
Pan de cada día durante este invierno frío y lluvioso. Indigentes, a veces hasta cuatro, hacinados en un cajero para pasar la noche. La imagen impacta.
Me pregunto por qué los indigentes prefieren dormir en un cajero a hacerlo en un albergue social, de titularidad pública. Le pregunto a la IA como, he leído, que harían 7 de cada 10 jóvenes hoy en día.
Parece que esta elección no suele ser voluntaria, sino más bien el resultado de una mezcla de barreras logísticas, sociales y emocionales que los albergues públicos no siempre logran solucionar. Entre las principales razones para esta diáspora encontraríamos la falta de plazas o camas disponibles, restricciones de estancia (pues algunos centros limitan la estancia a pocos días), horarios estrictos de entrada y salida, miedo al robo o la agresión por conflictos con otros residentes, sensación de control del espacio, incluso el mantenerse junto a sus parejas (ciertos albergues mantienen dormitorios separados por sexos) o sus mascotas, así como problemas de salud mental y adicciones (está prohibido todo consumo en los centros públicos).
Por algunas de estas razones los cajeros acaban convirtiéndose en moradas nocturnas transitorias que protegen contra el clima y conceden un cierto grado de privacidad que la calle o los dormitorios públicos no proporcionan.
Desde un punto de vista emocional, humano, hago por comprender su situación y entiendo en parte esa 'okupación' momentánea de un espacio de propiedad privada presto para el servicio a clientes; no hay que olvidar que los espacios que alojan un cajero automático lo hacen con el fin primero (y, posiblemente, único) de dar servicio a los clientes de esa y de otras entidades financieras.
Como cliente de una de ellas, he tenido la necesidad de acudir a un cajero para disponer de efectivo y, al verlo ocupado, no me he atrevido a realizar la operación que hasta allí me había llevado. El miedo a ser atracado es libre. Es muy posible que nada hubiera ocurrido, pero nada me garantiza lo contrario. Tampoco al salir del mismo, soy consciente. En cualquier caso, sólo que pueda ocurrir, ya es una incomodidad innecesaria.
He visto empleados de banca muy pacientes, invitando a los 'inquilinos' a desalojar el cajero para poder abrir las puertas de su establecimiento y éstos marcharse prontamente pidiendo, incluso, disculpas. Pero he sido conocedor también de algunos altercados en los que, modestamente, considero que ningún empleado debería verse envuelto. Percibo que, en ocasiones, es difícil gestionar esa incidencia y que la salud mental de algunos indigentes tiende a convertir sus respuestas en agresiones verbales, cuando no físicas.
Esta situación es una demostración palpable de que el cacareado estado de bienestar es una falacia. No creo que la regularización de ilegales que se está llevando a cabo sirva para paliar esta tragedia, al contrario, presiento que generará un 'efecto llamada' y no sé cuántos de sus seguidores acabarán durmiendo en un cajero. Un drama.
Este Gobierno y cuantos, antes, no pusieron coto a esta debacle humanitaria, son los máximos responsables de la degradación de parte de nuestra sociedad y del deficitario estado de las estructuras que han de sostener un Estado sano y con futuro, en el que sus ciudadanos puedan aspirar a una vida decente, dura (por qué no), pero sostenible.
En toda mi vida he percibido tanta dificultad para adquirir una vivienda como ahora, tantos obstáculos para alquilarla, tan enorme escasez de oferta y precios tan descomunales.
Empiezo a creer que acabaremos todos en un cajero.