
Cuando los padres de Paula, cada vez con más frecuencia, departían con su hija, ambos con la barbilla temblorosa, sobre que ya era llegado el momento de desposarla con algún labriego honrado y temeroso de Dios con quien pudiera fundar una familia, pues dispuso el Señor que dejarás a tu padre y a tu madre y tomarás marido y seréis los dos una sola carne, y añadían que así podría aspirar a algunas mínimas comodidades que en el hogar paterno no había conocido, la joven con dulzura y sonrisa pudorosa desdeñaba el argumento, alegando la salud quebradiza de quienes le habían dado la vida, que escasamente podrían procurar a su propio sostén desprovistos del apoyo de su única descendiente, y citaba como prioritario el mandamiento que prescribe honrar a tu padre y a tu madre. Y aunque sus mayores le insistían, en el fondo sentían alivio ante su generosa reacción, pues les dolía sobremanera la idea de despedirse del regalo del cielo que siempre había sido esa hija, quien vino a alegrarles su existencia cuando el siglo VI de la era cristiana había consumido ya varias décadas, como respuesta a años de plegarias, en la etapa en que ya frisaban la edad provecta y habían perdido toda esperanza de alumbrar prole.
No le habían faltado propuestas de matrimonio a una doncella como ella, en la flor de la edad casadera, máxime habiendo sido bendecida con una belleza fuera de lo común, proverbial no solo en el entorno de su localidad natal de Cardeñosa, sino también en la cercana ciudad de Ávila y aún más allá, y además dotada de intachables virtudes, como su carácter bondadoso, su talante afable y su disposición hacendosa. Pero a todos los postulantes los había declinado cortésmente, esgrimiendo el inexcusable motivo de deber atender a sus vulnerables progenitores, aunque secretamente en su corazón ya hacía mucho tiempo se había determinado a contraer nupcias un día con el mejor de los esposos, aquel que murió en la cruz por redimir nuestros pecados.
Invariablemente, Paula se levantaba sin una queja al despuntar los primeros rayos del amanecer, invocaba al Señor y le ofrecía sus labores de la jornada, rogándole le infundiese fuerzas e inspiración para no fallarle nunca y hacer siempre su voluntad. Cultivaba con fruición un pequeño huerto, que a base de cuidados y pericia rendía unas verduras tan sanas y jugosas, con un sabor tan delicioso, que le habían granjeado una sólida reputación de calidad por los alrededores y su venta la tenía siempre asegurada, apenas con personarse en el mercado de Ávila o en las despensas de las casas señoriales. Por ello, en cuanto terminaba las indispensables faenas domésticas y agrícolas de la mañana, se dirigía a pie a la urbe, separada unas dos leguas, con su pulcro cesto de hortalizas. Cuando era niña había acudido acompañando a su madre; cuando esta perdió la movilidad necesaria para cubrir tan gran distancia diariamente, Paula la reemplazó y asumió la tarea con naturalidad y buena actitud.

El trayecto lo dominaba al dedillo y podría haberlo transitado sin vacilación con los ojos vendados, por lo que sabía cuáles eran los parajes más inhóspitos y despoblados, en los que siempre aceleraba la marcha y miraba de soslayo en derredor, alerta por si se producía algún encuentro indeseado. El tramo final del itinerario desembocaba en una ermita situada en la ribera del río Adaja, en las proximidades del puente que salvaba el cauce fluvial entre las orillas, y Paula siempre reservaba unos pocos minutos a agradecer al Redentor la hubiese custodiado y guardado en su ruta, y asimismo a encomendarse para que la iluminara al santo varón apostólico San Segundo, que la devoción popular abulense aseguraba había fundado la diócesis precisamente en esos humildes muros, y sus restos descansaban en algún lugar de ellos.
A su regreso al pueblo, siempre empleaba varias horas en auxiliar a personas que hubieran menester de su ayuda, ya fuera llevando a los más ancianos o enfermos algún cántaro de agua fresca de la fuente o un cuenco de sopa recién hecha, a los más desfavorecidos algunos frutos de su terruño o alguna moneda que hubiera podido ahorrar, y a los más solitarios, su conversación y compañía afectuosa.
Cuando Paula concluía su adolescencia y se introducía de pleno en su primera juventud, sus queridos padres finalizaban su virtuoso paso por este mundo, sucumbiendo a una enfermedad que los consumía en su debilidad, con pocos meses de diferencia entre ambos.
La buena hija sintió un intenso desgarro en el alma al ver expirar a sus progenitores en sus brazos, pero su arraigada fe le sirvió de consuelo, con su firme convicción de que ellos estarían ya en la trascendencia, gozando del Señor, y su mayor aspiración sería alcanzar a ser digna de compartir ese glorioso destino con ellos.
Indecisa aún sobre cuál cenobio elegir para profesar, Paula continuaba dedicándose con denuedo al trabajo, pues mantenerse ocupada paliaba su vacío, rezumante de añoranza.
Mientras desarrollaba su rutina acostumbrada de desplazamiento, que no distinguía festivos ni inclemencias del tiempo, un acomodado terrateniente de la zona comenzó a hacerse el encontradizo con ella, al principio en días alternos y poco a poco en sucesivos, requebrándola desde lo alto de su egregia montura en algún rincón recoleto de la senda, con ademán relamido y habituado a ver cumplida su voluntad. Paula procuraba responderle con monosílabos para no alentarle, sin sostenerle la mirada altanera, que siempre la hacía sentir incómoda y desprotegida. Las insinuaciones de él fueron cambiando de tono al ir aumentando los encuentros, hasta hacerse completamente explícitas y enunciadas de modo mucho más brusco, obscenamente ofreciéndole dinero y, al comprobar que eso no surtía ningún efecto, amenazándola con tomar por la fuerza lo que ella no le rendía de buen grado. Paula, profundamente sobresaltada e intranquila, le instó inocentemente a dejarla incólume, aduciendo que ambicionaba preservar su virginidad para consagrarla al Altísimo, palabras que suscitaron en él una carcajada que resonó ominosa. Viendo que el varón estaba empeñado en abordarla y no atendía a razones, la muchacha directamente se esmeraba en rehuirle y apresuraba su paso todo lo que le facultaban sus piernas, para reducir lo más posible el lapso en que quedaba expuesta.

La joven ocultaba su honda desazón a sus convecinos, pues de habérsela desvelado, no podrían haberla asistido frente a un poderoso y solo les habría causado padecimiento e inquietud, pero ellos percibían que su ánimo se había ensombrecido, lo que atribuían al enorme esfuerzo físico que acometía a diario. Paula se volcaba en la oración, rogando a Dios no la soltase de su mano, hallando consuelo en la confianza de que Él no consentiría que nada malo le sucediera a una de sus hijas, igual que cuida a las aves del cielo y los lirios del campo, pues tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza.
Al alborear una mañana, cuando la tenue luz solar no permitía aún distinguir nítidamente los contornos, las pisadas de Paula habían confluido en un trecho aislado de su recorrido, bastante distante tanto de los últimos corrales como del caserío de las afueras de la ciudad. Allí mismo, su contumaz pretendiente se materializó de un vericueto como si fuera un mal sueño, apareciendo envuelto en su capa sobre su briosa cabalgadura, y procedió a interceptarle el acceso haciendo encabritarse al rocín delante de ella, a base de tirar brutalmente de sus riendas. La joven fue plenamente consciente de que el punto donde coincidían no era fortuito, sino que había sido seleccionado aviesamente por el doncel con las peores intenciones, prevaliéndose de su ubicación apartada, donde nadie podría oír sus gritos para acudir a socorrerla, y menos aún a horas tan tempranas.
Agudizado su entendimiento por la gravedad de las circunstancias, Paula no perdió un segundo: con determinación y perspicacia, depositó su pesado cesto de productos en el suelo y echó a correr vigorosamente, tomando un angosto atajo, obstaculizado por los irregulares peñascos y oscurecido por la frondosa vegetación, que conducía por abruptos desniveles hasta la misma puerta de la pequeña ermita erigida en el arrabal norte, extramuros de la ciudad amurallada. El corcel no pudo aventurarse por un recodo tan estrecho y sinuoso, y su enfurecido jinete debió dar un amplio rodeo hasta el destino, lo que procuró una breve ventaja a Paula para poder escapar de él.
Con la entrada del eremitorio ya a la vista, la doncella sintió un pálpito que la resolvió a internarse en el exiguo recinto, a pesar de que la lógica dictaba que sería una ratonera para ella, ya que su perseguidor no parecía amedrentarse ante el respeto reverencial de lo religioso y con toda seguridad iría en pos de ella a consumar su fechoría incluso bajo techo sagrado.

Con respiración entrecortada por la extenuación y la ansiedad, se postró de hinojos ante el retablo e imploró al Todopoderoso apartase de sí ese amargo cáliz. Con un fogonazo de lucidez, le suplicó le sustrajera esa lisonjera y fugaz belleza que movía a ese hombre al pecado arrastrándola en su yerro, y obrase el milagro de hacer recaer en ese instante alguna insoportable fealdad en su rostro, ya que para el Padre Eterno nada hay imposible. Porque si tu mano te hace pecar, córtatela; más vale entrar en el reino celestial manco, que perecer en el fuego infernal con el cuerpo entero.
Apenas hubo formulado esta petición, notó un calor abrasador en las mejillas, como si le hubieran aproximado una llama. En el estaño bruñido de las dos palmatorias que flanqueaban la repisa del altar vislumbró el reflejo de unas sombras negruzcas en su cara, y sobrecogida, al llevarse las manos abiertas a acariciar su faz, el tacto le reveló para su espanto que, súbitamente, no estaba ya lampiña, sino hirsuta: habían quedado cubiertas de una mata de pelo, poblado y denso. Alarmada, se acercó a examinar su imagen, tal como la devolvía el azogue de la bandeja pulida donde se depositaban las ofrendas: efectivamente, le había brotado una barba tan compuesta como si fuera varón, categoría a la que en este momento hubiera parecido que pertenecía.
Sus pensamientos fueron interrumpidos bruscamente cuando la puerta se abrió de par en par, empujada con innecesaria violencia por su acosador. La expresión de este al contemplar al ser que esperaba en el interior fue de perplejidad e incredulidad. Paula dudó si la reconocería, pero enseguida ahuyentó esa posibilidad, considerando la drástica mudanza de su aspecto. Él se dirigió a ella con urgencia, interpelándole si había visto a una agraciada mujer que hubiera entrado allí recientemente. Paula, que aborrecía mentir, replicó inteligentemente: "A nadie vi desde que estoy aquí". El caballero, sin mediar palabra, le asaeteó con una mirada de infinito desdén y salió del lugar, con la ira de saberse derrotado, aunque sin comprender cómo.

La muchacha, entonces, se deshizo en sollozos, cayendo en una especie de trance por la tensión acumulada que había soportado. En cuanto fue capaz de sobreponerse, elevó una sentida acción de gracias al rey de los cielos, por haberla sacado con bien de la prueba más crítica a la que se había enfrentado.
Reflexionando sobre lo que le aguardaba en el mundo exterior, especialmente con su actual apariencia, en ese espacio de culto pronunció el solemne voto que había sentido era su vocación desde que le alcanzaba la memoria: dedicarse por completo a la adoración del Salvador.
Paula ya no saldría más de ese emplazamiento. Su transformación física se correspondió con su cambio radical de vida, residiendo ya por siempre como ermitaña allí, en continuas vigilia y oración, observando estrictos ayuno y penitencia. El inaudito suceso que había protagonizado causó vivo asombro en todos cuantos escucharon la narración, que circuló vertiginosamente como la yesca, de boca en boca. Su fama de santidad se expandió a lo largo de toda la zona, y los lugareños acataron respetuosamente su reclusión, acercándose asiduamente por los aledaños para pedirle su bendición o un bienintencionado consejo, sin permitir que le faltasen nunca frugales alimentos dejados a la puerta por algún corazón caritativo, para proveer sucintamente a su subsistencia.
Y el Señor, viendo que aquel modelo de castidad y piedad había hecho merecimientos más que suficientes para recibirla junto a sí, la reclamó a su presencia poco después, un 20 de febrero, sin haber cumplido más que 17 años, para premiarla con el disfrute de la felicidad que no cesa.
Habiendo cerrado sus ojos definitivamente en el templo, para abrirlos a la auténtica existencia celestial, cuando los vecinos, afligidos, la hallaron allí exánime con expresión de beatitud, decidieron sepultarla en ese sitio que ella misma había escogido para transcurrir sus días, sin atreverse a separarla de él ni en la muerte. Ubicaron su última morada colindante a aquella en la que reposaba el primer prelado santo y mártir abulense, Segundo, bajo un altar lateral, a la derecha del mayor, para que entrambos intercedieran conjuntamente en las alturas por las nobles gentes que habitan esta tierra luminosa y recia, batida por los vientos.

Y los habitantes de toda la comarca comenzaron a acudir en peregrinación para invocar a Paula, creciendo su fervor a medida que se les fueron concediendo pequeños favores y gracias, hasta investirla del estatus de santa por culto inmemorial, y recurriendo a ella, generación tras generación, mediante la jaculatoria: "Sednos buena intercesora y abogada, gloriosa santa Barbada".
En 1547, la piadosa dama doña Isabel de Ribera, hija del caballero de Valderrábano, hizo erigir a su costa una bien aparejada reja con una inscripción alusiva, concebida con la finalidad de que guardase el lugar donde permanece el recuerdo del sepulcro de la virtuosa doncella.
Santa Paula Barbada fue nombrada patrona de su localidad de origen, Cardeñosa, donde cada 20 de febrero aún se homenajea su memoria con actos religiosos y festejos tradicionales, y en agosto un nutrido grupo de devotos de su patria chica acude en pedestre romería desde la población hasta la ermita, para transitar el mismo camino atravesado por una joven santa, que estaba llamado a culminar en las sendas divinas.