
Pronunciar las dos sílabas que conforman el nombre de Macbeth, la tragedia más corta de las escritas por el gran dramaturgo británico William Shakespeare, lleva más de cuatrocientos años asociándose por actores y compañías teatrales de todo el mundo con el inevitable castigo de desencadenar una racha de mala suerte.
Muchas personas en el ámbito de la escena, que aún conserva supersticiones ancestrales, obvian referirse a Macbeth por su denominación, y emplean en su lugar extendidos circunloquios, del tenor de 'la obra escocesa' o 'la obra del bardo'. Buscan así escapar de las temidas consecuencias que conlleva enunciar el título en voz alta en un teatro. En lengua de signos británica, el signo de 'Macbeth' es el mismo que el de 'Escocia', consagrando el eufemismo como única opción de aludir al título.
Según la leyenda, la obra estuvo maldita desde el principio, pues el mismo estreno de Macbeth por la compañía de Shakespeare, que parece tuvo lugar el 7 de agosto de 1606, se asegura fue desastroso. Hal Berridge, el joven actor que interpretaba a Lady Macbeth (ya que los personajes femeninos eran entonces encarnados por hombres) habría enfermado o muerto repentinamente, y el propio Shakespeare se habría visto obligado a sustituirle en el papel. Aunque también se dice que esta versión en realidad sería un mito sin ningún fundamento, jocosamente inventado mucho después por un crítico y caricaturista decimonónico, Max Beerbohm, pues en el siglo XIX Macbeth alcanzó cotas muy altas de popularidad, hasta el punto de que ciertos comentaristas sentían hartazgo de ella.
Algunos sostienen que este mal fario del texto se debe a que Shakespeare incluyó fragmentos de rituales reales de brujería en la obra, por lo que un aquelarre de brujas en venganza la condenó. El autor podría haber recopilado ideas para esas escenas a partir de encuentros con personas que practicaban tratamientos a base de hierbas. Se suele esgrimir como indicio para corroborar esta teoría el hecho de que el verso de las brujas está escrito en tetrámetro, con cuatro pies rítmicos por línea, algo inusual que contrasta con el empleo habitual del pentámetro yámbico por Shakespeare.
La inclusión de las tres 'hermanas extrañas' por el bardo fue muy audaz. Sus conjuros, con los que se inicia la obra, lanzando un encantamiento con los exóticos ingredientes de la serpiente de pantano, el ojo de tritón y el dedo del pie de rana, suponían todo un desafío social en aquella época.
Y es que la Escocia del siglo XVI fue famosa por su caza de brujas, principalmente debido a la obsesión del rey escocés Jacobo VI, hijo de María Estuardo, por la nigromancia. En 1589, cuando este navegaba a Escocia desde Dinamarca con su flamante esposa, Ana, hija del rey danés, su barco zozobró por violentas tormentas en el mar, temiéndose seriamente por la vida del pasaje, aunque finalmente lograron salvarse. El rey atribuyó la tempestad a los hechizos de las brujas y, tras su regreso a Escocia, ordenó una detención masiva de mujeres calificadas como tales en la ciudad costera de North Berwick. Posteriormente, en 1597 escribió Daemonologie, un tratado sobre brujería para impulsar la persecución contra sus practicantes y la erradicación de sus artes.
En 1603, a la muerte de Isabel I de Inglaterra sin sucesión, Jacobo, en calidad de pariente más próximo, ascendió al trono como Jacobo I, ciñendo las dos coronas, la inglesa y la escocesa. Doctor Fausto, de Christopher Marlowe, se publicó al año siguiente, con su impactante descripción de la hechicería. Un bienio más tarde salía de las prensas Macbeth, con la que Shakespeare buscaba ganarse el favor del nuevo soberano, mecenas de su propia compañía dramática, al ambientar la acción en su tierra natal, Escocia, mencionar un tema de su interés como la brujería, e incluir ciertas referencias al incidente marítimo del monarca. Pero algunas fuentes mantienen que el dramaturgo, paradójicamente, logró el efecto inverso al pretendido, y el rey Jacobo habría prohibido representar la obra durante cinco años porque le causó aversión.
Circulan numerosas historias rocambolescas sobre accidentes, lesiones, enfermedades y muertes sufridas por miembros del elenco y del equipo técnico mientras trabajaban en la aciaga pieza. El recuento exhaustivo de todas sería interminable.
En 1672, en Ámsterdam, en la primera representación de la obra fuera de las islas británicas, el actor caracterizado de Macbeth eliminó al que encarnaba a Duncan, al usar dagas reales en lugar de espadas de atrezo para el episodio del asesinato durante el Acto 2, Escena 2. Se dice que ambos estaban enfrentados en la vida real, por una rivalidad amorosa.
Los Hombres del Duque, única compañía autorizada por Carlos II para representar Macbeth a principios de la década de 1670, presenciaron un trágico incidente en la escena del duelo: el actor Henry Harris, en el rol de Macduff, accidentalmente atravesó con su espada el ojo del protagonista, matándolo.
Durante la reposición de la obra en noviembre de 1703 se produjo la conocida como 'Gran Tormenta', por la que el sur y el centro de Inglaterra fueron azotados por un huracán de categoría 2 que causó miles de bajas en la marinería y ocasionó daños millonarios.
En una representación en 1721, un noble que contemplaba la obra desde la tramoya decidió levantarse en mitad de la actuación y cruzar el proscenio para hablar con un amigo. Los actores, molestos por la flagrante falta de respeto, expulsaron al aristócrata y a sus acompañantes del teatro. Indignados por lo que consideraron una afrenta a su alta alcurnia, los nobles regresaron con la milicia y quemaron el teatro.
Durante una producción neoyorquina de Macbeth en 1849 en el Astor Opera House de Manhattan, estalló un sangriento motín entre el público debido a una rivalidad de larga evolución entre los admiradores del actor británico William Charles Macready, entonces de gira por los Estados Unidos, y los del norteamericano Edwin Forrest. Ambos personificaban a Macbeth en dos representaciones distintas en aquel momento. Los partidarios de Forrest se presentaron en el Astor donde actuaba Macready y, al subir este al escenario, comenzaron violentos disturbios. La policía intervino y disparó para reprimir a la multitud, con fatales consecuencias. Aunque las cifras de víctimas fluctúan según la fuente, al menos 20 personas murieron y más de 100 resultaron heridas.
La producción más malhadada de todas, hasta el presente, tuvo lugar en 1937. El icónico actor Sir Laurence Olivier, entonces con 30 años, se preparaba para el estreno de Macbeth en el Old Vic cuando perdió repentinamente la voz y un peso de 25 libras cayó desde los bastidores del teatro a escasos centímetros de él. De haberle alcanzado, podría haberle costado la vida. Pocos días después, la directora del teatro, Lillian Baylis, falleció de un ataque al corazón la noche del ensayo general. El director Michael St. Denis y la actriz Vera Lindsay, que interpretaba a Lady Macduff, se vieron implicados en un accidente automovilístico. Y, por si fuera poco, una espada utilizada en la escena de la lucha se le escapó de la mano a un actor y salió despedida hacia el público, provocando a un espectador un infarto. La siguiente vez que se representó Macbeth en el Old Vic, 17 años después, el retrato de Baylis que estaba colgado en el teatro se cayó de la pared la noche del estreno.
En 1942, una actriz murió y dos actores enfermaron gravemente durante las representaciones londinenses del Teatro Piccadilly, en la versión protagonizada por John Gielgud. El teatro fue severamente dañado por una bomba alemana. Y el escenógrafo se suicidó tiempo después.
En 1947, con Harold Norman en el papel principal, quien aseguraba no creer en la maldición, este fue apuñalado mortalmente en el duelo de espadas que da fin a la obra, de nuevo por haber elegido utilería demasiado real. Se dice que su fantasma ronda el Teatro Colliseum de Oldham, donde ocurrió, y se aparece los jueves, el día de su deceso.
La actriz británica Diana Wynyard se cayó del escenario en la producción de Stratford de 1948 durante la escena del sonambulismo, que decidió acometer con los ojos cerrados. La noche previa había confesado a un periodista que la supuesta maldición que acarrea representar la célebre obra le parecía ridícula. A pesar de lo aparatoso de su caída desde el tablado al foso de la orquesta, cuatro metros y medio, resultó ilesa.
En la madrugada del 2 de diciembre de 1964, cuando el Teatro Nacional Doña María II, en Lisboa, tenía en cartelera Macbeth, fue devastado por un pavoroso incendio y permaneció en ruinas hasta su restauración en 1978.
En una producción de Macbeth en Londres en 1967, el director, Peter Hall, sufrió un virulento brote de herpes zóster y la premier tuvo que posponerse seis semanas.
Por su parte, el siglo XXI tampoco ha estado exento de este tipo de infortunados episodios. En 2011, el actor que interpretaba a Macbeth para la Royal Shakespeare Company, Jonathan Slinger, se cayó de su bicicleta camino al teatro y se rompió el brazo. Y Cuando Peter Evans dirigió Macbeth en 2012 para Bell Shakespeare, muchos miembros del elenco padecieron una intoxicación alimentaria grave y fueron hospitalizados, cancelándose el estreno.
La principal razón de la desconfianza en el título probablemente haya provenido de su conexión con lo oculto y siniestro. Este contenido sobrenatural de la obra creó el caldo de cultivo para que la leyenda sonase convincente y perdurara. Pero, más allá de lo aparentemente esotérico e inexplicable, existen razones de índole lógica que pueden justificar los contratiempos.
Macbeth ha sido siempre una obra popular con ingresos garantizados, por lo que si las entradas para una función no se vendían bien, la empresa del teatro solía cancelarla y reemplazarla por Macbeth. Por eso, si su cartel se anunciaba repentinamente, podía significar que el teatro estaba en apuros financieros. Los altos costos de producción para presentar la pieza también podían llevar a la quiebra a un teatro.
Además, siempre ha sido una de las obras más populares de Shakespeare, y eso tiene implicaciones estadísticas. A más representaciones, más probable es que ocurran desgracias.
Macbeth es, asimismo, objetivamente peligrosa, por estar repleta de secuencias de acción, como la complicada lucha de espadas entre Macbeth y Macduff, y el recurso a efectos especiales. El miedo de los actores a sufrir lesiones por accidentes al representar la arriesgada obra puede haber acabado mutando en una superstición en torno al nombre.
Como en todas las maldiciones, existe un método para revertir esta. Si se comete el error de articular extemporáneamente el título de la obra en el teatro, es preciso salir y dar tres vueltas alrededor del edificio (otros dicen que es suficiente con girar tres veces en círculo sobre sí mismo donde uno se encuentre), escupir al suelo y maldecir, y luego llamar a la puerta para ser admitido de nuevo.
Otro conocido antídoto pasa por citar algún fragmento de alguna obra de Shakespeare. Algunas de las frases más recurrentes para este fin incluyen:
"¡Ángeles y ministros de la gracia, defiéndannos!" – Hamlet, acto I, escena 4.
"Si nosotras, las sombras, hemos ofendido…" – Sueño de una noche de verano, acto 5, escena 2.
"Te esperan bellos pensamientos y horas felices" – El mercader de Venecia, acto 3, escena 4.
La superstición tiene ramificaciones más allá del Reino Unido. En todo el mundo, se teme invocar la maldición y se respeta la tradición que dicta que ni el título ni ningún extracto de Macbeth deben pronunciarse en un teatro, fuera de un ensayo o una función. ¿Para qué tentar al destino? Porque nadie cree en las brujas, pero haberlas, haylas.