beta
secondary logo
 

De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

Las piscinas de Slim Aarons y el verano al que todos seguimos queriendo pertenecer


Hay fotografías que no solo capturan un instante. Capturan una forma de vivir. Y si hay alguien que convirtió el verano en un ideal estético, ese fue Slim Aarons.

Mucho antes de Instagram, de los filtros Valencia o de las infinitas fotos de pies junto a una piscina infinita, Slim Aarons ya nos estaba enseñando el verano perfecto. Uno en el que el agua siempre era turquesa, el cielo parecía recién pintado y nadie sudaba jamás. Sus fotografías no retrataban únicamente piscinas. Retrataban un sueño.

Cada vez que veo una de sus imágenes siento la misma necesidad: hacer la maleta inmediatamente. No importa que sea enero, que esté lloviendo o que mi cuenta corriente me recuerde que Palm Springs queda bastante lejos. Durante unos segundos consigo creer que la vida puede ser exactamente así.

Una sombrilla perfectamente colocada; un bikini blanco; un caftán vaporoso; una bandeja con cócteles; una piscina geométrica rodeada de buganvillas; y personas tan elegantemente relajadas que parece imposible que hayan tenido que buscar aparcamiento o responder un correo electrónico esa misma mañana.

Slim Aarons fotografiaba a ricos, famosos, aristócratas y miembros de la alta sociedad. Él mismo decía que retrataba "a gente atractiva haciendo cosas atractivas en lugares atractivos". Y, sin embargo, sus imágenes nunca parecían ostentosas. Eran aspiracionales.

Había lujo, por supuesto, pero sobre todo había una extraordinaria sensación de calma. Nadie corría. Nadie miraba el móvil. Nadie parecía tener prisa por subir una historia antes de que desapareciera veinticuatro horas después. Quizá por eso siguen fascinándonos. Porque representan un verano anterior a internet. Un verano que se disfrutaba más despacio.

En realidad, muchas de las tendencias estéticas que hoy creemos modernas nacieron allí. Las piscinas de líneas limpias, el mobiliario de exterior de inspiración mid-century, las sombrillas de rayas, los bañadores de una pieza, las gafas de sol de gran tamaño, los pañuelos en el pelo o esos vestidos de lino blanco que ahora llenan Pinterest cada mes de junio. Seguimos copiando a Slim Aarons sin darnos cuenta.

Cada vez que un hotel presume de su piscina en redes sociales está intentando recrear una de sus fotografías.

Cada vez que una firma de moda presenta una campaña estival llena de colores empolvados, arquitectura modernista y cuerpos descansando al borde del agua, ahí está su influencia.

Cada vez que soñamos con unas vacaciones donde el mayor esfuerzo del día sea decidir entre leer un libro o pedir otro aperitivo, seguimos persiguiendo la misma fantasía.

Lo curioso es que, vistas hoy, muchas de sus imágenes parecen más actuales que muchísimas campañas realizadas hace apenas cinco años.

Eso solo ocurre cuando una estética deja de ser una tendencia para convertirse en un clásico. Tal vez sea porque Slim Aarons entendió algo fundamental: el verdadero lujo nunca fue una piscina gigantesca.

Era el tiempo.

Tiempo para desayunar sin mirar el reloj.

Tiempo para conversar.

Tiempo para tumbarse al sol.

Tiempo para aburrirse.

Tiempo para no hacer absolutamente nada.

Quizá por eso seguimos volviendo a sus fotografías cada verano.

No porque queramos vivir exactamente como aquellas personas privilegiadas de los años sesenta o setenta.

Sino porque, en el fondo, todos seguimos buscando esa sensación de vacaciones eternas que él fue capaz de congelar con una cámara. Y mientras las redes sociales continúan llenándose de playas imposibles y piscinas infinitas, yo sigo pensando que nadie ha conseguido fotografiar el verano con tanta elegancia como Slim Aarons.

Porque hay imágenes que muestran un lugar. Y luego están las suyas, que consiguen hacernos echar de menos un verano que, probablemente, nunca vivimos.