
En el siglo XIX, una princesa africana niña llegó, por avatares de un destino tan cruel que parecería inverosímil, a las costas de Gran Bretaña, donde la reina Victoria, a la sazón la monarca más poderosa del mundo, la acogió como protegida en su círculo doméstico, entablando una estrecha relación que solo desbarató la muerte.
Omoba Aina era oriunda del suroeste de Nigeria, en África Occidental. Pertenecía al pueblo yoruba, siendo un miembro de la realeza del clan Egbado, conocido hoy como Yewa. El término "Aina" denotaba un bebé nacido con el cordón umbilical alrededor del cuello.
Cuando tenía cinco años, el ejército del sanguinario rey Gezo de Dahomey (actual Benín) atacó su aldea, Oke-Odan, con el objetivo de hacer cautivos para vender en el mercado esclavista, del que obtenía pingües beneficios. Sus padres fueron decapitados, su parentela asesinada y el pueblo conducido para su trueque como mercancía humana. Gezo prendió a la pequeña y la retuvo durante un bienio. En atención a su sangre regia, la retiró del comercio de esclavos, reservándola para ofrecerla como sacrificio humano.
En julio de 1850, Frederick Edwyn Forbes, un capitán de la marina británica perteneciente al Escuadrón de África Occidental, al mando de la embarcación HMS Bonetta desde 1847, visitó al rey Gezo en el marco de la segunda misión diplomática que se le había encomendado, después de la del año previo, con el objetivo de eliminar la trata de personas, en la que el soberano africano sobresalía en su zona. Desde que el Imperio Británico aboliera la esclavitud en 1833, había iniciado una campaña para disuadir a los líderes mundiales de estas odiosas prácticas y para interceptar barcos de traficantes.
La llegada de Forbes a la corte del rey Gezo coincidió con el momento de la ceremonia ritual denominada 'Riego de las tumbas': la inmolación de enemigos sobre enterramientos de la nobleza fallecida de Dahomey, para honrarla. Forbes, con horror, vio entre los que iban a ser ejecutados a una menor de corta edad, con marcas tribales en sus mejillas.

Como en tales encuentros era costumbre intercambiar regalos de una casa real a otra en señal de buena voluntad, Forbes solicitó que a los obsequios que Gezo entregaba para la reina Victoria -ron, conchas de cauri, paño…-, se sumase la cautiva infantil, para salvarle la vida. Gezo aceptó.
Antes de regresar a Inglaterra, la bautizó en la iglesia protestante como Sarah Forbes Bonetta, combinación de su propio apellido y del nombre de su buque. En su diario, el navegante anotó que durante el largo viaje marítimo de retorno a Gran Bretaña, ella se convirtió en la favorita de la tripulación, que la llamaba cariñosamente Sally, y aprendió con facilidad a manejarse en lengua inglesa. Los dietarios del capitán que recogen su experiencia en Dahomey serían llevados a las prensas.
En Inglaterra, Sarah vivió inicialmente con la familia de Forbes, principalmente sus padres, ya que él estaba soltero. El marino informó al primer secretario del Almirantazgo, John Parker, del delicado porte que traía consigo: "Como funcionario del gobierno, me siento en la obligación de presentar la oferta a Su Majestad, si la aprueba. Es una niña inteligente y de buen carácter, de unos seis o siete años".
El 9 de noviembre de 1850, en el Castillo de Windsor, fue recibida en audiencia por la reina Victoria y su marido, el príncipe Alberto. La monarca quedó tan impresionada con Sarah que la tomó bajo su protección de por vida, costeando su educación. Victoria describió así en su diario ese primer encuentro: "El capitán Forbes le salvó la vida al pedirla como regalo. Tiene siete años, es perspicaz e inteligente y habla inglés". Después de la entrevista, Sarah fue llevada al estudio londinense del fotógrafo John J. Mayall para ser retratada. Era tal el trauma que arrastraba, que sintió terror cuando vio un daguerrotipo en la pared de un hombre con una espada, y gritó: '¡Cortar cabeza!'.
El oficial estaba maravillado ante los progresos de su pupila: "Es una niña prodigio; ahora habla inglés con fluidez y tiene un gran talento para la música. Se ha ganado el cariño, salvo contadas excepciones, de todos los que la han conocido, por su conducta dócil y amable, imposible de superar. Está muy por delante de cualquier niño blanco de su edad en cuanto a capacidad de aprendizaje, fortaleza mental y afecto".

Pero el capitán falleció en la treintena, tras apenas un año de residencia de Sarah en Inglaterra, probablemente a causa de la malaria. Como la criatura mostraba debilidad de salud y no lograban erradicar su tos, lo que se interpretaba como refrendo de la convicción, generalizada en ese momento, de que el clima inglés era perjudicial para los africanos, se decidió enviarla a la escuela femenina de la Sociedad Misionera de la Iglesia en Freetown, Sierra Leona, más tarde denominada Annie Walsh Memorial School, para que aprendiera francés y fuera educada como dama de la alta sociedad inglesa. Mientras Sarah estuvo allí, bajo tutela de la directora Miss Julia Sass, la reina continuó enviándole regalos, aunque la pequeña no parece haber sido feliz en el lugar.
A los 12 años, en 1855, Sarah regresó a Inglaterra. Ese diciembre, vuelve a mencionársela en el cuaderno real: "Vi a Sally Forbes, la chica negra a la que he educado: ha crecido muchísimo y tiene una figura esbelta y bonita".
Victoria la confió a la familia Schön, compuesta por James, antiguo misionero en África, su tercera esposa Elizabeth, y diez hijos, que vivían en Gillingham, Kent, en una casa que aún se conserva y que luce una placa conmemorativa de su ilustre moradora. Era un ambiente afectivo en el que Sarah se sintió muy confortable y empezó a dirigirse a la señora Schön como 'mamá'. La hija mayor, Annie, que le ayudaba a perfeccionar su francés e inglés, recordaría a Sarah como "brillante e inteligente; le gustaba estudiar y tenía gran talento para la música". Sus logros fueron objeto de enorme interés en la prensa, porque desmentían las creencias racistas, entonces muy extendidas, de la supremacía blanca.
La jefe del Estado la invitaba con frecuencia a visitarla: las fiestas de San Juan y Navidad, Sarah solía pasarlas en Windsor Castle u Osborne House (la residencia real en la Isla de Wight), o se alojaba en casa de algún miembro de la dinastía regia. Era especialmente amiga de Alice, la tercera de los infantes. De su cercanía con la Casa Real británica da idea el que Sarah asistiera a bodas principescas: en 1858 a la de Victoria y en 1862 a la de Alice.
Tras vivir con los Schön seis años, la reina dispuso su traslado a Brighton para que Miss Sophia Welsh supervisara su introducción en sociedad, separación que apenó mucho a Sarah.

Cuando alcanzó los 19 años, la joven recibió la propuesta de matrimonio de un viudo, James Pinson Labulo Davies. Era un acaudalado empresario y filántropo que ya había sobrepasado los 30, nacido en Sierra Leona de padres yoruba libertos. Entró en la armada y ascendió a teniente, pero siendo herido en acción bélica, se retiró de la marina en 1852 y se estableció en Lagos en 1856, fundando una plantación de cacao al oeste. Se le atribuye la introducción del cultivo de este producto en África Occidental, tras obtener las semillas de un barco brasileño.
Sarah no deseaba casarse con su pretendiente, como confesó por carta a la Sra. Schoen: "Unos dirían: 'Es un buen hombre y, aunque ahora no te importe, pronto aprenderás a quererlo'. Eso, creo, jamás podría hacerlo. Sé que la mayoría diría que es rico y que casarme con él me haría independiente de inmediato, y yo pregunto: ¿Acaso voy a cambiar mi tranquilidad por dinero? ¡No, jamás!".
Al negarse, Sarah fue enviada a vivir en Brighton con dos ancianas, cuya casa describió como una 'pocilga desolada'. Pero la reina aprobó el desposorio con Davies, y Sarah no tuvo más remedio que plegarse. La pareja contrajo nupcias el 14 de agosto de 1862, en una ceremonia oficiada por el obispo de Sierra Leona. En su certificado de matrimonio, la joven indicó que su nombre de pila era 'Ina Sarah', reconociendo su patronímico africano, con la grafía victoriana. La unión acabaría siendo satisfactoria para ambos.
La boda de la protegida de la reina fue un evento que despertó la curiosidad general. Una multitud se congregó para presenciarla, algunos hasta encaramados a lugares altos. La soberana le sufragó un costoso ajuar. Los periódicos informaron de diez carruajes tirados por caballos y dieciséis damas de honor, y la comitiva nupcial compuesta por "señoras blancas con caballeros africanos y señoras africanas con caballeros blancos". La iglesia de San Nicolás en Brighton, donde se ofició la ceremonia, no es muy grande, y había tanta concurrencia que un policía tuvo que ir abriendo paso: a Sarah le costó atravesar el pórtico para caminar hasta el altar acompañada del capitán George Forbes, hermano del comandante Frederick Forbes, que fue quien la entregó al haber fallecido su padre adoptivo.
El 15 de septiembre de 1862, poco después del enlace, Sarah y James posaron para una sesión de fotos, encargada por la monarca, ante Camille Silvy, el fotógrafo francés de las celebridades del momento.
Tras su boda, los cónyuges vivieron brevemente en Seven Dials, Brighton. Como el negocio de Davies estaba en África, se mudaron a Sierra Leona, donde Sarah enseñó en la escuela en que se formó, y más tarde a Lagos, donde también impartió clases. Ella y el obispo anglicano Samuel Ajayi Crowther eran los únicos indígenas que la Marina Real tenía órdenes de evacuar de Nigeria en caso de levantamiento.
Su primogénita nació en 1863, siendo elegido el nombre de Victoria en honor a su majestad, quien aceptó ser su madrina, y con ocasión del bautizo, le envió como presentes de oro una bandeja, un cuchillo, un tenedor, una cuchara y una copa.
Sara llevó a su hija a Gran Bretaña y la presentó a su homónima real el 9 de diciembre de 1867. En su diario, Victoria describió a su ahijada como "una niña vivaz e inteligente de cuatro años, con grandes ojos melancólicos".
Sarah y James tuvieron dos hijos más, Arthur en 1871 y Stella en 1873. Algunas fuentes mencionan a Alice, nacida en segundo lugar, fallecida antes de cumplir dos años.
A finales de la década de 1860 Sarah, de salud delicada, contrajo tuberculosis. Con el tiempo, la dolencia fue agravándose y viajó a la isla de Madeira con la esperanza de que su clima mejorara su estado. Falleció en Funchal, la capital, el 15 de agosto de 1880, a los 37 años, siendo inhumada al día siguiente en el cementerio británico de la localidad. Solo recientemente se ha colocado una lápida en su sepultura.
Su esposo, que la sobreviviría 26 años más, hasta 1906, erigió en su memoria un obelisco de granito de más de dos metros y medio de altura en Ijon, al oeste de Lagos, donde radicaba su plantación de cacao. Davies se volvería a casar en 1889.
Victoria, la hija de Sarah, que entonces tenía 17 años, se enteró de la muerte de su madre cuando viajaba a Osborne para visitar a la reina, quien dejó escrito que la joven "estaba terriblemente disgustada y afligida… Su padre había fracasado en los negocios, lo que agravó la enfermedad de su pobre madre… Le concederé una renta vitalicia". La soberana costeó la educación de Victoria en el Cheltenham Ladies’ College, y mantuvieron contacto toda su vida. Estaba tan orgullosa de su ahijada que, cuando aprobó su examen de música, dieron día libre a profesores y alumnos. Victoria se casó con un exitoso médico y reformador social de Lagos, John Randle. Muchos descendientes de Sarah viven actualmente en Inglaterra, Nigeria o Sierra Leona.
Son la carne que aún sigue latiendo de una pequeña princesa africana, que hace dos siglos fue capaz de sobreponerse a su trágico sino y adaptarse a una vida en el corazón de un imperio.