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SpeaKers Corner

Por Andrés Miguel

Más cerca de la pobreza extrema


Diría que hay tres razones por las que nos acercamos a las urnas a depositar nuestro voto cada vez que somos convocados, tanto si elegimos un alcalde, un presidente de la Comunidad Autónoma o al presidente del Gobierno: Votamos porque nos sentimos parte de algo. Votamos contra algo o contra alguien. Votamos por las promesas que nos hacen y que suenan bien a nuestros oídos. Y una vez cumplimentado ese derecho democrático, en realidad, poco podemos hacer, salvo desesperar.

No será necesario que pase mucho tiempo, tras esas elecciones, para confirmar que las promesas que los políticos nos hicieron se tornarán impuestos que estaremos obligados a pagar, inevitablemente. ¡Y no lo hagas! En nuestro país, tras tantos años de democracia, me atrevería a decir que lo único que no paga impuestos es pensar.

Pongo un pequeño ejemplo: He leído que nuestro Gobierno ha subido los impuestos 81 veces, en tan sólo 6 años. Pero esto viene de lejos, no sólo es práctica de este Gobierno, aunque sea éste el más sangrante.

Francis Bacon dijo una vez que "ningún pueblo abrumado de impuestos es apto para dominar". En su época éste era un razonamiento bastante ajustado a la Historia

Ya en el Siglo V a.C. las ciudades griegas, bajo el Imperio Persa, se levantaron en armas (en lo que se ha denominado las Guerras Médicas) a causa de los impuestos a los que estaban sometidos, como lo hicieron los ingleses en la Baja Edad Media (en la llamada Rebelión de Wat Tyler, a la que se unieron campesinos, clero, pequeña nobleza, artesanos y la generalidad de los habitantes de las ciudades contra el gobierno), los parisinos, hacia el año 1.382, contra el abuso impositivo de su Rey, Carlos VI, los castellanos frente a la avidez recaudatoria de Carlos I, las colonias inglesas en el siglo XVIII o, nuevamente, los franceses, quienes iniciaron una revolución porque, dado el alto endeudamiento del Estado francés, la monarquía aumentó notablemente las tasas impositivas hasta el asfixio de la población, llevando a ésta a extremos de pobreza que se hicieron inaguantables.

Jovellanos, político, escritor y jurista español (1.744 – 1.811), autor de notables trabajos, especialmente ensayos de economía, política y agricultura, señaló (en afirmación que comparto) que "todo impuesto debe de salir de lo superfluo y no de lo necesario". Hoy creo que, para muchos, atender a los múltiples tributos a los que estamos obligados ha dejado de salir de lo superfluo y ha pasado a rasgar lo que nos es necesario.

Valoraría ceder parte de lo que me resulta necesario si comprobase que aquello que me es sustraído mejora la vida de los demás e, indirectamente, también la de los míos. Pero no lo veo así. Los servicios públicos son cada día más escasos, menos competentes, menos prácticos, más sectarios, menos públicos.

Me resisto a asumir que gran parte de la población de mi país deba acomodarse a un cierto nivel de pobreza y envidio a los países donde éso no ocurre.

Algunos indicadores situaban, en 2024, nuestra Tasa de Riesgo de Pobreza en el 19,7%, el de Pobreza Infantil por encima del 27% (entre los peores de la Unión Europea), resultando los perfiles más vulnerables, a estos efectos, las mujeres, los menores de 16 años y las personas con nivel bajo educativo.

Estos datos, y otros que se nos ocultan, pergeñan una imagen lastimosa de nuestro país, sobre el que se atisban grandes peligros que no parece que nadie, pese a estar aupado a los impuestos más ingentes de la Historia, haya decidido hacer frente.

Salvo que ese alguien haya diseñado una estrategia de equiparación de las diferencias sociales a través de la pobreza. Y eso es lo que me temo más.

No deja de resultar curioso que, cuanto más trabajamos, más nos acerquemos a la pobreza extrema.

Nos queda poco para pasar por la taquilla de Hacienda. Y ya no llego a comprender para qué.