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Recetas para educar

Por Juan Carlos López

La vida es esto


La vida es esto. No esperes otra cosa. La vida no empieza mañana, ni cuando llegue ese ascenso, cuando los hijos sean mayores, cuando termine la enfermedad, cuando tengas más dinero o cuando por fin encuentres el momento perfecto. La vida es exactamente lo que está ocurriendo ahora mismo: el lugar donde estás, las personas que te rodean y las circunstancias que, te gusten o no, te ha tocado vivir.

Pasamos demasiado tiempo aplazando la felicidad con un "cuando...". Cuando tenga más tiempo. Cuando me jubile. Cuando encuentre a la persona adecuada. Cuando desaparezcan los problemas. Sin embargo, la vida rara vez espera a que todo encaje. Y, a veces, ese "cuando" nunca llega; otras veces llega acompañado de nuevas dificultades que tampoco habíamos previsto.

La vida es esto.

Si la vida te ha golpeado con una enfermedad y esa compañera incómoda parece empeñada en no marcharse, la vida sigue siendo esto. Habrá días malos, días de miedo y de incertidumbre, pero también habrá una taza de té compartida con alguien que te quiere, una conversación que te haga sonreír, una celebración por pequeña que sea, la satisfacción de ver crecer a tus hijos o de comprobar que quienes te rodean siguen caminando contigo. La enfermedad ocupa un espacio, pero no tiene por qué ocuparlo todo.

Si la vida te arrebata a un ser querido, también la vida es esto. Habrá que llorar su ausencia, aprender a convivir con el silencio que deja, abrazarnos más fuerte los que permanecemos y aceptar que siempre habrá un hueco en el sofá, una silla vacía en la mesa o una fecha que dolerá especialmente. El amor no desaparece con la muerte; simplemente cambia de lugar y se convierte en recuerdo, en gratitud y, a veces, en una nostalgia que nos acompaña para siempre.

Si te toca dejar tu país porque allí ya no hay oportunidades o porque simplemente vivir se ha vuelto peligroso, la vida también es esto. Empezar de nuevo, aprender otras costumbres, echar de menos los olores de la infancia, descubrir que se puede construir un hogar lejos del lugar donde uno nació y comprobar que la esperanza también cabe dentro de una maleta.

Y no te dejes engañar por quienes parecen vivir una existencia perfecta en internet. Muchas veces solo muestran el escaparate. Detrás de cada fotografía impecable, de cada sonrisa permanente y de cada viaje de ensueño hay problemas, preocupaciones y heridas que nadie enseña. Llevan una máscara.

Cuando corría maratones siempre pensaba lo mismo. Al mirar a mi alrededor veía corredores con pantalón corto y camiseta, pero imaginaba todo lo que había debajo de esa apariencia: médicos, abogados, jardineros, mecánicos, maestros, amas de casa, estudiantes... Personas completamente distintas que cargaban con historias diferentes. Sin embargo, al llegar el kilómetro treinta, todos sufríamos igual. El esfuerzo no distinguía profesiones, ni cuentas bancarias, ni éxito social. En el fondo, la vida también nos iguala de esa manera.

Entonces, si la vida es esto, ¿qué hacemos con ella?

Quizá la respuesta sea mucho más sencilla de lo que imaginamos: vivirla con lo puesto. Disfrutarla a pequeños sorbos, sin esperar constantemente un gran acontecimiento que justifique nuestra alegría.

La vida está en esa noche en la que, por fin, dormimos bien. En un desayuno tranquilo mirando por la ventana o compartiendo el silencio con quienes queremos. En el saludo al vecino al salir de casa. En el cielo limpio después de la lluvia. En el olor de la tierra mojada. En los primeros rayos de sol de una mañana de invierno. En una manzana que sabe a manzana, en un paseo entre árboles, en una comida en familia, en una siesta, en un libro que nos obliga a pensar, en ese rato de ejercicio que nos hace sentir vivos, en una infusión al caer la tarde o en una cena tranquila sin dejar que las malas noticias entren también en casa.

La vida también está en ir al mercado a comprar fruta, en escuchar una canción que despierta recuerdos, en la llamada de un amigo, en una carcajada compartida o en el simple privilegio de volver a casa al terminar el día.

Nos han hecho creer que la felicidad necesita grandes fuegos artificiales, viajes extraordinarios o éxitos espectaculares. Pero la mayoría de las vidas felices no hacen ruido. Se construyen despacio, casi en silencio, con pequeños momentos que, sumados, terminan formando una existencia llena de sentido.

Porque, al final, la vida no es lo que esperamos que ocurra. La vida es esto. Y cuanto antes dejemos de buscar una vida distinta y aprendamos a abrazar la que tenemos, antes descubriremos que, incluso con sus heridas, sus pérdidas y sus incertidumbres, sigue estando llena de razones para dar las gracias.