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Cuaderno de bitácora

Por Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria

La oficina pro cautivos


Cuando en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, en la que los países europeos se enfrentaron durante cuatro años en combates fratricidas que segaron millones de vidas, España conservó su neutralidad, manteniéndose al margen de las campañas bélicas, pero sin embargo implicándose en una loable labor humanitaria impulsada a través de un organismo creado al efecto en 1915 por el rey Alfonso XIII: la Oficina Pro Cautivos.

La posición familiar del soberano español respecto a los dos bloques contendientes resultaba muy comprometida y difícilmente podía tomar partido por uno en detrimento del otro a nivel personal. Su madre, la reina viuda María Cristina de Habsburgo, era austríaca; sus hermanos, los archiduques Federico, Carlos Esteban y Eugenio comandaban las filas del ejército del Imperio Austrohúngaro. Por el contrario, su cónyuge, la reina Victoria Eugenia (Ena) de Battenberg, era británica, y su hermano Maurice, que formaba parte de las tropas aliadas, encontraría la muerte con solo 23 años en el frente belga, en la Batalla de Ypres, apenas un mes después de iniciada la conflagración.

Ese mismo otoño de 1914, una carta llegaba al Palacio Real de Madrid: una lavandera francesa suplicaba al monarca español ayuda para localizar a su marido, desaparecido tras ser herido en la batalla de Charleroi (Bélgica), el 21 de agosto de 1914. Alfonso XIII, impactado por la tragedia que subyacía al ruego, movilizó a sus embajadores en París y Berlín hasta descubrir que el hombre estaba prisionero en Alemania, informando a la esposa de que seguía con vida. Aunque esta compasiva gestión no tuvo reflejo en la prensa española, un diario francés de la zona de la que era oriundo el protagonista, Le Petit Gironde, publicó lo ocurrido el 18 de junio de 1915, calificando con términos elogiosos el proceder de Alfonso de Borbón: "un acto conmovedor del rey de España; le ganará el reconocimiento emocional de una mujer, pero sin duda atraerá una avalancha de solicitudes". Una deducción de sentido común, pues los desaparecidos de la Primera Guerra Mundial en ese momento ya se contabilizaban por miles.

Y, efectivamente, así fue. El efecto llamada de la difusión de esta exitosa pesquisa real llevó a que las epístolas de índole similar dirigidas Alfonso XIII se contabilizaran por miles, procedentes de todos los rincones del mundo, aunque mayoritariamente de Francia. La Secretaría Particular de Su Majestad constaba de seis personas, que muy pronto quedaron absolutamente desbordadas ante el inusitado volumen de correo recibido conteniendo delicadas peticiones de enorme complejidad, por lo que se hizo indispensable crear un ente ad hoc encargado de asumir la nueva y hercúlea tarea: la llamada Oficina Pro Cautivos, también conocida como Oficina de la Guerra Europea. Inicialmente integrada por el secretario particular del rey, Emilio María de Torres, a quien Alfonso XIII nombraría marqués de Torres de Mendoza en 1924, y tres diplomáticos auxiliares, pronto hubo de dotarse de 40 funcionarios, 54 incluyendo colaboradores eventuales, cuyo desempeño era supervisado directamente por el monarca español. Se procuraba incorporar perfiles muy específicos, como dominio de idiomas.

La Oficina marcó un hito, al caberle el honor de haber sido la primera sección de la Casa Real Española que contrató mujeres para funciones administrativas: Pilar Amat Climent fue la pionera en participar en el proyecto. A comienzos de 1918, se empleó a voluntarios jóvenes para trabajos complementarios, como Miguel San Cristóbal Cubillas, de solo dieciséis años, pero que ya acumulaba destrezas en el manejo del francés y el inglés, mecanografía y taquigrafía. Ayudaron también de manera altruista monjas de colegios madrileños y un contingente de señoras.

La Oficina sufragaba sus recursos humanos y materiales de la asignación general aprobada por el Gobierno para la Casa Real. Hasta la fecha en que vio la luz el organismo, julio de 1915, el presupuesto de la Secretaría Particular había ascendido a unas 1.000 pesetas mensuales. Al crecer exponencialmente sus encomiendas y personal, lo hizo en análoga medida su coste, por lo que entre enero y junio de 1917 la Oficina alcanzaría su punto álgido presupuestario, superando las 30.000 pesetas. Desde ese momento, la cantidad va disminuyendo, para situarse tras el cese de las hostilidades en la cuantía previa a la guerra.

Las comunicaciones que se recibían, mayoritariamente de remitentes femeninas, no solo respondían al patrón de tratar de localizar y en su caso repatriar a un soldado cuyo paradero se ignoraba; también exigían otras actuaciones tipo de naturaleza diferente, como el envío de dinero a civiles atrapados en zona bélica en situación de gran vulnerabilidad, la mediación para indultar a condenados a muerte y la transacción para el intercambio de prisioneros, individuales o colectivos, entre potencias. Donde más intervenía personalmente el rey era en los indultos, moviendo sus influencias hasta los círculos más altos. La Oficina del Palacio Real de Madrid, que atendía a todos con igual interés, era la última esperanza para quienes ya habían contactado con sus gobiernos o Cruz Roja sin respuesta positiva.

Todas las instancias, de nacionalidades distintas y provenientes de remitentes anónimos (la mayoría de personas humildes) o famosos como Giacomo Puccini o Miguel de Unamuno, eran procesadas siguiendo un protocolo establecido, y daban lugar a investigaciones cuidadosamente documentadas, para lo que se precisaba desplegar un gran acopio de medios, así como una experimentada diplomacia. Las cartas se clasificaban con un número de expediente y se enviaba acuse de recibo en la misma lengua.

Se cumplimentaban fichas extractando el contenido de cada misiva, divididas por una línea horizontal en dos partes idénticas. Mientras la zona superior, con el historial, quedaba como matriz en la Oficina, la inferior que la replicaba era recortada y enviada a la embajada correspondiente para emprender las acciones pertinentes. Existían además varias clases de formularios que se remitían a los peticionarios para mantenerles informados de los avances que se fueran produciendo. Los colores permitían catalogar el tipo de gestión requerida:  una diversa gama cromática para distinguir naciones en el caso de heridos y prisioneros de guerra, rosa para asuntos relativos a la población civil en países ocupados, y azul para repatriación y canje de prisioneros.

Entre quienes asistió la Oficina Pro Cautivos se encuentran personajes que estaban llamados a ser celebridades del siglo XX, como el aviador francés Roland Garros, derribado y apresado por el ejército germánico hasta conseguir escapar en febrero de 1918; el capitán Charles de Gaulle, prisionero en varios campos alemanes de los que intentó huir sin éxito; o el cantante Maurice Chevalier, enfermero militar herido en 1914 e internado en el campo de prisioneros de Altengrabow hasta su liberación en 1916 por  intercesión de Alfonso XIII ante el káiser Guillermo II. Sus nombres ayudan a recapacitar cuánto debe a la Oficina la cultura moderna.

Otros de quienes acudieron a la Oficina fueron el bailarín Vaslav Nijinsky, bajo arresto domiciliario en Hungría durante la guerra por ser ciudadano ruso, hasta que el rey español logró revertirlo; el pianista polaco Arthur Rubinstein, atrapado por el conflicto, que gracias a un pasaporte español pudo desarrollar su carrera, o el escritor británico Rudyard Kipling, autor de El libro de la selva, cuyo único hijo varón, John, de 18 años, segundo teniente de la Fuerza Expedicionaria, desapareció en la primera batalla en la que tomó parte, la de Loos, en el frente occidental. Rudyard Kipling contactó por carta con Alfonso XIII en busca de su hijo. El cuerpo de este fue identificado en 1922.

Un caso dramático fue el de la enfermera británica Edith Cavell, que al estallar la Primera Guerra Mundial se trasladó a Bélgica para auxiliar a los soldados aliados, ayudando a escapar a gran número de franceses y belgas. Cuando los alemanes la capturaron y sentenciaron a muerte, toda la maquinaria diplomática se puso en funcionamiento para evitar la ejecución. Hugh Gibson, el secretario en la embajada norteamericana, y el español marqués de Villalobar fueron los máximos negociadores, pero sin éxito. Edith Cavell fue fusilada en la madrugada del 12 de octubre de 1915, a los 49 años, lo que causó honda conmoción en el Reino Unido. En mayo de 1919 sus restos retornarían a su país. En su honor se colocó una estatua memorial en la esquina noreste de la londinense Trafalgar Square, y Canadá bautizó con su nombre al monte que guarda el pico más prominente de la provincia de Alberta.

La Oficina dedicó esfuerzos en vano a resolver la detención del zar ruso Nicolás II y su familia: la zarina Alejandra, sus cuatro hijas Olga, Tatiana, María y Anastasia, y su hijo Alexei. Cuando la abdicación del zar en marzo de 1917 puso fin a la dinastía Romanov, zares de Rusia durante tres siglos, sucedió el advenimiento de un gobierno provisional, hasta que este dejó de ser reconocido por los bolcheviques, dirigidos por Lenin. Entonces, la familia real fue llevada, junto a su círculo más íntimo de servidores, en un periplo que concluiría el 23 de mayo de 1918 en la casa Ipatiev de Ekaterimburgo, controlados por guardias.

El rey británico Jorge V, primo de Nicolás II, planificó su destierro al Reino Unido, aunque su primer ministro Lloyd George sugirió que España, con la aquiescencia de Alfonso XIII, sería el mejor destino para acoger al zar y sus parientes por su neutralidad. Desgraciadamente, en la madrugada del 17 de julio de 1918, la familia zarista fue acribillada por sus captores hasta morir. Aunque el deceso del zar fue conocido dos meses después en Europa, se ignoraba el destino del resto de la familia, por lo que se confiaba en que seguían vivos y continuaban las negociaciones internacionales para albergarlos, hasta que años después se reveló su triste sino.

La Oficina Pro Cautivos fue alabada unánimemente por la sociedad española, y al finalizar la Gran Guerra en 1918 una campaña respaldada por la práctica totalidad de los municipios promovió que el rey recibiera por sus esfuerzos humanitarios la Gran Cruz de Beneficencia. El monarca declinó, contestando: "No soy yo quien debe lucir esta Cruz, sino España", y en consecuencia se la impuso a la bandera de España del Regimiento de Cazadores a Caballo Alfonso XIII.

En una entrevista al periódico francés Le Gaulois poco después del armisticio (14 de diciembre de 1918), Alfonso XIII afirmaba: "Tengo la intención de transformar todas nuestras oficinas del Servicio de Prisioneros y Desaparecidos de Guerra, establecidas en el Palacio Real, en un museo que será como un recuerdo vivo de una obra a la cual me he consagrado con toda el alma, sabiendo que con ella podía aliviar muchos dolores, hacer renacer algunas veces muchas esperanzas y ocasionar, muy raramente, por desgracia, algunas satisfacciones. Pero el tesoro de este proyectado museo, tesoro que me enorgullece mucho, lo constituirán todas estas admirables cartas". El sueño del soberano nunca se hizo realidad, pero los documentos de la Oficina Pro Cautivos, conservados en la actualidad en el Archivo General de Palacio, reúnen cerca de 200.000 expedientes. 15% de ellos encierran un final feliz, frente al 85% de aquellos que no pudieron encontrarse, o fueron hallados sin vida.

Alfonso XIII, de manera anónima para no quebrar formalmente su posición neutral, donó una ambulancia al Hospital Español de París e hizo aportaciones para asistir heridos y proveer de víveres y medicamentos. Eso le acarreó un firme reconocimiento europeo, en especial de Francia. En 1917, el jurista y senador Francisco Lastres y Juiz propuso a Alfonso XIII para el Premio Nobel de la Paz por su impulso de la Oficina Pro Cautivos. Finalmente, el ganador fue el Comité Internacional de Cruz Roja. En 1933, despojado del trono, el Borbón volvió a ser nominado por el francés Albert de la Pradelle y el español José de Yanguas, siendo galardonado en esa ocasión Norman Angell.

Cuando en abril de 1931 se proclama en España la II República, el rey parte al exilio, para nunca volver a suelo español. Al desembarcar en el puerto de Marsella, una multitud le aclama por su actividad humanitaria en la Oficina Pro Cautivos, y la tónica se repite a su llegada al Reino Unido. Quien siembra generosidad, siempre la recoge.