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De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

La eterna Jacqueline de Ribes


Vivimos en una época en la que el término icono de estilo se utiliza con una facilidad pasmosa. Basta con acumular unos cientos de miles de seguidores en redes sociales, vestir prendas de lujo o aparecer en la primera fila de un desfile para recibir una etiqueta que, en realidad, debería reservarse para muy pocas personas. Una de ellas fue Jacqueline de Ribes. Y, sin embargo, fuera de los círculos de la moda, su nombre sigue siendo un gran desconocido.

Nacida en París en 1929, Jacqueline de Ribes pertenecía a la aristocracia francesa, pero reducir su figura a la de una socialité sería una enorme injusticia. Fue mucho más que una mujer elegante. Fue diseñadora, coleccionista, mecenas, empresaria y, sobre todo, una creadora de belleza. Cuando todavía no existía el fenómeno de las influencers, ella ya había convertido su propia imagen en una forma de expresión artística.

Lo fascinante de Jacqueline es que nunca necesitó llamar la atención. La conseguía de manera natural. Mientras muchas mujeres de su generación seguían al pie de la letra los dictados de la alta costura, ella prefería reinterpretarlos. Compraba vestidos de Christian Dior, Yves Saint Laurent o Valentino, pero rara vez los dejaba intactos. Cambiaba mangas, modificaba escotes, añadía bordados, alteraba proporciones. Entendía que la verdadera elegancia no consiste en vestir una prenda extraordinaria, sino en hacerla propia. Esa filosofía resulta sorprendentemente contemporánea.

En un momento en el que hablamos constantemente de personalización, sostenibilidad o reutilización de prendas, Jacqueline llevaba décadas practicándolo sin necesidad de convertirlo en tendencia. Su armario no era un museo; era un laboratorio creativo.

Quizá por eso, cuando decidió lanzar su propia firma de alta costura en los años ochenta, no parecía una celebridad intentando aprovechar su fama, sino una diseñadora que llevaba toda una vida preparándose para ese momento.

Sus vestidos tenían algo difícil de explicar. Eran teatrales, sí, pero nunca excesivos. Sofisticados, pero sin resultar fríos. Poseían esa mezcla de glamour parisino y fantasía que hoy apenas sobrevive en la alta costura más artesanal.

Sin embargo, si hay algo que convierte a Jacqueline de Ribes en una figura irrepetible no son sus diseños. Es su actitud. Nunca necesitó convertirse en protagonista del ruido mediático. Nunca construyó un personaje artificial. Nunca vivió pendiente de la aprobación ajena. Su elegancia nacía de una seguridad extraordinaria en sí misma, algo mucho más difícil de conseguir que un armario lleno de vestidos de lujo.

En una industria obsesionada por la novedad, Jacqueline representa justo lo contrario: la permanencia. Por eso no sorprende que, cuando el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (The Met) decidió dedicarle una gran exposición en 2015, no la presentara únicamente como una mujer elegante, sino como una auténtica creadora de estilo. El título de aquella muestra, The Art of Style, resumía perfectamente quién era.

Porque el estilo no se compra. Se construye. Y Jacqueline de Ribes lo hizo durante más de seis décadas con una coherencia que hoy resulta casi imposible encontrar.

Quizá la gran lección que deja su legado sea precisamente esa: la moda no consiste en seguir tendencias, sino en conocerse a uno mismo. En una época en la que todo parece diseñado para parecerse a los demás, ella eligió el camino más difícil: parecerse únicamente a sí misma. Ese, al final, es el verdadero lujo.