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De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

Vestir bien y sobrevivir al engaño del puto entretiempo


Hay lugares donde la moda dialoga con el clima. Y luego está Castilla y León, donde directamente discuten. Aquí, vestirse bien en los meses de transición -si es que podemos seguir llamándolos así- no es una cuestión de gusto, sino de estrategia. Una coreografía diaria entre capas, intuición meteorológica y resignación estética que pone en evidencia una gran verdad incómoda: la moda de entretiempo, tal y como nos la venden, no está pensada para nosotros.

Porque, ¿qué significa realmente "entretiempo" en un territorio donde puedes salir de casa con 3 grados, disfrutar de 20 al mediodía y volver a los 7 al caer la tarde? La palabra sugiere suavidad, transición, equilibrio. Pero la realidad es otra: extremos comprimidos en una sola jornada. Y en ese contexto, las prendas que supuestamente deberían salvarnos -esas que pueblan escaparates y editoriales- se convierten en piezas tan bonitas como inútiles.

La gabardina ligera, por ejemplo, es probablemente el símbolo máximo de esta fantasía. Atemporal, elegante, cinematográfica. Funciona en París, en Londres, incluso en ciudades del norte con cierta humedad constante. Pero aquí, cuando el viento sopla sin contemplaciones, esa misma prenda se transforma en un gesto estético sin defensa real. Ni abriga lo suficiente por la mañana ni se quita con comodidad cuando el sol empieza a castigar. Es, en esencia, una prenda pensada para un clima que no existe en esta meseta.

Lo mismo ocurre con los jerséis finos de punto, los vestidos de manga tres cuartos o las americanas sin estructura. Sobre el papel, representan ese ideal de sofisticación relajada que tanto seduce en redes sociales y revistas. Pero en la práctica, obligan a un ejercicio constante de compensación: añadir capas, cargar con prendas extra, improvisar soluciones sobre la marcha. El resultado rara vez se parece a esa imagen pulida que prometían.

Hay algo profundamente aspiracional -y, en cierto modo, desconectado- en la forma en que se plantea la moda de entretiempo. Se construye desde una idea de clima amable, casi estático, donde las decisiones de vestuario se mantienen estables durante horas. Pero quienes vivimos en Castilla y León sabemos que eso no ocurre. Aquí el tiempo no acompaña: desafía. Y ese desafío desmonta cualquier intento de vestir "ligero" con coherencia.

Frente a esto, la respuesta local ha sido siempre pragmática. Capas y más capas. Chaquetas que se atan a la cintura "por si acaso". Bufandas que entran y salen del bolso según la hora. Tejidos que priorizan la función sobre la forma, aunque eso implique renunciar a cierta estética más depurada. No es casualidad que el armario castellano-leonés esté mucho más cerca del concepto de supervivencia que del de tendencia.

Sin embargo, sería injusto reducir esta realidad a una derrota estilística. Hay, de hecho, una forma de elegancia muy particular en esta adaptación constante. Una elegancia que no depende de seguir al pie de la letra lo que dictan las temporadas, sino de reinterpretarlo. De entender que una buena prenda no es solo la que luce bien en una foto, sino la que resiste un día completo en la calle sin traicionarte.

Quizá el problema no sea que en Castilla y León sea difícil vestir bien, sino que seguimos midiendo el "vestir bien" con parámetros que no nos pertenecen. La moda de entretiempo funciona como un ideal importado, una narrativa visual que no contempla nuestras condiciones reales. Y mientras sigamos intentando encajar en ella, la frustración será inevitable.

Tal vez ha llegado el momento de redefinir el concepto. De aceptar que, en este territorio, no hay medias tintas climáticas y que, por tanto, tampoco debería haberlas en el armario. De apostar por prendas verdaderamente versátiles, no solo en el discurso, sino en la práctica: abrigos ligeros pero eficaces, capas inteligentes, materiales que respondan al viento y al cambio térmico sin sacrificar del todo la estética.

Vestir bien aquí no consiste en parecer recién salido de una editorial de primavera. Consiste en encontrar un equilibrio propio entre funcionalidad y estilo, aunque ese equilibrio sea imperfecto. Consiste en asumir que la gabardina ideal quizá no exista para nosotros, pero que eso no impide construir una identidad estética coherente.

Porque, al final, la verdadera sofisticación no está en ignorar el clima, sino en entenderlo. Y en Castilla y León, eso implica aceptar que el entretiempo no es una estación: es un espejismo.