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De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

Pasarelas manchadas de sangre


La moda siempre ha vendido fantasía: lujo, belleza, exclusividad, glamour. Pero detrás de las pasarelas, las campañas millonarias y los apellidos legendarios, existe también una cara oscura que parece repetirse con inquietante frecuencia. El mundo de la moda no solo convive con el exceso y la obsesión por la imagen; también ha estado históricamente vinculado a asesinatos, estafas, robos, acoso y tragedias personales que podrían llenar temporadas enteras de una serie de true crime. Y quizá no sea casualidad.

Porque donde hay dinero, poder, fama y una necesidad constante de aparentar perfección, también aparecen la ambición desmedida, las obsesiones y las relaciones tóxicas. La moda funciona muchas veces como una corte moderna: un ecosistema cerrado donde el estatus lo es todo y donde caer del pedestal puede ser insoportable.

El caso más reciente que ha sacudido al sector es el de Jonathan Andic, heredero del imperio Mango e hijo de Isak Andic, detenido por su supuesta implicación en la muerte de su padre. Más allá de lo que determine la justicia, el impacto mediático demuestra algo evidente: la sociedad está fascinada con las grietas del lujo. Cuando el crimen entra en una familia multimillonaria vinculada a la moda, el interés se multiplica porque destruye esa imagen de perfección cuidadosamente construida. Pero esto viene de lejos.

Pocas historias representan mejor esa mezcla entre moda, dinero y violencia que el asesinato de Maurizio Gucci, heredero de la legendaria casa italiana Gucci. Fue asesinado en 1995 por un sicario contratado por su exmujer, Patrizia Reggiani, en un crimen tan cinematográfico que parecía imposible que fuera real. Sin embargo, lo era. La historia reveló un universo de resentimiento, lujo enfermizo y luchas de poder familiares que acabó convirtiéndose en icono cultural décadas después.

Algo parecido ocurrió con Gianni Versace. Su asesinato en 1997 frente a su mansión de Miami no solo conmocionó a la industria: marcó el fin simbólico de una era de excesos en la moda de los noventa. Versace representaba el glamour absoluto, y verlo convertido en víctima de un asesinato público fue casi una metáfora brutal de cómo la fama puede convertir a las personas en objetivos.

Y no hace falta llegar al asesinato para entender hasta qué punto el lujo atrae la criminalidad. En 2016, Kim Kardashian fue atracada a punta de pistola en París mientras le robaban millones de dólares en diamantes. El crimen tuvo algo profundamente simbólico: las redes sociales, la exhibición constante de riqueza y la hiperexposición digital habían creado el escenario perfecto. Kardashian mostró durante años una vida de opulencia extrema; los ladrones simplemente observaron, calcularon y actuaron.

La moda también está llena de obsesiones personales que terminan de forma trágica. La miss polaca Agnieszka Kotlarska fue asesinada por un acosador incapaz de aceptar el rechazo. Su historia demuestra cómo la idealización de la belleza femenina puede derivar en comportamientos enfermizos. En una industria donde la imagen se convierte en objeto de deseo colectivo, las modelos y figuras públicas muchas veces dejan de ser vistas como personas reales.

Otro caso inquietante es el de Jane Andrews, estilista y confidente de Sarah Ferguson, duquesa de York. Andrews pasó de formar parte de la élite británica a ser condenada por asesinato. Su historia expone algo muy presente en el universo fashion y celebrity: la obsesión por pertenecer a un círculo privilegiado y el vacío psicológico que muchas veces se esconde detrás de esa aspiración social.

En España también existen episodios oscuros que estremecieron al sector. El diseñador Manuel Mota, alma creativa de Pronovias durante más de dos décadas, fue hallado muerto con heridas de arma blanca en Sitges. Su fallecimiento dejó una sensación de enorme desolación en una industria que muchas veces exige genialidad constante mientras silencia la fragilidad emocional de quienes trabajan dentro de ella.

Y luego está Anna Sorokin, quizá el ejemplo definitivo de cómo la moda y el lujo pueden convertirse en herramientas para construir una identidad falsa. Fingió ser una heredera millonaria, se infiltró en la jet set neoyorquina y engañó a bancos, hoteles y amigos. Lo más inquietante no fue solo la estafa, sino lo fácil que resultó para ella triunfar en un entorno donde parecer rica importa más que serlo realmente.

La gran pregunta es: ¿por qué la moda genera tantas historias cercanas al crimen? Tal vez porque la industria trabaja constantemente con deseos extremos. Deseo de belleza, de juventud, de riqueza, de exclusividad, de reconocimiento. Y cuando esos deseos se mezclan con egos gigantescos, presión mediática y fortunas multimillonarias, el resultado puede ser explosivo.

La moda no es superficial, aunque muchas veces se diga eso. En realidad, es un reflejo exagerado de las obsesiones de nuestra sociedad. Por eso sus tragedias nos fascinan tanto: porque detrás de cada asesinato, robo o estafa vinculados al lujo hay algo profundamente humano. Ambición, miedo, narcisismo, soledad, obsesión por el estatus. El problema no es la moda en sí. El problema es todo lo que proyectamos sobre ella.