
Imposible olvidar la imagen de José Luis Ábalos en la tribuna del Congreso hablando de corrupción ajena y honradez propia. Así terminó el periplo de Mariano Rajoy al frente del Gobierno. Aquella famosa moción de censura de 2018 salió adelante porque el PNV decidió cambiar de caballo para continuar con la constante retahíla de privilegios propios. Qué tiempos aquellos en los que las encuestas disparaban las opciones de Ciudadanos, partido político ahora desaparecido, pese a que su líder, Albert Rivera, acertó en todas y cada una de sus previsiones respecto al futuro presidente del Gobierno.
En mi memoria permanecen aquellas presuntamente firmes aseveraciones de Pedro Sánchez sobre que jamás pactaría un Gobierno con el Podemos de Pablo Iglesias por el insomnio que le produciría, que no era posible acuerdo alguno con Bildu, entonces mero partido vinculado al terrorismo, o que la amnistía del prófugo Puigdemont era algo inconcebible e ilegal para cualquier socialista que se preciara... Qué tiempos aquellos en los que la vivienda no se había convertido aún en el mayor reto para tantos y tantos españoles, sobre todo jóvenes.
Pese a la que está cayendo a su alrededor, con encarcelados, juzgados, investigados, sospechosos e imputados, con algunos de sus socios pidiendo elecciones y con la militancia del PSOE ocultando en la medida de lo posible sus fantasmas y miserias, Sánchez acaba de cumplir ocho años como presidente y amenaza con seguir en el sillón "hasta 2027 y más allá". Impertérrito al desaliento, tras la tremenda bofetada que ha recibido con las cuitas judiciales de su gran mentor, Zapatero, contemplando enmudecido como la policía ha entrado a registrar la sede socialista de la madrileña calle Ferraz, con su hermano sentado en el banquillo de los acusados y con su mujer a punto de pasar por el mismo trance, el presidente del Gobierno no cede. O le echan o él, cual manifestante del pasado siglo, seguirá aplicando el "no, no, no nos moverán".
La presidencia de Sánchez pasará a la historia, entre otras cosas, por ser la primera en la que, consecutivamente, dos secretarios de organización de su partido han ido a parar al talego (veremos por cuánto tiempo). Sin que él se percatara, según afirma, su mano derecha le engañaba. ¿Dos veces? Será que no sabe elegir a los compañeros de viaje. También pasará a las hemerotecas por ser el primer jefe del Ejecutivo en el ejercicio de su cargo con esposa y hermano imputados, juzgados y veremos si condenados. La fontanera Leire, el asistente Koldo, el 'desconocido' Aldama y demás ex configuran el atrezo de una etapa de Gobierno para olvidar. Echar las culpas a los jueces, a todos los jueces, policías y guardias civiles que participan en las distintas tramas judiciales resulta patético y paranoico en exceso. La letanía de argumentario que repiten los afines al líder del momento no explica el tufo que emana de las cloacas del poder.
Por lo que, seguro, no pasará a los anales de la historia Pedro Sánchez es por haber solucionado alguno de los problemas sociales que ya existían cuando llegó a Moncloa y que se han enquistado de la peor manera posible desde entonces: La vivienda, la inmigración, la corrupción política o la calidad del empleo juvenil, por citar algunos. Las dificultades derivadas de la economía son la segunda preocupación de los españoles, según el CIS, pese a que reitera el Gobierno que va viento en popa (será en el IBEX). Curiosamente, pese a las habituales protestas, la sanidad ocupa sólo el séptimo lugar en la lista. La vivienda, que abre el ranking del CIS, se ha convertido en un sudoku prácticamente imposible de resolver para demasiados españoles.
A un Gobierno se le debe juzgar por su gestión, no por los alardes mediáticos, los discursos de rebaño o las narrativas engañabobos paridas en los despachos anexos a los altos cargos. Por decirlo de una manera elegante, los últimos ocho años de gestión de lo público han sido manifiestamente mejorables. Muy escasos de contenido real y con excesivo fuego de artificio de cara a la galería. De la gestión de la pandemia, el volcán de La Palma, la Dana de Valencia o los multimillonarios fondos New Generation de la UE mejor ni comentar.
Imposible olvidar después de ocho años cómo se puede engañar a la ciudadanía antes de tocar el poder con estrepitosas mentiras, reconvertidas por el discurso oficial en cambios de opinión. Este será el verdadero el legado.