
El principal teatro de la región de Murcia, emplazado en el centro histórico de su capital, cuenta en su haber con una trayectoria en la que ha acumulado un brillante palmarés, pero también es el involuntario protagonista de una leyenda que sostiene que sobre él pende una maldición.
El actual Teatro Romea, que se alza en la plaza Julián Romea, fue inaugurado el 26 de octubre de 1862 por la reina Isabel II, con el nombre de Teatro de los Infantes.
Esa jornada se ofrecieron al público, en presencia de la monarca y su séquito, la sinfonía Los diamantes de la Corona, la comedia La Cruz del Matrimonio, de Luis de Eguilaz, por la compañía del murciano Julián Romea, gloria de la escena nacional contemporánea, y la pieza de Bretón Mi secretario y yo. La plaza donde se ubica el inmueble se denominaba entonces del Esparto, por celebrarse en ella un mercado de objetos elaborados con este material.
El solar sobre el que se asienta había pertenecido a la orden dominicana, siéndoles expoliado en la primera mitad del siglo XIX en aplicación de las leyes desamortizadoras de Mendizábal. El Gobierno cedería después, mediante compra, el edificio del Convento de Santo Domingo, parcialmente amenazado por ruina, y sus terrenos, al Ayuntamiento de Murcia, con el fin de erigir un teatro, siguiendo las modas de la época. Además, para añadir espacio, se dictó la expropiación forzosa de un huerto y casas contiguas, declarando de utilidad pública el levantamiento del coliseo.
La adquisición no fue seguida de inmediato por la construcción, cuyo proyecto, aprobado en 1857 por el Consistorio, fue dirigido por los arquitectos Carlos Mancha y Diego Manuel Molina, únicos que se presentaron, aunque extemporáneamente, al concurso público. Ese mismo año, por su mal estado e insuficiencia para las funciones, había sido demolido el Teatro del Toro, en la cercana plaza de Ceballos, que se mantuvo activo desde 1609. El complejo actual vendría a ser su sucesor. Los duques de Montpensier fueron mecenas de la obra, realizando un importante donativo, por lo que durante unos años la plaza del teatro llevó su nombre.
Esa es la base factual sobre la que ha germinado la legendaria historia, que asegura que uno de los predicadores, dolido por la privación de su cenobio, condenó sin remisión al teatro, augurando que padecería tres incendios que progresivamente lo devastarían: en el primero, no habría víctimas; en el segundo, perecería una persona; y en el tercero, estaría abocado a morir el aforo completo, quedando el recinto calcinado hasta sus cimientos.
Solo un sexenio después del evento inaugural, en 1868, se produciría el advenimiento de la llamada Revolución Gloriosa, que destronó a Isabel II. La coyuntura política hizo que el Teatro de los Infantes, denominado en atención a los hijos de la reina que la acompañaron en aquella premier, se renombrase entonces como Teatro de la Soberanía Nacional, hasta que en 1872 adoptó su actual nombre, en honor al gran actor murciano, Julián Romea Yanguas, fallecido cuatro años antes, al haber tomado en consideración los ediles la petición popular.
Poco después, el 8 de febrero de 1877, tuvo lugar la primera desgracia de la terna, cuando Murcia era un núcleo urbano de unos 26.000 habitantes. Un fuego se desencadenó de madrugada, con el inmueble ya vacío, tras haber acogido esa velada la representación por la compañía de Corominas del drama Cómo empieza y cómo acaba, de José Echegaray, que sería el primer español en recibir un Premio Nobel, el de Literatura en 1904.

No se pudo nunca demostrar taxativamente la causa del siniestro: la teoría más probable fue que lo generó la chispa de una bengala mal apagada en la última función, la obra El año que pasó, del murciano Ricardo Sánchez Madrigal. Pero circularía el rumor de que había sido provocado.
La insuficiencia de medios en la época llevó a que la quema continuase todo el día 8 y el 9 por la mañana. Se pudo redimir el tramo comprendido desde la puerta principal hasta el muro de acceso al patio, palcos y galerías. Aunque no hubo que lamentar ninguna muerte, los destrozos en la sala y parte de las dependencias requirieron una rehabilitación importante, que se encomendó al arquitecto Justo Millán. Tres años más tarde, el 11 de diciembre de 1880, el teatro abría sus puertas de nuevo, ocasión en que se ovacionó a Millán por su espléndido trabajo. En 1884, se creó una Orquesta titular del coliseo.
Hacia las 17.45 horas del 10 de diciembre de 1899 estalló el segundo incendio, ocurrido durante una de las dos zarzuelas interpretadas ese día, con los alusivos títulos de El anillo de hierro, de Marqués, y Jugar con fuego, de Barbieri.
El edificio estaba concurrido, porque el tiempo lluvioso desalentaba a salir al aire libre. El patio de butacas presentaba media entrada; había familias en palcos y platea y abundaban los niños al cuidado de sirvientas. Las galerías estaban ocupadas por el pueblo llano.
Cuando la orquesta, conducida por José Mirete García, director de la Banda Municipal de Murcia, ejecutaba el preludio del tercer acto de El anillo de hierro, se vio un relámpago en la parte superior del escenario. Mientras algunos espectadores se inquietaron por la anomalía, otros supusieron que simulaban una tormenta para el acto que comenzaba. Pero el fogonazo prendió el interior del tablado, por lo que dos miembros de la compañía, Enriqueta Toda y Ricardo Sendra, pidieron a la audiencia desalojar con calma. La orquesta tomó la acertada decisión de seguir tocando, lo que evitó una estampida. El público fue abandonando sus localidades inicialmente de manera ordenada y sin precipitación.
Se produjo una única víctima mortal, Antonio Garrigues Doménech, de 17 años, hijo de Ramón Garrigues, empleado de la maquinaria. El joven, que ya había abandonado el recinto, se arriesgó a entrar de nuevo para recuperar una manta que se le había olvidado dentro. Probablemente cegado por el denso humo, equivocó el camino y bajó por la escalera del foso, donde fue alcanzado fatalmente por las llamas.
La prensa, que reflejaba la conmoción de la población ante el desastre, ensalzaría la heroicidad de muchos murcianos, que resultó crucial para salvar numerosas vidas. Asistentes y acomodadores ayudaban a las niñeras a evacuar a sus pequeños. Algunas huyeron despavoridas abandonando a las criaturas, que fueron entonces rescatadas por otras personas. Cuando fue evidente que ardía una de las bambalinas, se desató el caos y hubo una desbandada hacia las puertas, encontrando cerradas las dos laterales. El juez municipal de San Juan, Luis Lasema, adoptó la decisión de tirar la puerta de Poniente a hachazos, impidiéndose así pérdidas humanas.
El encargado del archivo musical logró arrojar a la calle partituras a través de una ventana, evitando su destrucción. Aún con muchos atrapados en las instalaciones, para más dramatismo se apagó el alumbrado eléctrico, lo que motivó un corte de suministro general en la ciudad.

Algunos espectadores, presas del pánico, se lanzaron a la calle desde las ventanas del piso principal. Uno intentó escapar por la portada frontal a la iglesia de Santo Domingo; al verla clausurada, la emprendió a disparos contra ella sin conseguir franquearla, aunque finalmente halló otra salida.
Los campanarios, como era la costumbre, tañeron para alertar a la población del fuego, y los ciudadanos, alarmados, se dirigieron al teatro por centenares, por tener allí familiares o para presenciar la tragedia. Llegaron asimismo las autoridades. Soldados de Infantería y Guardia Civil cortaron el paso del público a la plaza para no entorpecer las tareas de extinción ni que se produjeran lesiones con el desprendimiento de elementos y las pavesas que volaban por doquier. En la farmacia de Antonio López Gómez se estableció una Casa de Socorro, con material sanitario de la Cruz Roja.
El incendio alcanzó tal magnitud, que iluminó la torre de la catedral durante varias horas y desde la estación alicantina de Orihuela, los viajeros, ante la potente luminosidad, creyeron que toda Murcia ardía. Desde diversos pueblos a kilómetros de distancia se podían contemplar los impactantes efectos visuales de la ignición.
La labor de los bomberos fue encomiable, trabajando 24 horas ininterrumpidamente y logrando así paliar los estragos. Consiguieron salvar gran cantidad de efectos de la guardarropía y sastrería, casi todo el vestuario de los artistas, enseres e instrumentos de la orquesta, que se iban amontonando alrededor del teatro. Gracias al esfuerzo conjunto, resultó indemne la parte del edificio que daba a la fachada principal, donde se hallaban el salón de baile, la taquilla y sala de espera, conserjería y camerinos. Escenario y patio quedaron convertidos en un gran amasijo de escombros, permaneciendo solamente en pie los postes y las grandes columnas de hierro.
Se especuló como origen del siniestro un fallo eléctrico, energía con la que contaba el teatro desde 1894, o una mala instalación del cableado, aunque la Eléctrica de Murcia 'Isaac Peral', para eximirse de responsabilidad, culpó a una cerilla o cigarrillo de un tercero, alegando en un escrito que difundió que tras el decorado se fumaba sin precaución. Pero los testigos coincidían en que las llamas surgieron cuando una especie de relámpago iluminó la escena, lo que parece corroborar la hipótesis del cortocircuito. El cuadro de la luz había sido confiado a un muchacho, cuya inexperiencia pudo favorecer la descarga.
La fatalidad fue que el alcalde Juan de la Cierva, con anterioridad, hubiera reducido la prima del seguro del teatro de las 375.000 pesetas previstas inicialmente, por los exiguos fondos de las arcas municipales, a 250.000, valor en que fue tasado el inmueble por el arquitecto municipal. El importe fue distribuido entre tres aseguradoras: La Unión y el Fénix Español, El Fénix Francés y La Catalana. Tras la peritación de los daños, las compañías desembolsaron algo menos de 200.000 pesetas. La reconstrucción fue encargada al mismo arquitecto que en la ocasión anterior, Justo Millán.
El teatro volvió a abrir sus puertas el 16 de febrero de 1901, cuando la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza interpretó El estigma, de José Echegaray, quien asistió y en el transcurso del acto fue nombrado hijo predilecto de Murcia. La emblemática pareja de actores, que también fue homenajeada, regaló el actual telón, adquirido en la Exposición Universal de París de 1900.
El Romea ha lucido en su techo tres impresionantes pinturas: la primera, de José Pascual, desde su apertura hasta 1877, cuando fue arrasada por el fuego; la segunda, de Federico Mauricio, desde 1880 a 1899, año de la segunda conflagración; y la tercera, de La Torre y Meseguer, desde 1901 hasta nuestros días. A las 8.30 horas del 13 de abril de 1910, la cubierta del inmueble se desplomó espontáneamente, sin causar daños personales por encontrarse las dependencias cerradas. La techumbre se restauró, manteniendo los frescos previos. Posteriormente, el edificio sufrió un conato de incendio el 15 de mayo de 1936.
El teatro también ha vivido hitos felices a lo largo de su historia, como los estrenos de obras de Jacinto Benavente con presencia del autor, o la actuación en 1933 del Teatro Universitario La Barraca, dirigido por Federico García Lorca.
En 1985, el Romea atravesó otra rehabilitación, permaneciendo inactivo hasta el 3 de febrero de 1988, cuando fue reinaugurado por la Reina Sofía. En 1990 fue declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento. En 2007 cerró para ser remodelados tanto su exterior como su interior, siendo reabierto el 3 de marzo de 2012.
Por temor a que la conocida como 'maldición del fraile' se cumpla y ocurra el tercer incendio que acabaría con todo el aforo, se ha tomado la decisión de dejar siempre una entrada sin vender y por tanto un asiento desocupado en el palco 10 de la platea. Para identificarlo con facilidad, de forma simbólica se ha tapizado de terciopelo negro, destacando así sobre los demás del patio de butacas, todos de color granate. No existe constancia histórica de la maldición de aquel monje anónimo, pero más vale prevenir que curar, que no en vano, haberlas, hailas.