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Menudo Panorama

Por Pedro Santa Brígida

Decretos botillo


Curioso país en el que vivimos. Mientras la gente corriente demuestra un elevado sentido de la solidaridad cada vez que sucede una catástrofe, quienes ocupan el poder manifiestan un penoso nivel intelectual y político. Es lo que hay. No aprenden y no tienen la más mínima intención de mejorar sus prestaciones. Para qué, si viven de lujo y sus egos están repletos de loas y satisfacción. Menuda tropa.

A medida que se va desentrañando la madeja de soliloquios ministeriales respecto a lo ocurrido en el trágico accidente de Adamuz, al tiempo que se desvelan las inexactitudes, medias verdades, cambios de criterio y distracciones oídas sobre los motivos reales por los que decenas de familias sufrirán de por vida la pérdida de sus seres queridos, el Gobierno insiste en su habitual decreto ómnibus de enero, en el que se incluye la subida anual de las pensiones. Ya se lo tiraron atrás en el Congreso el pasado y año y otra vez este. Vuelta la burra al trigo. ¿Pero por qué esa interesada estrategia con los dichosos decretos ómnibus?

Al contrario de lo que nos cuentan, los motivos no son otros que insistir en la confrontación ideológica, intentar conseguir ventajas electorales de cara a los comicios que están al caer en Aragón y confundir y/o engañar a los jubilados. Otra vez. Sin el más mínimo sonrojo, sin pudor alguno, propio o ajeno, la subida de las pensiones de 2026 vuelve a mezclarse con diversos asuntos, que nada tienen que ver entre sí. En esta ocasión, se han metido en la misma coctelera, entre otros, las cuotas de los autónomos, las bonificaciones del transporte público o la moratoria de los desahucios a las familias vulnerables.

Seguro que el final de la historia también se repetirá. La subida de las pensiones se volverá a llevar, en otro decreto, al Parlamento y será aprobada sin problema alguno. En el fondo, las brillantes mentes del Palacio de la Moncloa saben que no se debe jugar en exceso con diez millones de pensionistas (de votos). El argumentario se habrá cumplido al pie de la letra, finalmente se aprueba la medida y, de paso, se aplica una dosis de polarización, que eso parece que le funciona a esta cuadrilla.

Nunca habíamos asistido a la elaboración de tanto decreto ómnibus en la historia democrática española. Mezclar churras con merinas jamás había sido un principio tan utilizado en la acción política diaria. No sé quién ha sido, pero alguna ingeniosa mente ha tenido la feliz idea de bautizar este tipo de acciones legislativas como 'decretos botillo'. El exquisito manjar gastronómico berciano (botelo, en otros territorios), procedente de una mezcla del despiece de las diferentes carnes del cerdo, condimentado en condiciones, no merece ser utilizado peyorativamente en ningún caso, menos aún en cutres lides políticas, aunque en esta ocasión creo que le viene que ni pintada la metáfora.

Al contrario que con el alimento en cuestión, los 'decretos botillo' se convierten a menudo en una absurda pérdida de tiempo para la ciudadanía, que es a quien deberían respetar más quienes los cocinan. Sirven para enardecer a la propia parroquia y confundir y/o molestar al resto. No se idearon para esta burda utilización propagandística, fueron diseñados con el fin de agilizar cuestiones de interés general en las que existe el mínimo grado de consenso parlamentario, el necesario para que salgan adelante sin generar debates, menos aún polémicas. Es una infantil tomadura de pelo que con ellos nos intenten vender la desgastada cortina de humo de una España de buenos y malos, de seres de luz y de malvados diablos.

La insistente apuesta por la presentación de los 'decretos botillo' es una estúpida manera de pasar el rato por parte de quienes tienen la sagrada tarea de trabajar por el bienestar general de los ciudadanos. Quienes los promueven con intenciones torticeras no merecen ocupar puestos de responsabilidad pública. Dejen a un lado el marketing electoral, de jugar al despiste, de enfrentar a la gente y váyanse a su casa a entretenerse con los minijuegos políticos online existentes en el mercado. ¡Ay, claro, que ni de coña! Con el embriagador calorcito que desprenden esas poltronas...