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De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

Las dos chicas que entendieron el algoritmo antes que nadie


Durante años, el éxito en el universo influencer parecía tener una fórmula inamovible: fotografías perfectamente editadas, viajes imposibles, armarios infinitos y una vida tan aspiracional que resultaba casi inalcanzable. Instagram marcaba las reglas del juego y la estética estaba por encima de la personalidad.

Pero entonces llegó TikTok. Y, con él, una nueva generación de creadoras que entendió que la perfección había dejado de ser el objetivo. Si hoy hubiera que señalar a dos nombres que representan mejor que nadie ese cambio de paradigma, probablemente serían Carlota Marañón y Sofía Hamela.

Lo curioso es que ninguna de las dos apareció de la noche a la mañana. Al contrario. Su historia desmonta uno de los grandes mitos de las redes sociales: el del éxito instantáneo.

Antes de convertirse en dos de las creadoras de contenido más influyentes del panorama español, Carlota y Sofía ya llevaban años creando. Mucho antes de que TikTok las colocara en el centro de la conversación, ambas dedicaban horas a hacer fotografías, grabar vídeos y experimentar con formatos simplemente porque disfrutaban haciéndolo. Se conocieron siendo adolescentes en San Sebastián y esa amistad terminó convirtiéndose, casi sin buscarlo, en uno de los mayores activos de su carrera.

En una industria donde muchas colaboraciones parecen diseñadas por un departamento de marketing, ellas han construido un universo que transmite precisamente lo contrario: naturalidad. Y eso, en 2026, vale más que cualquier filtro.

Resulta paradójico que dos creadoras de moda hayan triunfado precisamente cuando han dejado de obsesionarse con parecer perfectas. Sus vídeos funcionan porque parecen conversaciones entre amigas. Porque las bromas no parecen ensayadas. Porque los silencios no se eliminan siempre en edición. Porque son capaces de reírse de sí mismas sin miedo a romper esa imagen impoluta que durante años dominó el mundo influencer.

Mientras muchas cuentas siguen intentando construir una vida perfecta, ellas han conseguido algo mucho más difícil: construir una comunidad.

Ese quizá sea el verdadero secreto detrás de sus millones de visualizaciones.

Se suele decir que TikTok premia la autenticidad. No es del todo cierto. TikTok premia aquello que consigue retener la atención del espectador. Y ellas entendieron antes que muchos que la mejor forma de lograrlo no era enseñar una vida perfecta, sino hacer que quien está al otro lado sintiera que forma parte del grupo. Los estudios sobre el funcionamiento de la plataforma muestran que factores como el tiempo de visualización y la interacción tienen un peso determinante en la difusión del contenido, mucho más que el simple número de seguidores.

Por eso dominan el algoritmo. No porque exista una fórmula mágica. Sino porque dominan algo mucho más importante: la narrativa.

Sus vídeos rara vez parecen anuncios. Tienen ritmo, humor, referencias compartidas y una edición que nunca eclipsa a la historia. Incluso cuando presentan una colaboración comercial, el contenido sigue sintiéndose suyo. Y eso es exactamente lo que buscan hoy las marcas.

No es casualidad que Vogue les haya dedicado varios reportajes en los últimos meses o que Sofía Hamela haya sido reconocida como una de las creadoras del momento por diferentes publicaciones especializadas. Tampoco sorprende que Carlota Marañón figure entre las creadoras destacadas de la moda española por su capacidad para alejarse del postureo tradicional y conectar desde la cercanía.

Pero reducir su éxito únicamente a las cifras sería injusto. Lo verdaderamente interesante es el cambio cultural que representan.

Han demostrado que ya no hace falta aparentar una vida inalcanzable para convertirse en referente de estilo. Que la moda puede convivir con el humor. Que un vídeo grabado desde el coche puede tener más impacto que una producción de miles de euros. Que repetir ropa no resta credibilidad. Y que enseñar un día cualquiera puede generar más conversación que un viaje de lujo.

Han entendido algo que muchas marcas todavía están aprendiendo: la Generación Z ya no sigue únicamente a personas que visten bien. Sigue a personas con las que le gustaría quedar a tomar un café.

Quizá por eso resulta imposible explicar el fenómeno Carlota Marañón y Sofía Hamela hablando únicamente de moda. Ellas venden ropa, sí. Inspiran tendencias, también. Pero, sobre todo, venden una sensación de cercanía que el algoritmo premia porque las personas también la premian.

En una época en la que las tendencias duran apenas una semana y los virales desaparecen tan rápido como llegan, ellas han construido algo mucho más difícil que un vídeo de millones de reproducciones: una identidad. Y eso, en el ecosistema digital actual, probablemente sea la tendencia más valiosa de todas.