beta
secondary logo
 

Menudo Panorama

Por Pedro Santa Brígida

El lugar de Castilla y León en España


Mi madre era zamorana, de Sanabria, mi padre salmantino, serrano, y mis hijos han nacido en León. Y yo  -por carácter propio y circunstancias laborales -he vivido a lo largo de los años en León y Valladolid sobre todo, pero también en Zamora, Burgos y Salamanca. Creo que algo conozco este territorio denominado administrativamente Castilla y León, nueve provincias, dos regiones sin una identidad común definida a estas alturas, pese a los ingentes esfuerzos realizados desde la Junta.

Muy atrás quedan las intrigas de Martín Villa y otros a la hora de confeccionar el mapa autonómico español, con la unión de lo que a principios de la pasada década de los ochenta todavía era gran parte de Castilla La Vieja y Castilla La Nueva. También en la historia quedan reflejados los proyectos políticos de Demetrio Madrid, José Constantino Nalda, José María Aznar, Jesús Posada, Juan José Lucas o Juan Vicente Herrera. Aunque con diferentes empeños y actitudes, todos ellos han intentado a su manera "coser la comunidad", en palabras del soriano Lucas. Ahora se enfrenta a ello el salmantino Alfonso Fernández Mañueco con los 'ismos' en pleno apogeo.

Escasamente habitual es escuchar por ahí a alguien decir "soy de Castilla y León". Esta frase ha salido de mi boca en más de una ocasión porque hubo un tiempo en el que creí e incluso trabajé para ello. Ahora, quizá por los años que aporta la experiencia, soy un tanto más escéptico, pese a que sigo pensando en que aún hay ciertas perspectivas de futuro para esta tierra si se hacen las cosas con cierto talento y habilidad práctica y trabajamos solidariamente.

En los últimos cuarenta años Castilla y León ha visto como se desangraba su padrón, en unas zonas más que en otras. Como algunas de sus principales fuentes de riqueza desaparecían (minería). Con alguna reseñable excepción, no he visto a sus representantes políticos en Madrid plantarse y coger el toro por los cuernos, unirse ante los privilegios cedidos a unos ciudadanos españoles a costa de otros, aunque sí hemos comprobado el seguidismo y el sí a lo que diga el líder nacional de turno. He asistido perplejo al enfrentamiento entre políticos (alcaldes) de distintas provincias de esta comunidad autónoma, a veces más de boina que otra cosa. He echado de menos más conversaciones y encuentros entre ellos en busca de aquello que nos une, en vez de destacar constantemente lo que nos separa. He añorado altura de miras.

Han pasado cuatro décadas desde la construcción autonómica de España y tengo la sensación de que Castilla y León aún no ha encontrado su sitio, el que merece, al que debe aspirar por simple justicia social y por su aportación histórica al Estado. Ya está bien de que casi todo (el dinero de las grandes inversiones) vaya a parar siempre a los mismos lugares. Ni con el bipartidismo ni con el multipartidismo cambia la situación. Pasa el tiempo y no hay visos de que esto vaya a mejorar. Una enorme cantidad de jóvenes seguirá cogiendo la maleta para buscarse la vida en otro lugar, en uno que ofrezca más oportunidades vitales.

Me consta que con el actual reparto (perverso juego) ideológico nacional no hay mucho que hacer, pero o nos ponemos las pilas en esta tierra o las próximas generaciones de castellanos y leoneses nos tildarán de tibios, negligentes y nada espabilados, por no recurrir a adjetivos más gruesos. En Castilla y León se vive razonablemente bien, a veces muy bien. Pero no es suficiente porque, en términos generales, sólo la función pública y en ocasiones el emprendimiento son oportunidades de verdadero futuro. Y si alguien no está de acuerdo, que revise los salarios actuales... Atravesamos tiempos de cambios sociales profundos y no podemos quedar atrás una vez más. No debería ser aceptable.