
Un montículo árido y pelado, azotado por los vientos y tan alto que el cielo azul sobre él diríase enorme y límpido cristal, roturado su suelo polvoriento con los vestigios de una antigua urbe, que el rey de León Fernando I "El Magno" describió como "despoblada y yerma". Ese fue el preciso lugar en el que se detuvo el destacamento ecuestre acaudillado por el conde Raimundo de Borgoña, blandiendo los estandartes de su suegro, nuestro señor Alfonso VI, emperador de toda Hispania.
Anexionada la taifa de Toledo en 1085 a los dominios del monarca, el bravo borgoñón recibía la encomienda de repoblar los territorios fronterizos, ahora que el peligro de la excesiva cercanía del enemigo ya no se cernía sobre la población civil. Importantes enclaves como Ávila, Salamanca y Segovia le habían sido confiados para el relevante encargo de organizar su revitalización demográfica y fortificación estratégica, y se disponía a acometer la tarea con el entusiasmo de quien se sabe abriendo brecha en la historia.
Allí, a merced de los elementos, Raimundo se alegraba de haber tenido el arrojo de dejar su distante tierra y cruzado los Pirineos hasta arribar a un rincón ignoto para él, en aras a emprender esta misión contra el sarraceno, que le había procurado además la concesión en matrimonio de la mano de Urraca, la bella hija del soberano, y que el linaje que ocupase el trono en lo sucesivo llevase su sangre.

Oteando el vasto panorama que se ofrecía en derredor desde ese promontorio privilegiado, se dio cuenta con satisfacción de lo inexpugnable del emplazamiento, bien escogido como asentamiento por los hombres de épocas remotas.
Razonó que era menester erigir una infraestructura defensiva que permitiese atrincherarse en ese punto, pues la propia orografía ya se cuidaba de conformar en él una atalaya de vigilancia para detectar por lontananza la llegada de posibles huestes hostiles. Y ordenó a su contingente descabalgar para acampar en esa ubicación. Cuando su lugarteniente inquirió durante cuánto tiempo preveía demorarse en ese sitio que semejaba poco acogedor, la respuesta de Raimundo de Borgoña no pudo ser más elocuente: "Para siempre".
En las jornadas posteriores, comenzó por enviar, por todas las rutas que se dirigían al norte, una cohorte de emisarios a caballo, para difundir el mensaje de las tentadoras prerrogativas que aguardaban a aquellos cristianos que decidieran allegarse a esta demarcación, con el fin de arraigarse en ella acompañados de sus familias. Y así, en ese elevado terreno, paulatinamente empezaron a congregarse carretas, cabalgaduras, acémilas e incluso caminantes portando hatillos, trayendo consigo lo poco que poseían.
Venían castellanos de allende el Duero, vascones, astures, cántabros, navarros, riojanos y aún gallegos, plenos de esperanza e ilusión por iniciar allí una nueva vida, junto con los francos que flanquearon al adalid de Borgoña a lo largo de su prolongada expedición. Y, según iban acudiendo, aviaban alguna de las casas secularmente abandonadas y derruidas, hasta ponerla en uso y quedarse con su propiedad por la obstinada ley de los hechos consumados.

Contando ya con mano de obra en abundancia, el conde se propuso el levantamiento de un cerco pétreo como recio parapeto para seguridad de los residentes, haciendo llamar a dos maestros de geometría de los que le había llegado elogiosa noticia, por su impecable y portentosa técnica y su eficaz capacidad organizativa.
Casandro Colonio recibió en su Roma natal una misiva inteligentemente redactada, en la que Raimundo de Borgoña le instaba a implicarse en la concepción de una soberbia creación arquitectónica, en la ciudad castellana de Ávila, que admirarían todas las generaciones hasta el final de los tiempos, incidiendo en su carácter indispensable como baluarte de salvaguarda de la fe cristiana ante el empuje de los vecinos musulmanes, solo recientemente expulsados de allí y todavía afincados a corta distancia. Le detallaba, asimismo, la importancia de disponer de su amplio conocimiento de ingeniería romana para levantar un monumento de tales características con éxito, por lo que su negativa equivaldría a relegar definitivamente el proyecto. Esa noche, Casandro Colonio, o Casandro Romano, como se le denominaba con orgullo en algunos círculos locales, tuvo un sueño en el que se veía inmerso en la faena. Y, a la mañana siguiente, apenas la luz se filtró por sus ventanas, cargó lo más esencial de su equipo sobre su jumento y partió presuroso hacia el lugar de procedencia de la carta.
Florín de Pituenga se encontraba en las tierras francas de las que era oriundo cuando vio arribar al emisario de un distinguido compatriota actualmente emparentado con la casa real hispánica, que le pedía asistencia para realizar una memorable tarea constructora que debía afrontar en unos lejanos parajes, movido por la noble voluntad de preservar la religión verdadera. En la comunicación, el firmante Raimundo de Borgoña le ofrecía un astronómico pago y, contrariamente a la costumbre de guardar el humilde anonimato del artista, propagar su nombre por todos los rincones del mundo como artífice del prodigio, para su recuerdo perenne en la posteridad. Florín no vaciló, y atendió con inminencia a una convocatoria en la que creyó vislumbrar la ocasión que llevaba esperando toda su existencia.

Sin duda, el Señor les brindó protección en sus luengos caminos por lo loable de sus intenciones, pues semanas más tarde, ambos, incólumes, eran bienvenidos en Ávila por el borgoñón, quien les explicaba la idea de alzar un alto cíngulo de piedra que abarcara toda la base del promontorio sobre el que se había fundado la antigua ciudad de la latinidad, antes del advenimiento de la era cristiana. Aquella ciertamente estaba dotada de una muralla, pero era endeble, reducida y de poca altura; para sus fines actuales, no era suficiente reconstruirla sobre sus cimientos, sino que debería expandirse para alcanzar cotas más elevadas y recrecerse hasta entorpecer sumamente cualquier conato de ser franqueada. Y cuando su contorno se completase, les confesó que su anhelo era incrustar, adosada a ella, una catedral fortaleza, bajo la advocación del Salvador, como aquel templo primitivo con la que San Segundo, el primer prelado, inició en su día la diócesis abulense.
Casandro y Florín dieron su aquiescencia y comenzaron a diseñar los planos de los imponentes muros, que se extenderían por un perímetro de una media legua, jalonados de 88 torreones entre los que se situarían nueve puertas. Raimundo de Borgoña aprobó el planteamiento, añadiendo la noción de ubicar posteriormente una ermita o iglesia extramuros de cada arco, para que quienes salieren pudieran implorar buenaventura al Todopoderoso, y quienes entraren, agradecerle su retorno sanos y salvos. Les aseguró que les proporcionaría todos los aparejos, material y personal de los que hubiesen menester para ejecutar su cometido, aunque les exigía cumplir estrictamente la condición de tener concluido el recinto antes de terminar la oncena centuria y alborear el nuevo siglo, lo que solo distaba diez años desde ese momento.
Los dos maestros, aunque conscientes de la enorme dificultad de acatar ese compromiso temporal, accedieron a ello, pues ya habiendo cubierto hasta este punto la empresa en la que se habían embarcado, sentían haber contraído una obligación de la que no podían claudicar.

De este modo fue cómo, el 3 de mayo de 1090, tras la bendición del obispo Pelayo para suplicar el favor divino, se ponía solemnemente la primera piedra, que depositaba el conde don Ramón con pulso firme, ante los ojos emocionados de la comunidad abulense, junto al emblemático lugar donde, centenas atrás, habían sufrido martirio los tres hermanos santos Vicente, Sabina y Cristeta, a quienes se encomendaron con honda fe.
Los trabajos de construcción arrancaron inicialmente en la parte oriental de la ciudad, por ser la más llana y por tanto vulnerable a ataques invasores.
Casandro Colonio y Florín de Pituenga se aplicaron a la tarea con fruición, dedicándose día y noche por entero a ella, sin reparar debidamente en las necesidades corpóreas de alimento y descanso, ni ceder a solaz alguno. La temporada inaugural emplearon en la fábrica una fuerza de ochocientos hombres, y para poder organizarlos adecuadamente, apalabraron la colaboración de varios maestros de geometría, venidos de Vizcaya, de León y de otras zonas más, para componer una cuadrilla encabezada por el navarro Alvar García.
Los meses fueron transcurriendo, acuciándoles en unos el intenso frío y las nevadas, y en otros el sofocante calor y la calima. La edificación iba avanzando tenazmente: aprovechaban cada minuto de luz, del orto al ocaso, y contemplaban con impotencia y apretando los dientes cómo algunos de los mejores operarios fenecían en fatales siniestros causados por caídas, desplomes o aplastamientos, que frecuentemente ralentizaban los progresos, obligaban a invertir un tiempo escaso y precioso en reconstruir lo derrumbado, y minaban la moral del equipo. El gesto serio de los dos directores ante la mirada severa de Raimundo de Borgoña en cada visita de supervisión de obras, se tradujo finalmente en que un día, honestamente reconocieron ante él la imposibilidad física de culminar el reto en el decenio asignado.

El conde estalló en cólera, exigiéndoles trazar una línea de actuación de urgencia para revertir el retraso acumulado, bajo amenaza de que, en caso de fracasar, ambos pagarían con sus vidas el haber desobedecido a su señor.
Colonio y Pituenga, con el rostro demudado de preocupación, valoraron cuidadosamente las opciones con las que contaban para finalizar la magna pieza en plazo y evitar así el castigo capital que pendía sobre sus cabezas. Determinaron contratar a un contingente de obreros como nunca se había visto por esos lares, hasta aunar los afanes de dos millares de trabajadores simultáneamente, y con ese propósito enviaron oficiales a localidades populosas a reclutar hombres jóvenes, saludables y vigorosos, y escribieron a antiguos colegas solicitando su apoyo. La respuesta no se hizo esperar: Fernán López acudió acompañado de 22 maestros talladores y una docena de geómetras, y Fernán de Llanes apareció con 200 musulmanes. Pocos días después, la legión humana requerida se incorporaba a esa especie de hacendoso hormiguero gigante, que jamás ojo vio ni oído oyó.
Habilitaron además la intervención de todos cuantos residían en la urbe, pues cada mano resultaba esencial. Y comenzaron a dividirse los quehaceres, de tal manera que caballeros e hidalgos cristianos efectuaban la vigilancia, campesinos acarreaban materiales y llevaban a cabo el mantenimiento de fosos y adarves, judíos forjaban el hierro y mudéjares dejaban su impronta en frisos de esquinillas, remates de adobe y arcos de ladrillo.

Para agilizar las labores sin tener que esperar siempre por las losas llegadas de las canteras más cercanas, reutilizaron los sillares que formaban parte de ancianas urbanizaciones ahora deshabitadas o de un anterior cercamiento perteneciente a un castro romano, e incluso desmontaron estelas funerarias y copas de dos ancestrales necrópolis vecinas, y con ellas empezaron a levantar paredes que contaban historias a quienes se detuvieran a leer sus inscripciones, en las que los difuntos que habían compartido esas mismas calles confiaban en un más allá regido por otros dioses.
Construían siguiendo la técnica del espejo, para lograr resistencia y durabilidad: erguían dos paredes pétreas adyacentes, con un pequeño espacio entre ellas relleno de argamasa, arenilla y pedruscos, lo que redundaba en la práctica imposibilidad de ser atravesada con los medios armamentísticos de la época. En algunos lugares, anclaban la edificación en colosales pedregales y roquedales naturales, uniendo a las barricadas proporcionadas por el propio relieve las estrategias defensivas humanas.
Y para evitar el merecido correctivo que el Señor infligió a la soberbia de los hombres en la Torre de Babel, al comenzar cada jornada dirigían sus plegarias al Altísimo rogándole inspiración y amparo, y al concluirla, le invocaban en acción de gracias por continuar vivos y poder adelantar esta obra, pergeñada para su eterna alabanza.
El ambicioso proyecto, un día, se convirtió en realidad. Habían pasado solo nueve años desde que se empeñaron con ahínco en el desafío, era aún 1099 y habían finiquitado en plazo esa primera fase, que debería seguirse ahora con la construcción de la catedral. Casandro Colonio y Florín de Pituenga recibieron la cálida felicitación de Raimundo de Borgoña, quien les recompensó en bienes y dignidades acordes a tamaña empresa, ordenando asimismo a los escribanos mencionasen sus nombres profusamente en las Crónicas, pues merecían ser hurtados al olvido de los siglos.

Y los dos maestros de geometría, a pesar de estar deseosos de retornar a sus poblaciones de origen para abrazar a sus familias y volver a ver sus talleres y haciendas, no encontraron en sí el ímpetu necesario para hacerlo, pues cada vez que intentaban alejarse de esa fastuosa muralla, fruto tangible de su intelecto y sacrificio, sentían una honda pena apoderarse de su espíritu y cedían a la atracción que sus muros ejercían sobre ellos.
Esa fue la razón por la que permanecían aún en Ávila cuando les correspondió abandonar su envoltura mortal, siendo inhumados en su camposanto, junto a muchos de los constructores anónimos que dejaron sangre, sudor, lágrimas, sueños y esfuerzos en esos lienzos de piedra, que por siempre llevarán labrada en ellos la verdadera identidad de la ciudad.