípica de Santa Bárbara, pues son previos a un cambio del relato hagiográfico, que se produjo avanzada la edad media. De este modo, se representan episodios poco frecuentes en la narración de su historia: la construcción de la torre en la que fue encerrada, su bautismo, el juicio ante su padre y su martirio antes de ser decapitada. 

Sin embargo, en el retablo del siglo XVI se reducen a dos las escenas de la vida de Santa Bárbara, estableciéndose un paralelismo entre la pasión de Cristo en el cuerpo superior y la de la virtuosa joven en el inferior. En la hornacina central se encuentra una talla de la santa que fue expuesta en las Edades del Hombre en Santiago de Compostela en 2024. En los vanos laterales, las dos pinturas italianizantes del juicio y del martirio de la titular, de la misma época, se atribuyen a Diego Gutiérrez, de la escuela de Alonso Berruguete. 

En el centro de las pinturas murales quedan indicios de la existencia de una repisa sobre la que estaría una escultura de Santa Bárbara, en torno a la cual se desarrollaba el programa de su vida. Anaquel e imagen serían retirados al ubicar el retablo delante, en el siglo XVI. Para poder admirar simultáneamente este y los frescos que oculta, actualmente se ha habilitado una ingeniosa solución, montando la pieza mueble de 500 kg sobre un mecanismo que permite desplazarla para dejar al descubierto el tesoro pictórico.

El 26 de febrero de 2020, culminaba el proceso de restauración de la capilla de Santa Bárbara de más de un año de duración, con un presupuesto cercano al medio millón de euros, sufragado por la Junta de Castilla y León. El resultado, tan espléndido, asegura a quien la visita no haber estado nunca "en capilla" con mejor disposición de ánimo.