
Hoy es mi cumpleaños. Y, curiosamente, lo que más me ha hecho reflexionar no ha sido el paso del tiempo, sino todo aquello que he ido dejando atrás delante del espejo.
Cada cumpleaños tiene algo de balance. Hacemos cuentas de los lugares a los que hemos llegado, de los objetivos pendientes y de las personas que siguen a nuestro lado. Pero este año me ha dado por pensar en otra cosa: en la ropa. No en la que quiero comprar, sino en la que ya no me representa.
Porque, aunque nos empeñemos en repetir que la moda no tiene edad y, en esencia, es verdad, también es cierto que la vida tiene etapas. Y, con ellas, cambian nuestras prioridades, nuestra forma de movernos por el mundo y, casi sin darnos cuenta, también nuestro armario.
No creo que exista una lista universal de prendas prohibidas a partir de los cuarenta, los cincuenta o los sesenta. Me horrorizan esos artículos que dictan que una mujer debe dejar de llevar minifalda a determinada edad o que un hombre ya no puede ponerse unas zapatillas blancas porque ha soplado demasiadas velas. La elegancia nunca ha entendido de fechas de nacimiento.
Pero sí creo que hay prendas que uno termina abandonando, no porque alguien lo imponga, sino porque dejan de contar quién eres.
Yo también tuve una época de camisetas con mensajes imposibles, de vaqueros tan rotos que sobrevivían por pura voluntad, de zapatos comprados más por impulso que por comodidad y de cortes de pelo que, vistos hoy, solo pueden explicarse porque entonces me parecían una idea brillante. Y menos mal. Porque significa que he cambiado.
Con el tiempo uno descubre que vestirse no consiste en parecer más joven, sino en parecer más uno mismo. Hay una enorme diferencia.
La obsesión por aparentar diez años menos suele ser una batalla perdida. En cambio, vestir con autenticidad siempre resulta favorecedor. Quizá por eso admiro tanto a esas personas que han construido un estilo reconocible con el paso de los años. No porque lleven siempre lo mismo, sino porque saben perfectamente quiénes son.
También ocurre con el pelo. Hay cortes que pertenecen a una época de nuestra vida igual que ciertas canciones o determinados perfumes. Algunos regresan décadas después con sorprendente dignidad. Otros conviene dejarlos donde están: en las fotografías.
Eso no significa renunciar a experimentar. Al contrario. Hay quien encuentra su mejor versión a los sesenta y quien se atreve con un cambio radical a los setenta. La edad no debería ser un límite para probar cosas nuevas.
Pero sí creo que existe una diferencia entre evolucionar y quedarse anclado.
Todos conocemos a alguien que sigue vistiendo exactamente igual que hace treinta años. No porque haya encontrado un estilo atemporal, sino porque nunca volvió a preguntarse si seguía sintiéndose identificado con él. La moda, como la vida, necesita cierta conversación con el presente.
Y luego están esas personas extraordinarias que pueden ponerse absolutamente cualquier cosa y salir victoriosas. Iris Apfel fue una de ellas. Sarah Jessica Parker también parece pertenecer a esa categoría de mujeres capaces de convertir cualquier extravagancia en una extensión natural de su personalidad. Hay gente cuyo estilo desafía cualquier regla porque nunca ha intentado seguirlas.
Pero la mayoría somos bastante más normales. Y eso también está bien.
Cumplir años me ha enseñado que la elegancia no consiste en acumular tendencias, sino en saber elegir cuáles siguen teniendo sentido para ti. A veces eso implica despedirse de una chaqueta que adorabas, de un estampado que ya no te emociona o de ese flequillo que defendiste con entusiasmo durante media vida.
No porque estés "demasiado mayor". Sino porque tú ya eres otra persona.
Quizá esa sea la mejor noticia que trae un cumpleaños. Que seguimos cambiando. Que el armario también madura. Y que, igual que aprendemos a decir adiós a ciertas costumbres, también aprendemos a cerrar la puerta del vestidor sin nostalgia.
Porque crecer no consiste en vestir peor, ni más serio, ni más discreto.
Consiste en que, por fin, la ropa deje de disfrazarte y empiece a parecerse a ti. Y, pensándolo bien, no se me ocurre mejor regalo de cumpleaños que ese.