
Uno de los mayores piropos, fue la despedida de una compañera que me dijo: Gracias por ser mi Pepito Grillo.
Todos necesitamos, en algún momento de nuestra vida, un Pepito Grillo.
¿Pero quién era realmente Pepito Grillo? En Pinocho, el personaje creado por Carlo Collodi, Pepito Grillo representa la conciencia del muñeco. Pinocho es un ser impulsivo, curioso, fácilmente manipulable y con una enorme tendencia a meterse en líos. Gepetto le da vida, pero será Pepito Grillo quien intente orientarle, advertirle y recordarle las consecuencias de sus decisiones.
Pepito Grillo no está ahí para impedir que Pinocho viva, ni para decidir por él. Está para hacerle una pregunta incómoda cuando hace falta, para poner un poco de distancia entre el impulso y la acción y, sobre todo, para ayudarle a pensar antes de lanzarse de cabeza.
Y quizá hoy, más que nunca, necesitamos algo parecido.
Hace unos años, esa amiga con la que solía pasear por el canal me contaba, mientras caminábamos, aquello que estaba pensando decir o los líos en los que estaba a punto de meterse. Yo hacía una especie de función de espejo y, en ocasiones, de freno de mano.
Ella hablaba, yo escuchaba, y de vez en cuando le hacía alguna pregunta o le señalaba algo que quizá no estaba viendo. Muchas veces terminaba diciéndome: "No te preocupes, ya no lo voy a decir. Pero me ha servido desahogarme".
Y ahí estaba, precisamente, una de las claves. A veces no necesitamos que alguien nos solucione la vida. Ni siquiera necesitamos que nos diga qué tenemos que hacer. Necesitamos poder hablar sin miedo, ordenar lo que pensamos y escuchar nuestra propia historia desde fuera.
Necesitamos un espejo. Necesitamos también un Pepito Grillo.
Hace poco me contaban una discusión aparentemente trivial que había terminado provocando un enorme malestar. Una de las personas implicadas llevaba más de dos meses dando vueltas a lo ocurrido, reconstruyendo la conversación una y otra vez, alimentando su enfado y convirtiendo aquel episodio en una especie de «tremenda verdad verdadera».
Hasta que una pregunta muy sencilla consiguió desmontar buena parte de aquella construcción.
No hizo falta un gran discurso. Bastó una pregunta.
Y quizá ahí esté una de las grandes utilidades de tener un Pepito Grillo: ayudarnos a descubrir que aquello que sentimos con absoluta certeza no siempre es exactamente como lo estamos interpretando.
Porque hay una diferencia enorme entre lo que ha ocurrido y lo que nosotros pensamos que ha ocurrido.
Entre un hecho y nuestra interpretación del hecho. Entre una discusión de diez minutos y dos meses de rumia mental.
Entre que alguien diga algo que nos molesta y convertir ese comentario en una prueba definitiva de que esa persona no nos respeta, no nos quiere o está en nuestra contra.
Nuestra cabeza tiene una capacidad extraordinaria para construir historias. Y cuando estamos enfadados, heridos o preocupados, puede construirlas a una velocidad impresionante.
Por eso resulta tan importante tener cerca a alguien capaz de decirnos: "Espera. ¿Seguro que es así?".
El mejor Pepito Grillo que podemos tener, en muchas ocasiones, son nuestros padres. Cuando la relación es sana y existe un vínculo de confianza, sabemos que podemos acudir a ellos, contarles nuestras meteduras de pata y mostrar nuestras partes menos presentables. El amor incondicional permite algo extraordinario: poder equivocarnos sin sentir que hemos perdido nuestro valor.
Pero no siempre es así. A veces las relaciones entre padres e hijos están demasiado cargadas de historia, expectativas, reproches o heridas antiguas. Y entonces necesitamos buscar ese papel en otro lugar.
Quizá en un buen amigo. Aunque encontrar un buen amigo no es tan sencillo como parece.
No necesitamos necesariamente a alguien que nos dé la razón en todo. De hecho, quizá ese sea uno de los peores servicios que puede hacernos un amigo.
Necesitamos a alguien con cordura y mesura. Alguien que sea capaz de escucharnos sin alimentar nuestro ego. Alguien que pueda decirnos: "Te entiendo, pero creo que aquí te estás pasando". Y necesitamos, además, darle permiso para hacerlo.
Porque el verdadero amigo no es siempre quien nos acompaña en nuestro enfado. A veces es quien consigue que dejemos de estar enfadados.
Eso sí: ser Pepito Grillo no significa convertirse en juez. No significa decirle continuamente al otro lo que hace mal, ni utilizar la supuesta sinceridad como excusa para opinar, sobre todo.
Un buen Pepito Grillo no humilla. No impone. No disfruta teniendo razón. Ayuda a recuperar perspectiva.
Y aquí conviene detenernos en algo que nos puede ahorrar muchos disgustos: las discusiones insulsas.
¡Ojito con ellas! ¡Ojito con esas batallas que empiezan siendo una tontería y terminan convirtiéndose en una guerra!
¿De verdad es tan importante si la tortilla de patata debe estar cuajada o poco hecha? ¿Tenemos que romper una amistad porque alguien cree que fue penalti y nosotros creemos que no? ¿Es necesario demostrar que el otro se equivocó en el semáforo? ¿Tenemos que convencer a toda costa a alguien de que el peatón que iba mirando el móvil era el responsable?
Hay discusiones en las que ganar significa, paradójicamente, perder.
Perder tiempo. Perder tranquilidad. Perder una relación. Perder el buen humor. Y, sobre todo, perder algo que no recuperamos: nuestra paz.
Rafael Santandreu insiste, desde su enfoque de la psicología, en que son muy pocas las discusiones en las que realmente nos interesa llevarnos la razón. Una de sus propuestas consiste, en determinados conflictos cotidianos, en conceder al otro parte de razón y cambiar de tema.
Parece demasiado sencillo. Pero funciona precisamente porque rompe la dinámica de la pelea. No siempre necesitamos ganar una discusión. A veces necesitamos salir de ella.
A veces tiene que ver con que vamos demasiado "arreados". Con que llevamos acumulado cansancio, estrés, frustración o preocupaciones y cualquier pequeña chispa prende fuego a todo. Con que confundimos una opinión diferente con una amenaza. Con que sentimos la necesidad de demostrar constantemente que tenemos razón.
Con que nos cuesta tolerar que alguien piense de manera distinta. Con que una pequeña ofensa ocupa demasiado espacio dentro de nuestra cabeza.
Por eso, cuando estemos a punto de estallar, quizá convenga hacer una pausa y preguntarnos: «¿Esto realmente merece la pena?». Y si tenemos la suerte de contar con alguien que pueda hacernos esa pregunta, mucho mejor.
Quizá todos necesitamos un Pepito Grillo.
Alguien que nos escuche cuando necesitamos desahogarnos, que nos frene cuando estamos a punto de meter la pata, que nos haga una pregunta cuando creemos tener todas las respuestas y que, de vez en cuando, nos recuerde algo tan sencillo como esto:
que no todas las batallas merecen ser libradas.
Y que algunas veces, la mejor manera de cuidarnos no consiste en conseguir que el otro entienda que tenemos razón, sino en conseguir que nosotros mismos recuperemos la calma.
Porque, al final, tener un Pepito Grillo no significa tener a alguien que piense por nosotros. Significa tener a alguien que nos ayude a pensar mejor.
Y eso, en estos tiempos de prisas, impulsos y certezas absolutas, quizá sea uno de los mejores regalos que podemos hacernos.