
Mil veces habría preferido la muerte Alfonso VI 'El Bravo', rey de León, aquel 11 de enero de 1072, al penoso sino de que su hermano Sancho II de Castilla, 'El Fuerte', le infligiese una dura derrota en el campo de batalla de Golpejera, cerca de Carrión de los Condes, con la valiosa ayuda de su alférez real, Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador.
Morir se le antojaba harto más halagüeño que el oprobio de verse apresado y conducido, aherrojado como los malhechores, por los caminos polvorientos que llevaban a Burgos, ante las penetrantes miradas del pueblo, que jamás había visto a un monarca siendo escupido y arrastrado a empellones entre improperios.
¿Cómo podía su hermano, amamantado a los mismos pechos que él, los de la dulce reina Sancha, haberle tratado peor que a un desconocido? Se alegró de que su madre ya no estuviera entre los vivos, para no contemplar la perversa acción de uno de sus hijos sobre otro, en una repetición del ataque de Caín contra Abel. Todo generado por la insensata decisión de su padre, Fernando I, de dividir en su testamento sus vastos dominios entre sus cinco vástagos, a los que amaba por igual, espoleando así sin pretenderlo las ansias fratricidas de su descendencia, para competir ferozmente en reunificarlo todo bajo el cetro de uno solo.
¡Qué iluso se sentía ahora Alfonso, al evocar lo ocurrido el año anterior, cuando Sancho había conquistado Galicia a su hermano García, despojándole de sus heredades y autoproclamándose su sucesor! ¡Qué ingenuo Alfonso, al creer que era una componenda personal que se circunscribía solo a ambos, y presuponer que Sancho le tenía gran aprecio y nunca se volvería contra él! ¡Cómo venían los acontecimientos a demostrarle vergonzosamente lo errado que estuvo siempre!
La conciencia debió remorder a alguien criado en la fe cristiana, pensó Alfonso, y Sancho acabó por liberarlo de su ignominioso cautiverio bajo la cruel condición de que marchase al exilio a perpetuidad, mientras el vencedor iniciaba a continuación un asedio a la ciudad de Zamora, gobernada por la cuarta hermana, Urraca. Solo restaría después Toro, al mando de la quinta, Elvira.
Qué amargo destierro aguardaba al soberano destronado, con la única salida airosa de establecerse en la taifa de Toledo, donde su majestad Al-Mamún, compadecido de su triste fortuna, lo recibía con fraternal afecto y lo atendía en correspondencia a su regia estirpe. El musulmán sabía bien que el enemigo de su huésped era también el suyo, pues a nadie se le ocultaba que, una vez reunidos los cinco reinos bajo su corona, lo que se intuía muy próximo, su siguiente objetivo sería anexionarse los territorios toledanos islámicos.
A pesar de los cuantiosos obsequios prodigados en atención a la relevancia de su persona, que el depuesto rey agradecía y valoraba en lo más hondo de sí, los días en Toledo le resultaban vacíos y la vida sin sentido, al sufrir la hiriente condena de verse apartado de la tierra que tanto amaba y temía que jamás volvería a ver.
Pero, una mañana de octubre, un mensajero a caballo arribó a Toledo con la nueva de que Sancho II había sido apuñalado mortalmente en el cerco de Zamora, en una estratagema tramada por el noble Bellido Dolfos. El escenario dinástico había sido alterado radicalmente. Muerto su hermano mayor, Alfonso ocupaba la primogenitura, heredando las posesiones del difunto: Castilla, León y Galicia. El propio emisario descendía de su montura para postrarse a reverenciar a su nuevo señor.

Al despedirse de Al-Mamún para iniciar el trayecto de regreso que le conduciría a tomar posesión de su trono, conmovido por la hospitalidad sincera que este le había brindado en el momento más crítico de su existencia, Alfonso le hizo el solemne juramento de que, mientras su anfitrión siguiese en este mundo, jamás acometería con sus tropas contra la taifa de Toledo. Al-Mamún, emocionado, le expresó su gratitud, y le rogó que, cuando se produjese el advenimiento de ese infausto día, se llevara con él a su sobrina Aixa Galiana, hija de su hermano Al-Menón, a la que quería como si la hubiera engendrado de sus entrañas, para ponerla a salvo bajo su protección, y evitarle la caída en desgracia de ser privada de sus prerrogativas regias por los dominadores. El monarca cruzado empeñó su palabra en que así obraría.
Al-Mamún, viéndose respaldado por tan poderoso aliado como Alfonso VI, inició una campaña militar contra la taifa de Córdoba, que dos años después logró someter bajo su gobierno. Pero le estaba reservado un negro destino, pues poco más tarde, en junio de 1075, fallecía allí envenenado.
El paso del tiempo granjeó grandes victorias bélicas ante los islamitas a las huestes de Alfonso VI, y finalmente, en 1085, este consumaba la ocupación de Toledo, aprovechando su conocimiento de primera mano de su orografía tras su estancia allí, y cumplía la garantía dada a Al-Mamún de prohijar a la hermosa Aixa, dotándola de estatus de princesa. Ella, sollozando, dijo adiós al único mundo que concebía, y especialmente traumático fue su desgarro al separarse de su amado, Jezmín Yahía, un caudillo musulmán con el que estaba comprometida.
El soberano encargó escoltar el viaje de la doncella desde Toledo hasta Ávila a Fernando de Lago y una caballería de 80 jinetes. Una vez en la ciudad amurallada, fue puesta bajo tutela de la hija de Alfonso VI, Urraca, y su marido Raimundo de Borgoña, el célebre conde don Ramón. Determinaron que fuera bautizada de inmediato en la religión cristiana, imponiéndosele el nombre de la madrina, Urraca.
Entre los repobladores abulenses que contemplaron la ceremoniosa entrada del imponente cortejo se hallaba el valeroso Nalvillos Blázquez, hijo del gobernador de Ávila, Ximén Blázquez, y de su esposa Menga Muñoz, y privado del conde. Se había destacado por su arrojo, demostrado en hazañas marciales como la toma de Cuenca a los mahometanos, y estaba prometido a la noble Arias Galindo, con quien se desposaría en breve. Todos daban por hecho cierto que, un día, sucedería a su padre en el gobierno de la urbe.
Nalvillos, apenas miró a la damisela recién llegada, sintió cómo sus tuétanos se derretían, consumidos por el fuego del amor, ese que no admite sofocarse con agua alguna. Su porte distinguido, su cintura cimbreada, sus cabellos ondulados y sus ojos de un brillo deslumbrante, le transformaron súbitamente en un mísero cautivo, atrapado por herrajes infinitamente más recios que los que pudieran forjarse en la mejor fragua humana.
La recepción en honor de la princesa islámica incluyó banquete, música y danzas, en las que ella, con aire melancólico, declinó participar alegando cansancio, y al finalizar el día, la joven se mudó a sus aposentos sin esperar a la conclusión de los festejos, acompañada de sus solícitas dueñas.
Nalvillos se acercó entonces a Raimundo de Borgoña, haciéndole confidente del secreto que abrasaba su alma, e implorándole se le permitiera convertir a Aixa en su esposa. El borgoñón, que tenía a su hombre de confianza en muy alta estima, se propuso favorecerle, y antes de retirarse a dormir ya habían convenido con el monarca que el casamiento se oficiaría en fechas cercanas, y que la prometida de Nalvillos, Arias Galindo, tomaría como marido al hermano menor de este, Blasco Jimeno, para no sufrir afrenta. Nunca llegarían a sospechar las lágrimas de despecho que la repudiada joven vertió en la soledad de su cámara por el pretendiente irremediablemente perdido, al que con vehemencia anhelaba su corazón.
A la mañana siguiente, un jinete fue comisionado para advertir a Jezmín Yahía de la ruptura de su compromiso con Aixa Galiana, entregándole las escrituras de propiedad de unas fincas radicadas en Talavera, concedidas en desagravio por el rey para resarcirle de la pérdida. Yahía, aunque aparentando conformidad con lo dispuesto, desquiciado de rabia, en su fuero interno juró venganza.

Nalvillos contrajo así matrimonio con la mujer de sus sueños, confiado en lograr revertir la tristeza silenciosa que esta emanaba, y que él atribuía a su drástico cambio de vida, lengua y credo. Le prodigaba galanterías y muestras de apego sin límites, esperanzado en que ella un día le correspondiese en sus afectos, e incluso mandó construir para su distracción y recreo una hacienda extramuros, en el paraje de Palazuelos, unas leguas hacia el norte, siguiendo el curso del río Adaja.
En una ocasión, Nalvillos recibió la encomienda de su soberano de supervisar las tierras de Talavera, y estando en ese lugar, se topó con Jezmín Yahía. Este, muy taimado, fingió alegrarse y lo acogió en su casa, agasajándole ampliamente. Logró así que su visitante, para compensarle, lo invitase a asistir en Ávila a la inminente boda de su hermano Blasco Jimeno con su antigua novia, Arias Galindo. Yahía, que vio el cielo abierto para materializar su larvada intención de reencontrarse con Aixa, aceptó de buen grado, acordándose que acompañaría a Nalvillos hasta la ciudad, en su itinerario de regreso.
Las nupcias se celebraron con toda pompa, organizándose como divertimento unas justas en el Coso de San Vicente, en las que todos los caballeros se batieron en amistosa liza, ante el resto de los convidados, que contemplaban el entretenimiento sin perder detalle. Jezmín Yahía, viendo a Aixa de lejos, vestida y peinada al estilo cristiano de la época, sintió una punzada de dolor perforándole las vísceras. Jamás, en el tiempo de su separación forzosa, había valorado otro escenario que no fuera la pervivencia de los sentimientos de Aixa, la única certeza que le impulsaba a levantarse cada amanecer. Pero al verla de esa guisa, por primera vez, le asaltó una lacerante duda, que le hizo notar el suelo hundiéndose bajo sus pies. Tambaleante y aturdido, tomó parte en el torneo cuando le correspondió, sin importarle ya vivir o morir.
Una caprichosa casualidad quiso que el contendiente al que se enfrentó el invencible Nalvillos fuera precisamente el musulmán, prevaleciendo sobre él con pasmosa facilidad y provocando que este cayera estrepitosamente de su montura.
Aixa se alzó de su asiento, sobrecogida, cuando vio desplomarse a Yahía, como un peso muerto. Su angustiado ademán pasó desapercibido, al encontrarse la atención de todos focalizada en la arena; pero la mirada del islamita se cruzó con la suya, ambas tan elocuentes como si nadie más los rodease, en una silente declaración de amor que rubricó una promesa indestructible.
Desde ese momento, aunque Yahía se despidió tras los esponsales simulando retornar a Talavera, en realidad se mantuvo en la localidad bajo una identidad ficticia, y cada vez que alcanzaba sus oídos que Nalvillos se ausentaba por viajes o acciones armadas, acudía a pasar las noches con Aixa, inmersos ambos en una inmensa felicidad, que solo mancillaba la espina de tener que desprenderse de los brazos del otro al clarear el alba.
Una prolongada campaña contra los musulmanes mantuvo a Nalvillos fuera de su hogar mucho tiempo. Los hados se pusieron de su parte en el campo de batalla, regresando invicto a su ciudad, con el relevante nombramiento de gobernador de Ávila, Segovia, Arévalo y Olmedo.
Pero, cuando penetró en su residencia, henchido de gozo ante la perspectiva de abrazar a su consorte, descubrió para su indescriptible desolación que su esposa se había fugado con Yahía, y en ese mismo instante, enfurecido hasta el paroxismo, partió en pos de los furtivos a Talavera, con la escolta de sus cincuenta más leales caballeros.
Espoleando a su rocín hasta hacerlo sangrar, Nalvillos, sumido en una oscura desesperación, más que cabalgar, volaba por montes y planicies, tan absorto en sus pensamientos que no era consciente del tramo de la ruta que iban atravesando. La posibilidad que acariciaba para mantener su ánimo era que su cónyuge hubiera sido secuestrada por el infiel, que encaprichado de ella, hubiera urdido el modo de arrebatársela, para tomar por la fuerza lo que ella nunca le cedería de buen grado.
En ese punto de sus reflexiones, se determinaba a matar de mala muerte a ese avieso ser, que había osado proferirle tamaño ultraje. Cualquier castigo le parecía liviano para expiar una felonía tan grande, engañarle abusando de su confianza y raptar a una criatura tan delicada para violentarla y tratarla lascivamente, como a una vulgar concubina. La ira le cegaba entonces.

Pero, el razonamiento siempre abría la puerta a la segunda posibilidad, infinitamente más dolorosa, de que ella, su tesoro, hubiera accedido a huir con él. La oleada de furia se multiplicaba exponencialmente con esa consideración, y se le representaba una terrible escena de ambos yaciendo juntos, que en sus fantasías culminaba siempre en su propia entrada en la alcoba, provisto de su daga, y allí mismo asestaba unas cuchilladas a los obscenos amantes, para limpiar con sangre su infame infidelidad.
Llegados los expedicionarios a Talavera con prontitud de rayo, a velocidad sobrehumana, Nalvillos instruyó a sus hombres a que permanecieran ocultos a las afueras de la población, internándose él solo en ella. Iba disfrazado de mercader, y llevaba consigo un cuerno, para hacerlo sonar en caso de inminente peligro, señal convenida para que sus acompañantes acudieran al rescate.
De este modo, Nalvillos logró introducirse en la residencia de Jezmín Yahía, y dar con la damisela en el jardín, entre fuentes y flores. Ante esa idílica imagen, pensó en lo bella que era y lo mucho que significaba para él, y su agresividad se disipó como una nube gris en un día luminoso. Se arrodilló ante ella, con los ojos arrasados de lágrimas, y le imploró que volviera con él a Ávila, a reanudar la vida que ambos tenían, que para él ya no valía nada tras producirse su ausencia.
Aixa, con expresión circunspecta ante tan gran aflicción, le confesó con suavidad que aunque le profesaba cariño, jamás le había amado, y que su corazón y su cuerpo pertenecían al dueño de sus afectos, Yahía. Que nunca había compartido su religión, que le fue impuesta, y su matrimonio ante un Dios que no sentía el suyo no lo consideraba válido. Le instaba a que se marchase de inmediato, o vendrían enseguida a prenderlo.
Nalvillos, incapaz de asimilar lo que le semejaba una inmensa e inmerecida traición, le continuó insistiendo para que cambiase de parecer, hasta que hizo su entrada Yahía con un nutrido grupo de sus servidores, y bruscamente apresaron al intruso. Por más que Aixa con voz entrecortada suplicó clemencia para él, su enamorado, exasperado y ebrio de cólera, arrastró a la parte más recóndita del recinto ajardinado a su rival y dispuso que organizasen una pira, para quemarlo vivo allí, en ese preciso instante.
Nalvillos, con admirable templanza, solicitó la concesión de un último deseo: que, mientras encendían los haces de paja y leña que habían apilado con celeridad, se le permitiese hacer sonar su cuerno, alegando como excusa que en sus creencias eso le haría convocar a los querubines para abrirle las puertas del cielo. Nadie puso reparos a la última voluntad de un sentenciado. Pero, apenas hubo emitido el instrumento su resonancia triste y prolongada, como el gemido de una res a punto de ser sacrificada, los soldados que lo habían acompañado desde Ávila se presentaban allí en tromba como una exhalación, lo liberaban y arrojaban a Yahía boca abajo a la misma pira que había puesto a arder para su enemigo, en una especie de ley del talión cuya justicia pareciera propiciada por el universo. Aixa, enloquecida, se echaba en brazos de él entre las llamas, muriendo ambos de idéntica suerte.
Nalvillos iniciaba en ese momento un destierro perenne dentro de su propio cuerpo, mucho más amargo y lacerante que aquel que había desgarrado a Alfonso VI, y desde entonces se consagró por entero a los enfrentamientos guerreros de la pugna fronteriza, huyendo de sí mismo, persiguiendo a hordas de espectros, y acumulando triunfos públicos que le granjearon los majestuosos sobrenombres de 'el Cid de Ávila' y 'el rey Nalvillos' que mal casaban con su agria capitulación interior.
La muerte, que en tantas ocasiones lo había eximido en arriesgadas coyunturas bélicas, el sexto día de noviembre del año del Señor de 1111 llegaba de improviso a cobrarse su presa, cuando esta tenía los guanteletes retirados y posados ociosamente a sus costados, y estaba tendido en su lecho, aquel en el que el héroe no había conocido plenamente el amor. La parca depositaba un dilatado beso enamorado en sus labios, de los que succionó el aliento hasta dejarlos cianóticos y consumidos.
Sus últimas disposiciones prescribían que sus bienes se repartiesen entre los más necesitados, su hermano Blasco Jimeno ascendiese a gobernador de Ávila, y sus despojos fueran sepultados en la iglesia de Santiago Apóstol, el icónico templo donde se investían los caballeros de la ciudad y donde estos velaban sus armas la noche antes de partir a la lucha. Otros combates aguardarían en el más allá al difunto, meditaban los apesadumbrados abulenses, para los que no se precisaba de lanza, yelmo ni armadura.
Sus exequias se celebraron con honores. Las trazas de sus restos, tras unas obras efectuadas en el templo cuatro siglos después, están perdidas en la actualidad. Pero, si se aproxima el oído a las piedras centenarias del edificio sagrado, se puede escuchar la historia que custodian celosamente, sobre un aguerrido hidalgo, vencido por amor.
Fotografía: Gabriela Torregrosa.