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De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

Lorca también se viste


Hay escritores que se leen. Otros se representan. Y luego están los que, de alguna manera, terminan vistiéndose. Federico García Lorca pertenece a esta última categoría.

Ahora que 'La bola negra', la nueva película de Los Javis, se prepara para llegar a los cines, vuelve a ponerse sobre la mesa una figura que nunca ha dejado de estar presente en la cultura española. Lorca es teatro, poesía, deseo, tragedia, Andalucía, luna, sangre, silencio. Pero también es una estética. Una forma de mirar. Una manera de convertir la ropa en una declaración incluso cuando la ropa apenas dice una palabra.

Porque resulta difícil imaginar a Lorca sin pensar en el negro. Y no hablo únicamente del negro de los lutos, de 'La casa de Bernarda Alba', de esas mujeres atrapadas entre paredes blancas y vestidos que parecen pesar toneladas. Hablo de una sensibilidad. De ese contraste entre lo oscuro y lo luminoso, entre lo masculino y lo femenino, entre lo popular y lo sofisticado, que ha convertido el universo lorquiano en un territorio extraordinariamente fértil para la moda.

Lorca entendió algo que la moda lleva décadas explotando: vestirse también es construir un personaje.

En 'La casa de Bernarda Alba', la ropa no es un accesorio. Es parte de la condena. El luto uniforma a las mujeres, borra sus diferencias y convierte el vestido en una frontera. Todas deben vestir de negro porque todas deben obedecer las mismas reglas.

Y ahí está una de las grandes paradojas de Lorca: consigue que un uniforme aparentemente destinado a homogeneizar termine siendo una de las herramientas más poderosas para hablar de identidad.

Mucho antes de que las pasarelas convirtieran el negro en sinónimo de sofisticación, rebeldía o misterio, Lorca lo utilizó para hablar de autoridad, deseo, represión y muerte. Quizá por eso su imaginario sigue resultando tan contemporáneo.

La influencia de Lorca sobre la moda no siempre aparece con su nombre bordado en una etiqueta. No hace falta que un diseñador diga "esta colección está inspirada en Lorca" para que aparezca Lorca.

Está en los vestidos negros de silueta austera. En los volantes. En el dramatismo. En las flores que parecen demasiado grandes. En los mantones. En el rojo que aparece de repente sobre una colección oscura. En la combinación de una feminidad exagerada con una cierta violencia visual. Está, sobre todo, en esa idea tan española de que la belleza puede convivir perfectamente con la tragedia.

La moda española ha regresado una y otra vez a ese imaginario. Diseñadores como Cristóbal Balenciaga construyeron una idea de la silueta española en la que el negro, el volumen y la austeridad adquirieron una fuerza casi escultórica. No sería correcto convertir a Lorca en el padre de Balenciaga, la historia de la moda es bastante más compleja, pero sí resulta imposible ignorar el territorio cultural que ambos compartieron: una España en la que el vestido, el folclore, la religión, el luto y la teatralidad formaban parte de la vida cotidiana.

Y después llegaron generaciones que entendieron que todo aquello podía ser reinterpretado. Quizá uno de los grandes legados estéticos de Lorca sea haber demostrado que lo popular podía ser profundamente moderno.

Flores, encajes, lunares, volantes, mantones, colores intensos, cabello recogido, joyería tradicional... Durante mucho tiempo, todos estos elementos fueron tratados por cierta moda como una especie de folclore que había que esconder para parecer moderno.

Lorca hizo exactamente lo contrario. Tomó aquello que tenía delante: la Andalucía popular, sus canciones, sus fiestas, sus rituales, sus códigos de vestimenta, y lo convirtió en alta cultura.

Eso es algo que la moda sigue haciendo constantemente: coger un elemento reconocible de una cultura y preguntarse qué ocurre si lo sacamos de su contexto.

Un mantón deja de ser un mantón y se convierte en una silueta. Un volante deja de ser folclore y pasa a ser volumen. Una flor deja de ser un adorno y se convierte en símbolo. El negro deja de ser luto y pasa a ser actitud.

Lorca entendió antes que muchos que la tradición no tiene por qué ser lo contrario de la vanguardia. Aquí es donde el asunto se vuelve todavía más interesante.

Lorca no solo dejó una estética. Dejó un universo en el que el deseo que no puede expresarse ocupa un lugar central. Y la moda, que lleva décadas jugando con las fronteras de género, encontró ahí un filón.

En su obra hay hombres que desean lo que no deberían, mujeres que desean lo que no pueden tener y personajes atrapados entre lo que sienten y lo que la sociedad les permite mostrar.

La ropa, en ese contexto, se convierte inevitablemente en una herramienta de identidad. Y quizá por eso la influencia lorquiana ha sido especialmente poderosa en artistas y creadores que han querido cuestionar las normas de género. La estética de Lorca permite entender una masculinidad que no necesita renunciar a la sensibilidad, a la belleza, al exceso o incluso a una cierta teatralidad.

No es casualidad que su figura haya sido recuperada una y otra vez por generaciones que han encontrado en él una forma de hablar del deseo, de la diferencia y de aquello que durante mucho tiempo tuvo que permanecer oculto. Y ahí es donde 'La bola negra' adquiere especial interés.

Los Javis llevan años demostrando que saben mirar a la cultura española desde un lugar en el que lo popular, lo kitsch, lo queer, lo trágico y lo bello pueden convivir sin pedir permiso. Su aproximación a Lorca parte precisamente de un territorio en el que el deseo y las normas sociales chocan. Y quizá por eso su estreno sea una buena excusa para volver a mirar la moda desde Lorca.

Porque estamos demasiado acostumbrados a pensar que la moda se inspira en grandes diseñadores, en décadas concretas o en determinadas tendencias. Pero también se inspira en escritores, en películas, en personajes y en conflictos. A veces una colección no nace de una prenda. Nace de una sensación. Y pocas sensaciones hay más lorquianas que un vestido negro en mitad de una habitación blanca.

Lo fascinante de Lorca es que su influencia no necesita ser literal.

No necesitamos salir a la calle vestidos como una protagonista de 'La casa de Bernarda Alba'. No necesitamos un mantón, una peineta ni un vestido de lunares para vestirnos de Lorca.

Su verdadera influencia está en algo mucho más sutil: en haber convertido la estética en una forma de contar aquello que no se podía decir.

Eso es precisamente lo que hace la moda cuando funciona de verdad. Una prenda puede hablar de clase social. De género. De deseo. De duelo. De rebeldía. De pertenencia. De libertad. Lorca lo sabía.

Por eso, casi un siglo después, seguimos volviendo a él. Y por eso su obra continúa apareciendo, de una forma u otra, en las imágenes que construimos sobre nosotros mismos.

Quizá esa sea la razón por la que 'La bola negra' llega en un momento especialmente oportuno.

Porque mientras el cine vuelve a Lorca, la moda sigue haciendo lo mismo que él hizo durante toda su obra: vestir lo que todavía no sabemos cómo decir. Y, en ocasiones, basta con eso para que un vestido negro deje de ser simplemente un vestido negro.