
Salvo un corto periodo, los españoles hemos pasado de la dictadura militar a la dictadura de los partidos políticos. Es decir, por mucho tiempo que haga que esté prohibida la esclavitud, los métodos y sistemas esclavistas no han desaparecido. Nuestros sistemas electorales son esclavistas, pues no podemos elegir más que a quienes nos proponen los partidos políticos y en el orden que ellos quieren. El sistema impositivo o fiscal es esclavista. Nos sangra al máximo sin que apenas nos den nada a cambio. Hasta al defensor del pueblo, es decir a nuestro defensor, nos lo imponen ellos. ¿Acaso los sucesivos gobiernos no nos están poniendo en venta a los ciudadanos al hipotecarnos de por vida con deudas astronómicas, y no principalmente para resolver los problemas sociales, sino para para gastarse el dinero en prostíbulos y para otros fines espurios, como, por ejemplo, comprar estómagos agradecidos que los voten?
En España tenemos corrupción a manta, enchufismo y amiguismo a manta, falsificación de estudios a manta y tergiversación de las noticias, o fake news, a manta. Y, por si fuera poco, hemos llevado la corrupción a las instituciones europeas. No, no nos llevemos las manos a la cabeza por los casos aislados de corrupción. Es el sistema político lo que está corrupto. Quizás no todos los políticos estén implicados en los casos de corrupción, pero desde el momento en que una persona se afilia a un partido político, y mucho más si ocupa un cargo político y se calla, se está haciendo cómplice de la corrupción, porque sabe que tarde o temprano su partido terminará en la corrupción.
¿Qué los políticos no son capaces de vender a España por un puñado de monedas? A los hechos me remito, y la historia ya se encargará de echárnoslo en cara: a unos por actuar y a otros por callar. No es de extrañar que la desconfianza de los ciudadanos frente a la casta -sí casta- política sea absoluta. La desconfianza en las instituciones debe de ser muy grave cuando se han puesto denuncias de prevaricación hasta contra miembros del tribunal constitucional. Pero ¿nos puede extrañar que se haya llegado a tal estado de desconfianza cuando los miembros de ese tribunal -no sé si todos- han sido nombrados por los partidos políticos e incluso algunos han ocupado el cargo de ministros?
Ningún partido quiere organismos de control independientes, porque esperan que, cuando les llegue la hora de gobernar, nadie los pueda vigilar. Ningún partido político quiere la independencia de los jueces: "Si yo te he nombrado juez, no vas a ser tu tan desagradecido que no lo tengas en cuenta cuando se presente el momento. No vas a ser tú el que contradiga la sabiduría popular que dice que no se debe morder la mano que te da de comer".