
Caminando por La Rondilla, me cruzo, en una acera, con dos señoras mayores; estimo que andan entre los ochenta y los ochenta y cinco años. Una de ellas se apoya en un bastón mientras la otra se ayuda para caminar de un carrito de la compra con ruedas. Van juntas, a un ritmo pausado, mínima conversación. A la altura de un portal escucho sus palabras. "Que vaya bien, Dori", expresa una de ellas. No hay respuesta. A Dori le falta el resuello. Abre su carrito y saca un pequeño bolso del que extrae las llaves de su casa. Veo que ha comprado unos polvorones, cuatro o cinco, no me parecen más, con los que darse un caprichito estas Navidades. Pienso que tal vez es perceptora de una exigua pensión y que pasa el tiempo haciendo malabarismos para poder alimentarse adecuadamente, hacer frente a los gastos de la casa (quizás haya obtenido algún bono social, pero a buen seguro que no es suficiente, salvo los muy ricos, no hay quien pueda con el precio al que se ha puesto todo en este país) y darse, mal que bien, una alegría en forma de polvorón o un vinito dulce del que ya va quedando poco en la botella.
Su temblorosa mano no acierta a introducir la llave en la cerradura, vaya, pero no percibo que se inquiete, ha de ser costumbre desde hace años, cuando comenzaron los primeros tembleques, aquellos que achacaba a los nervios y la agitación de tener que hacer frente a todas las tareas de la casa y atender, al mismo tiempo, a su pobre marido discapacitado. Su esposo ya se fué, pero los temblores se quedaron.
Por fin ha abierto el portal de su casa y, mientras lanza el paso arrastrando con esfuerzo su carrito, acaba exclamando un inaudible "Adiós, Rita".
Rita sigue su camino, como yo hago con el mío. Adelanto. Sólo son tres pasos. No puedo dejar de pensar en Dori, en cómo será su Navidad, con quién celebrará estas fiestas, si estará o no acompañada, si pasará unos días felices o se sentirá aún más triste, más sola, más debilitada.
Se quiebra el silencio. Rita se gira y lanza un último mensaje a Dori, esta vez en voz más alta: "Dori, no se te olvide que, en Nochebuena, cenas en mi casa".
Se me dibuja una sonrisa, casi imperceptible, inopinada. Uff, Dori no estará sola. Parece que el Espíritu de la Navidad Presente ha obrado su milagro. Muchos son necesarios para que la felicidad se extienda estas próximas fechas y tengo dudas de que acontezca. Pero me conformo con éste.
Hoy el mundo es un poco menos triste. Acabo de recuperar la fé en el género humano, al menos, en algunos de sus miembros. Feliz Navidad a todos.