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Recetas para educar

Por Juan Carlos López

El parpadeo dorado


¿Sabes lo que es el parpadeo dorado? Si tienes hijos y tus padres todavía están contigo, sigue leyendo.

Y, sobre todo, recordarlo en esos días en los que sientes que no puedes más.

El parpadeo dorado, golden blink en inglés, es esa pequeña etapa de la vida en la que tus hijos todavía son niños y tus padres todavía tienen salud. Tú estás en medio.

Tus hijos te necesitan. Tus padres todavía pueden acompañarte. Y, durante un instante, las tres generaciones pueden coincidir.

Lo curioso es que cuando estás dentro de ese momento no siempre parece algo especial. De hecho, muchas veces parece todo lo contrario. Parece caos. Parece cansancio. Parece que tienes demasiadas cosas que hacer. Parece que no llegas. Pero algún día mirarás atrás y descubrirás que aquello era una de las etapas más valiosas de tu vida.

Y probablemente no te diste cuenta mientras ocurría.

El problema es que no parece una etapa extraordinaria El parpadeo dorado no suele llegar con música de fondo. No ocurre mientras estás de vacaciones en un sitio increíble. No aparece cuando todo está perfectamente ordenado. Muchas veces ocurre un martes cualquiera. Uno de esos martes en los que tienes que levantar a los niños para ir al colegio. Preparar desayunos. Buscar una zapatilla que ha desaparecido misteriosamente. Decirle a alguien por quinta vez que se lave los dientes. Llegar tarde. Trabajar. Contestar mensajes. Hacer la compra. Pensar qué cenáis. Bañar a los niños. Recoger. Volver a recoger.

Y cuando por fin consigues sentarte... ya estás demasiado cansado para disfrutar de haberte sentado. Y, sin embargo... quizá ese sea el parpadeo dorado.

También está en las cosas pequeñas Está en escuchar: 'Papá, ven.' Aunque lo hayas escuchado treinta y sietes veces ese día. Está en que alguien se meta en tu cama a las tres de la mañana. Aunque después pases el día arrastrándote. Está en una mano pequeña buscando la tuya mientras cruzáis la calle.

En un dibujo que no sabes dónde guardar porque ya tienes la nevera llena. En que alguien te grite desde otra habitación: '¡Mamá!' Solo para enseñarte algo absolutamente irrelevante. En una pregunta imposible justo cuando tienes prisa.

"Papá, ¿los peces tienen sed?" En que todavía quieran que les leas un cuento. En que todavía quieran dormir contigo. En que todavía seas su persona favorita para algunas cosas. Aunque también seas la persona que les dice que apaguen la televisión.

Y también está en tus padres Está en llamar a tu madre y que conteste. En poder decirle: "¿Cómo estás?" Y escuchar su voz al otro lado. Está en que tu padre todavía pueda ayudarte con algo. En ir a comer a casa de tus padres. En que tu madre siga preguntándote si has comido.

Aunque tengas cuarenta años. En que tu padre siga teniendo alguna opinión sobre cómo haces las cosas. En que todavía puedas pedirles consejo. En que tus hijos puedan conocer a sus abuelos. En ver a tus padres jugar con tus hijos.

Y en descubrir algo extraño: que tus padres parecen muchísimo más mayores cuando los ves como abuelos que cuando los veías como padres. Quizá porque ahora eres tú quien ocupa su antiguo lugar.

Y entonces empiezas a entenderlo Hay una fotografía mental que me parece preciosa. Unos abuelos. Unos padres. Unos niños. Tres generaciones. Todos juntos. Y durante unos años... coinciden. Pero esa ventana no está abierta para siempre. Los niños crecen. Los padres envejecen. Y tú también. Por eso se llama parpadeo. Porque ocurre. Y pasa. Casi sin avisar.

 

Lo difícil es que cuando estás dentro no lo ves Estamos diseñados para pensar que la vida importante llegará después. Cuando los niños duerman mejor. Cuando tengamos más tiempo. Cuando terminemos este proyecto. Cuando tengamos menos trabajo. Cuando los niños sean mayores. Cuando podamos viajar. Cuando tengamos más dinero. Cuando estemos menos cansados. Siempre estamos esperando el siguiente capítulo. Y mientras tanto...el capítulo que estamos viviendo desaparece. Ayer tu hijo necesitaba que le ataras los zapatos. Hoy ya puede hacerlo solo. Hace unos años te pedía que le llevaras en brazos. Ahora pesa demasiado. Antes quería dormir contigo. Ahora quiere cerrar la puerta de su habitación. Antes te contaba absolutamente todo. Algún día empezará a contarte menos. Y no habrá ocurrido nada malo.

Simplemente habrá crecido.

El parpadeo dorando no pretende que disfrutemos de todo. Eso sería imposible. No creo que haya que romantizar la crianza. Hay días agotadores. Hay discusiones. Hay enfermedades. Hay rabietas. Hay preocupaciones. Hay noches sin dormir. Hay momentos en los que quieres cinco minutos de silencio y no consigues ni treinta segundos. Y está bien. El parpadeo dorado no significa: "Disfruta cada segundo. "Significa algo mucho más sencillo: "Recuerda qué estás viviendo." Porque puedes estar agotado y ser feliz.

Dentro de veinte años. Quizá tengas sesenta. Tus hijos serán adultos. Tendrán sus trabajos. Sus parejas. Sus casas. Sus problemas. Quizá incluso sus propios hijos. Y un día cualquiera recordarás una escena. Tu hijo pequeño entrando en tu habitación. O tu hija sentándose en tus piernas. O una comida familiar en casa de tus padres. O una Navidad con todos juntos. Y pensarás: "Qué daría por volver a ese día." Y lo curioso es que ese día... es hoy.

Puede que ahora mismo estés viviendo algo que dentro de años será un recuerdo perfecto

Aunque hoy no lo parezca. Ese desayuno con migas por toda la mesa. Ese coche lleno de juguetes. Ese viaje en el que los niños se pasaron dos horas preguntando cuánto faltaba. Esa visita a casa de tus padres. Ese domingo en el que todos acabasteis comiendo juntos. Ese cumpleaños caótico. Esa tarde de parque. Ese cuento que has leído tantas veces que podrías recitarlo de memoria. Ese dibujo pegado con celo en la pared. Ese abrazo inesperado. Ese "quédate un poquito más". Incluso esa noche en la que tu hijo no quería dormirse. Quizá dentro de veinte años no recuerdes el cansancio. Quizá recuerdes que todavía quería que estuvieras allí.

Y esto cambia algunas cosas Cuando entiendes el parpadeo dorado empiezas a mirar de otra manera ciertas situaciones.  Cuando tu hijo quiere enseñarte por décima vez el mismo truco... quizá puedas dejar el móvil durante treinta segundos. Cuando tus padres te llaman para contarte algo que ya te han contado... quizá puedas escuchar cinco minutos más. Cuando estás comiendo con ellos... quizá puedas mirar alrededor. Porque hay algo que ahora parece normal... pero no será normal para siempre.

 

Un día dejarás de ser "el hijo pequeño" Aunque tengas 50 años. Tus padres seguirán viéndote como su hijo.

Pero la dinámica cambiará. Llegará un momento en que serás tú quien pregunte: "¿Has tomado la medicación?" "¿Has llegado bien?" "¿Necesitas que vaya?" "¿Quieres que te acompañe?" Y quizá entonces entiendas todavía mejor todo lo que ellos hicieron por ti. Por eso este concepto no solo habla de nuestros hijos. También habla de nuestros padres. De esa etapa en la que todavía podemos cuidar de unos mientras somos cuidados por otros. En la que todavía podemos llevar a nuestros hijos a ver a sus abuelos. En la que todavía podemos hacer una foto de los cuatro. En la que todavía podemos sentarnos todos en una mesa.

Y quizá ese sea el verdadero lujo No tener el coche más caro. Ni la casa más grande. Ni hacer el viaje más espectacular. Quizá el verdadero lujo sea poder decir: "Mis hijos están bien." "Mis padres están bien." "Estamos juntos." Y poder hacerlo hoy. Porque mañana nadie nos lo garantiza. Y no digo esto para ponernos tristes. Al contrario. Creo que sirve para disfrutar más. Para mirar. Para estar. Para llamar. Para hacer esa visita. Para sentarnos un rato más. Para hacer la foto aunque nadie tenga ganas. Para guardar un vídeo de la voz de nuestros hijos. Para escuchar una historia de nuestros padres que ya conocemos. Para decir "te quiero". Para no dejar siempre las cosas importantes para después.

Porque un día se acabará No de golpe. Eso es lo bonito y lo doloroso. Se irá transformando poco a poco.

El niño dejará de ser niño. El abuelo necesitará más ayuda. Tú tendrás más canas. Los planes cambiarán. Las sillas alrededor de la mesa serán diferentes. Y un día mirarás una fotografía antigua y pensarás: "Éramos todos." Y entonces quizá entiendas que aquello que parecía una etapa normal... era extraordinario.

Por eso, cuando tengas un día difícil, acuérdate Cuando estés agotado. Cuando la casa esté hecha un desastre. Cuando los niños estén insoportables.

Cuando tengas mil cosas pendientes. Cuando tus padres te llamen justo cuando no puedes hablar. Cuando sientas que necesitas escapar un rato. Respira. No hace falta que disfrutes el caos. No hace falta que agradezcas cada segundo.

Solo recuerda: Quizá estás dentro del parpadeo dorado. Ese pequeño periodo de tiempo en el que tus hijos todavía son niños... y tus padres todavía están aquí.

Y algún día, cuando todo esto haya cambiado, pagarías cualquier cosa por volver a vivir un martes cualquiera. Con el ruido. Con las prisas. Con el cansancio. Con los niños llamándote desde otra habitación. Con tus padres preguntándote si has comido. Con todos juntos. Con todo imperfecto. Con todo exactamente como era. Porque quizá no estamos esperando a que llegue la vida.

Quizá...la vida que algún día echaremos de menos está ocurriendo ahora mismo. Y solo dura un parpadeo.