
Sospecho que este blog, que va camino de cumplir su primer trienio, siempre supo que estábamos hechos el uno para el otro, que él era la horma de mi calzado, si no directamente mi zapatito de Cenicienta. Yo misma lo descubrí muy pronto, poco después de zarpar hacia el mar abierto de sus líneas.
Sí. Como todo navegante que siente en las venas ese deslumbramiento por el viaje que no admite antídoto, partí un día de la seguridad del muelle empuñando su timón, con su vela mayor henchida de una ráfaga de viento y su mascarón de proa desafiando al oleaje que mecía la quilla como si bailasen un desesperado vals. Me podía más la ilusión por reflejar en el cuaderno de bitácora la ruta que se iba desplegando ante mi mirada que por alcanzar un destino ignoto, que ya se intuía muy lejano desde las aguas domesticadas de la bocana del puerto.
Muchas han sido las historias cosechadas en los vaivenes de la singladura, que he ido recogiendo, tallando y entregando cada semana a esos lectores imaginados y soñados, aquellos que, tras poblar y hacer fértil con su evocación el barbecho oscuro del proceso de creación, han acabado un día por brotar a la luz y revelarse, al coincidir en la calle y compartir conmigo un comentario o un sentimiento surgidos de lo narrado, como personas concretas con sus rostros, sus nombres y sus circunstancias, que me han hecho sentir muy acompañada en una tarea tan solitaria e introspectiva como es la escritura.
Poco a poco, el blog se volvió inquieto y me fue contagiando su anhelo de habitar páginas de papel. Así, en 2023 nació El alma en los viajes, una obra que me llevó de su mano a recorrer muchos lugares donde conocí a gente maravillosa en experiencias inolvidables, teniendo como faro guía el magistral prólogo de Carlos del Amor y las espectaculares fotografías de Gabriela Torregrosa.
Y dos años después, me hace muy feliz acabar de alumbrar un segundo libro, Lo que perdieron los héroes, que emana de una pulsión que habréis podido percibir en mí a través de reflexiones afloradas a lo largo del centenar y pico de estas entradas. En esta ocasión, el volumen ha sido magníficamente prologado por Jesús Carrasco, en un texto que lo inaugura con la contundente clarividencia del ojo de un cíclope.
Muchos lo hemos vivido de manera descarnada, sin paños calientes, y lo conocemos bien. En circunstancias muy crueles, injustas e inmerecidas, la heroicidad es seguir, no tirar la toalla en mitad de la oscuridad, que es el impulso primero, sino huir hacia adelante, hacia donde pudiera estar la salida del túnel, lo que nadie garantiza. Porque no hace falta atravesar coyunturas extraordinarias; situaciones críticas personales también requieren el despliegue de un descomunal brío y garra. Nos cruzamos con multitud de héroes y heroínas cada día, aunque ignoremos la dura prueba que cada uno arrastra.
Lo que siempre me ha parecido más atractivo de los héroes no es lo que ganan, porque cuando las cosas vienen bien dadas a eso nos adaptamos todos sin esfuerzo; lo más encomiable sin duda es lo que pierden, lo que han perdido previamente, el lastre que arrastran y son capaces de sobreponerse a ello con un esfuerzo sobrehumano para después conseguir su logro. Nadie es dueño de lo que le ocurre, pero sí de cómo lo afronta. La valentía no supone no sentir miedo, angustia o ansiedad, sino vencerlos. Es decir, el héroe también es antihéroe, son dos caras inseparables de la misma moneda, y depende en gran medida de cada uno hacer prevalecer una sobre la otra con su fuerza de voluntad. El héroe, pues, más que nacer, se hace.
Muchas veces esas reacciones han sido transgresoras o incomprendidas en un momento histórico concreto, y se ha necesitado la distancia del tiempo para entenderlas y valorarlas. Muchos héroes no lo son en su época, sino mucho después, cuando la comunidad ya ha madurado y está en disposición de reconocerlos como tal.
Movida por el objetivo de preservar la memoria de esos hechos, he ido compendiando encrucijadas vitales de personajes históricos, que les obligaron a desarrollar una enorme capacidad de superación. Víctor Hugo doliéndose de la trágica muerte de su hija, sumido en la dificultad de hallar de nuevo su voz creativa; Monet acosado por la ceguera, pintando frenéticamente unos colores que ya no puede percibir; El Empecinado, tras haber sometido al invasor extranjero, aferrándose a sus principios, hasta el punto de ser ejecutado por el propio monarca al que había defendido con arrojo; San Lucas, el evangelista que, sin haber conocido a Cristo, viajó hasta tierras lejanas a entrevistarse con la Virgen y recibió de ella el relato único de su infancia; o los anónimos supervivientes de una población que, aún desgarrados por la mayor catástrofe civil que asoló Santander, reconstruyeron la ciudad de los escombros.
Todos ellos, sublimando su fortaleza y resiliencia en auténticos ejemplos que han iluminado a quienes han venido detrás, marcando el progreso de la propia sociedad.
Lo que perdieron los héroes ha tenido el honor de ser reconocido con el VI Premio Internacional Cuaderno del Laberinto de Historia, Biografía y Memorias (2025). Muy agradecida por la distinción a la gran editora Alicia Arés y a los miembros del jurado.
El libro ya no es mío. Ha salido de mis manos y va con pasos firmes a vuestro encuentro. Os pertenece a todos vosotros, a quienes vais a sentir que sus palabras os comprenden y os definen. A quienes vais a reconoceros en él, aunque ahora aún no lo sepáis.
