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De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

La tiranía de las tendencias incómodas


Hay una regla no escrita que, en mi opinión, nunca debería romper la moda: una prenda tiene que acompañarte, no ponerte en peligro. Sin embargo, cada temporada parece surgir una tendencia que consigue justo lo contrario. Este verano le ha tocado el turno a unos pantalones de Zara que se han hecho virales, no porque sienten especialmente bien ni porque sean el imprescindible del momento, sino porque han provocado caídas entre quienes los llevan.

El diseño, de pernera extremadamente ancha y tejido muy ligero, responde a la estética relajada que domina la moda estival. Sobre el papel, parece perfecto: fresco, fluido y cómodo. En la práctica, la historia cambia. El exceso de tela hace que una pierna pueda enredarse con la otra mientras caminamos, y TikTok se ha llenado de vídeos de mujeres tropezando en plena calle o bajando escaleras.

Lo curioso es que el problema no es exclusivo de este pantalón. Es, simplemente, el último ejemplo de una moda que, en ocasiones, parece diseñada antes para una fotografía que para la vida real.

Porque, ¿cuántas veces hemos comprado una prenda pensando en lo bien que queda y no en si realmente podemos movernos con ella? Ahí están los pantalones de lino blanco que resultan mucho más transparentes de lo esperado, las faldas tan cortas que obligan a estar pendiente de cada movimiento o los vestidos de punto y licra que ascienden unos centímetros con cada paso hasta convertir un simple paseo en una batalla constante por recolocarlos.

Las prendas palabra de honor tampoco se libran de este fenómeno. Son elegantes, sí, pero muchas mujeres pasan más tiempo sujetándolas discretamente que disfrutando del evento al que han acudido. Cuando un vestido exige vigilancia permanente para evitar un descuido, quizá el problema no sea quien lo lleva, sino cómo está diseñado.

La alta costura tampoco está exenta de estos excesos. De hecho, muchas veces es donde mejor se aprecia cómo el espectáculo puede imponerse a la funcionalidad. Basta recordar el vestido de arena que lució la cantante Tyla en la MET Gala, una creación tan espectacular como poco práctica, hasta el punto de necesitar ayuda para subir unas escaleras. O el impresionante diseño de Dua Lipa en los Globos de Oro, cuyo corsé le impedía sentarse con normalidad.

Y luego está el calzado, probablemente el gran responsable de algunos de los momentos más memorables y dolorosos de las pasarelas. Tacones imposibles, plataformas gigantescas y suelas que desafían cualquier ley de la estabilidad han protagonizado caídas de modelos incluso en las firmas más prestigiosas. Ni nombres como Naomi Campbell se han librado de perder el equilibrio sobre la pasarela.

Paradójicamente, algunas de las imágenes más aplaudidas de las alfombras rojas han llegado cuando varias actrices decidieron hacer justo lo contrario de lo que dicta el protocolo: quitarse los zapatos. Julia Roberts, Kristen Stewart o Sasha Lane entendieron que la elegancia no desaparece por caminar descalza; al contrario, demuestra que la comodidad también puede ser una declaración de estilo.

Quizá haya llegado el momento de replantearnos qué entendemos por una prenda bien diseñada. La moda siempre ha sido una forma de expresión, un juego creativo e incluso una obra de arte. Pero cuando un pantalón hace tropezar, un vestido impide sentarse o unos zapatos convierten cada paso en un riesgo, deja de cumplir una de sus funciones más básicas: hacer que quien los lleva se sienta bien.

Vestirse debería darnos seguridad, no obligarnos a estar pendientes de la ropa cada cinco minutos. Porque una tendencia puede ser muy bonita en Instagram, pero si no nos deja caminar con naturalidad, quizá no sea tan buena tendencia como parece.