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De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

El misterio de cómo una estrella de Hollywood puede vestir tan de barrio


Hay algo profundamente desconcertante en Penélope Cruz. Una actriz española que lleva tres décadas haciendo películas con Almodóvar, Woody Allen, Ridley Scott o Sergio Castellitto; una mujer que ya tiene un Oscar en casa; una de las españolas más reconocibles del planeta; una intérprete que este año parece empeñada en llenar todas las papeletas posibles para volver a sentarse en la mesa de los premios.

Y, sin embargo, llega la alfombra roja y una piensa: ¿pero quién la ha vestido?

Porque Penélope está viviendo uno de esos momentos profesionales que deberían venir acompañados de una colección de vestidos para entrar en la historia. 'La bola negra', de Los Javis, ha llegado a los cines después de haber ganado el Premio del Público en Toronto, uno de esos reconocimientos que históricamente han servido como termómetro de la carrera hacia los Oscar. En San Sebastián la actriz volvió a convertirse en una de las grandes protagonistas del festival y la prensa ya habla de hasta tres posibles caminos hacia los premios por sus trabajos de esta temporada.

Es decir: Penélope Cruz está en modo Oscar. Y entonces aparece Chanel. Aquí empieza el problema.

Hay una frase de Penélope Cruz que debería ser patrimonio nacional de la cultura pop. En una entrevista explicó su infancia diciendo: "I grew up in an area that is called Alcobendas and an area that is called San Sebastian de los Reyes". Y es maravillosa. Porque hay algo tremendamente español en que una de las mayores estrellas de Hollywood pueda estar hablando en inglés sobre su infancia y, de repente, aparezca Alcobendas. No Beverly Hills. No Upper East Side. No Notting Hill. Alcobendas.

Penélope ha hablado en numerosas ocasiones de sus raíces y de cómo crecer allí, junto a San Sebastián de los Reyes, contribuyó a formar su carácter y su ética de trabajo. Y aquí es donde propongo cometer un pequeño sacrilegio estilístico: Penélope Cruz sigue teniendo algo de choni de Alcobendas. Y no lo digo como insulto. Lo digo como diagnóstico fashionista.

Porque una cosa es haber salido de Alcobendas y otra muy diferente es no haber conseguido escapar nunca del imaginario estético de aquella chica que descubrió las plataformas, los brillos, el escote y la palabra 'glamour' en algún momento entre Hola y 'Mujeres desesperadas'.

Penélope tiene una tendencia preocupante a querer parecer Penélope Cruz siendo Penélope Cruz. Y eso, en moda, es peligrosísimo.

 

Lo verdaderamente incomprensible es que la mujer tiene un contrato con Chanel desde 2018. CHANEL. La casa de la camelia. La de Coco. La de Karl. La de los tweed. La de las siluetas que han construido buena parte de la historia de la moda contemporánea. Y, sin embargo, en ocasiones parece que alguien dentro de Chanel ha recibido el encargo de vestir a Penélope con una única instrucción: "Que parezca rica".

No sofisticada. No moderna. No interesante. Rica.

El resultado suele ser una sucesión de vestidos negros, lentejuelas, pedrería, escotes, flores, corsés y todo aquello que grite desde tres kilómetros que ese vestido cuesta más que tu hipoteca.

La paradoja es fascinante: Chanel puede hacer que una mujer parezca la persona más elegante de una habitación sin que nadie sepa exactamente por qué. Y con Penélope, demasiadas veces parece empeñada en demostrar que Chanel es Chanel.

En Toronto llevó un vestido negro de la maison para recoger el TIFF Special Tribute Award. En San Sebastián volvió a recurrir a la firma para presentar 'La bola negra', con el look 77 de la colección Crucero 2026/27 de Matthieu Blazy.

Y sí, son vestidos caros. Sí, son vestidos importantes. Sí, están técnicamente impecables. Pero la moda no es una auditoría de Excel.

 

Este es el problema de fondo. Penélope Cruz es demasiado guapa para vestir simplemente "bien". Y demasiado famosa para conformarse con "qué vestido tan bonito". Una estrella de su calibre necesita un punto de riesgo. Necesita que alguien la mire y piense: esto solo se lo puede poner ella.

En cambio, muchas de sus apariciones parecen diseñadas para no molestar a nadie. Y en moda, no molestar es prácticamente desaparecer. En San Sebastián, por ejemplo, apareció con un espectacular diseño de Miss Sohee cubierto de bordados y pedrería. Después, para 'La bola negra', volvió al Chanel de gala, con escote profundo y una gran flor de plumas.

Todo muy precioso.Todo muy alfombra roja. Todo muy... Penélope Cruz. Y ese es precisamente el problema.

 

Lo irónico es que la propia Penélope tiene muchísimo más interés que sus vestidos. Ella misma ha contado que en los fittings de Chanel vuelve a sentirse como una niña porque llevar esas prendas era un sueño desde pequeña. Y se entiende.

Pero quizá el problema sea precisamente ese: Penélope lleva demasiado tiempo cumpliendo el sueño de Penélope Cruz y demasiado poco tiempo jugando a ser otra cosa.

¿Dónde está aquella chica de Alcobendas? ¿Dónde está la actriz que podía aparecer en 'Jamón, jamón' con una camiseta blanca y conseguir que medio país se olvidara de la camiseta? ¿Dónde está la mujer que no necesita 40.000 euros en pedrería para resultar magnética?

Porque Penélope, cuando quiere, tiene algo que ninguna maison puede fabricar: personalidad. Y la personalidad no siempre combina bien con un vestido que parece diseñado para demostrar que tienes personalidad.

 

Quizá lo más divertido de todo sea que esta temporada puede acabar con Penélope Cruz otra vez nominada al Oscar.

'La bola negra' ha arrancado su carrera internacional con una fuerza extraordinaria. El premio del público de Toronto ha disparado todavía más las expectativas y su paso por San Sebastián ha confirmado que la película es uno de los grandes acontecimientos cinematográficos españoles del año.

Y si finalmente llega la nominación, tendremos otra alfombra roja. Otra oportunidad. Otra sesión de fitting. Otra habitación llena de vestidos de Chanel. Otra Penélope espectacular. Y yo solo pido una cosa: que alguien le quite el vestido de princesa durante cinco minutos.

Que alguien le diga que no necesitamos otra Penélope Cruz convertida en joyero humano. Que alguien recuerde que debajo de Chanel sigue estando aquella niña de Alcobendas que un día llegó a Hollywood.

Porque quizá el mejor vestido para Penélope Cruz no sea el que más brilla. Quizá sea el que, por una vez, nos deje verla a ella.